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    De la oscuridad a la luz y los colores

    Retomamos nuestro itinerario catecumenal. Hoy en el Evangelio según San Juan (9, 1-41), nos encontramos con una escena profundamente humana y espiritual: Jesús se acerca a un hombre ciego de nacimiento, alguien que nunca había conocido la luz, las formas, los colores. Sin buscarlo, este hombre recibe el don inesperado de la visión; Jesús lo sana y lo envía a lavarse en la piscina de Siloé (que significa “Enviado”). Imagino emocionado su sorpresa al poder con templar la maravilla del arco iris, el cielo estrellado, la sonrisa de un niño, las manos de una anciana…

    17 de marzo de 2026 - 16:00
    Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo
    Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo
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    Junto con la curación física, este acto simboliza una transformación interior: el ciego comienza a ver con los ojos del alma, descubriendo quién es Jesús. Se da un proceso semejante al de la Samaritana. Primero dice “ese hombre”, luego “es un profeta” hasta que finalmente confiesa con plena fe: “Creo, Señor”, y se postra ante Él.

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    En el proceso de catecumenado, la historia del ciego de nacimiento es central. Nos recuerda que la fe no es un destino al que se llega de golpe, sino un proceso de descubrimiento. Como el ciego, muchas veces estamos inmersos en nuestras propias oscuridades, nuestras preguntas y dudas. Sin embargo, la luz de Cristo nos alcanza, a veces incluso cuando no lo buscamos conscientemente. Esa luz es la que nos permite mirar la vida con esperanza, descubrir el sentido profundo de nuestra existencia y, sobre todo, reconocer a Jesús como la fuente de esa luz (el domingo pasado lo veíamos como la “fuente de agua viva”).

    El Evangelio muestra que el camino del ciego no fue sencillo. Tras recibir la vista, enfrenta la incredulidad y el rechazo de quienes lo rodean. Cuestionan su testimonio, dudan de la autenticidad de su experiencia. El evangelio nos muestra que mientras se va “iluminando” de modo creciente la fe del ciego, se profundiza la ceguera espiritual de los fariseos. Esto nos habla de un aspecto fundamental del catecumenado y la vida cristiana: la fe suele ser puesta a prueba, no solo por nuestras propias debilidades, sino también por la incomprensión o el rechazo del entorno.

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    El gesto de hacer barro nos remite al momento primigenio en que Dios crea a Adán con tierra y agua. Así, se nos presenta al Señor realizando una nueva creación.

    El lavado en la piscina es más que un gesto higiénico; es el símbolo del bautismo: en el agua, dejamos atrás las tinieblas y recibimos la luz de la fe. Es allí donde somos iluminados, donde comenzamos una vida nueva como hijos de la luz. El ciego de nacimiento, lavado en Siloé, nos llama a dejar que Jesús nos transforme y a vivir en la luz, testimoniando con valentía haber sido sanados por Él.

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    Este segundo hito del camino del catecumenado, en el clima cuaresmal, es una invitación a contemplar nuestro propio proceso de fe. ¿En qué momentos hemos experimentado la oscuridad? ¿Cómo hemos recibido la luz de Cristo? ¿Qué dificultades enfrentamos al testimoniar esa luz? El relato nos anima a perseverar, confiando en que la luz de Jesús es más fuerte que cualquier tiniebla. Ser bautizados implica ser iluminados y llamados a testimoniar, aun cuando otros no comprendan. Hoy, renovemos la alegría de nuestro bautismo y recordemos que, como el ciego, fuimos hechos hijos de la luz para caminar y vivir en ella.

    Pidamos a Jesús: que nos conceda la humildad y la apertura para reconocer nuestras cegueras y dejarnos iluminar. Renovemos la confianza: en la fuerza de la luz de Cristo, aun en tiempos de dificultad y persecución. Comprometámonos: a testimoniar con alegría y valentía la fe recibida en nuestro bautismo.

    Mañana celebramos la memoria del Cura Brochero. Él fue un apasionado apóstol de Jesús predicando los Ejercicios Espirituales a muchos, y promoviendo el desarrollo de sus comunidades. Pidamos la gracia de así amar a Jesús y a su Pueblo.

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    Que este domingo sea un paso más en nuestro camino cuaresmal, acercándonos a la Pascua como verdaderos hijos de la luz. Dejemos las tinieblas.

    Jesús es la Luz.

     

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    Monseñor Jorge Eduardo Lozano
    Monseñor Jorge Eduardo Lozano
    Arzobispo de San Juan de Cuyo.
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