Un homenaje a los chasquis, los carteros de la Revolución. Personajes anónimos que jugaron un papel indispensable en la Independencia
Cuando pensamos en el 9 de julio de 1816, la mente suele viajar directo a la emblemática Casa de Tucumán. Imaginamos la pomposa mesa de los congresales, el tintero de plata, las galeras y las levitas. Sin embargo, la mayor gesta logística de nuestra historia no ocurrió entre esas cuatro paredes de adobe, sino sobre el lomo de caballos exhaustos, atravesando el barro y la inmensidad de las provincias.
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La declaración de la Independencia no hubiese sido posible sin los chasquis: los carteros de la revolución, los próceres sin bronce que unieron al sueño de un futuro país a base de galopes furiosos.
¿En qué consistía el oficio de chasqui?
En 1816, gobernar y coordinar una revolución era, ante todo, un problema de paciencia. Una orden firmada por Juan Martín de Pueyrredón en Buenos Aires tardaba, en el mejor de los casos, entre diez y doce días en llegar a Tucumán.
Los chasquis de la época no eran simples repartidores; eran jinetes de élite. Herederos del sistema de postas incaico y colonial, estos hombres debían dominar el arte de la supervivencia. Viajaban solos, armados apenas con un facón, durmiendo a la intemperie y esquivando partidas realistas o bandoleros.
“Llegar vivo ya era un triunfo; llegar con el papel seco y legible, un milagro”, solían comentar los cronistas de la época.
La red de postas
Para que el Congreso de Tucumán funcionara, la Red de Postas operaba como el sistema circulatorio del territorio. Cada cuatro o cinco leguas (unos 20 o 25 kilómetros), el chasqui encontraba una posta: un rancho humilde con un corral. Allí, el jinete gritaba desde el caballo, exigía una «muda» (un animal fresco), transfería las alforjas de cuero llamadas valijas y continuaba el viaje sin bajarse de la montura.
El recambio de caballos debía hacerse en minutos. Si una posta se quedaba sin animales debido a las requisas militares de las guerras civiles, todo el engranaje independentista se congelaba.
Los caminos de la Revolución
Los caminos eran apenas huellas de tierra que las lluvias de invierno transformaban en pantanos intransitables. Curiosamente, la velocidad promedio de estos mensajeros era asombrosa: lograban hacer unos 150 kilómetros por día.
Gracias a ellos, José de San Martín, desde Mendoza, pudo presionar a los congresales tucumanos para que declararan la independencia de una vez por todas. “¡Ánimo, que para los hombres de coraje se han hecho las empresas!”, decían las cartas que cruzaban el mapa gracias a estas piernas de centauro.
El grito que viajó en alforjas
El 9 de julio se firmó el acta que declaraba la ruptura del vínculo con el dominio español, pero el exvirreinato se enteraría muchos días después de lo acontecido en tierras tucumanas. El acta original y sus copias fueron traducidas también al quechua y al aimará para comunicar la decisión política a los habitantes del norte y del Alto Perú. Al ser las lenguas mayoritarias y francas en esas regiones, los congresistas buscaron divulgar la noticia e integrar a esos pueblos a la incipiente nación. Y fueron precisamente los chasquis los que distribuyeron las buenas nuevas.
El jinete que partió hacia Buenos Aires con la noticia más esperada tardó exactamente nueve días de galope frenético. Al llegar, con la ropa deshilachada y el rostro curtido por el viento norte, entregó el pliego que cambiaba la historia para siempre.
Hoy, la Casa de Tucumán luce blanca y reluciente. Pero si uno afina el oído en la plaza histórica un 9 de julio, casi se puede escuchar el eco de los cascos sobre la tierra húmeda. Porque la libertad no solo se firmó con pluma; se esculpió a puros kilómetros de coraje.

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