Los gloriosos Blandengues en el Combate de Perdriel
En junio de 1806, la tranquilidad del Virreinato del Río de la Plata se quebró abruptamente. Una fuerza expedicionaria británica, al mando del mayor general William Carr Beresford y del comodoro Sir Home Popham, desembarcó en las costas de Quilmes y avanzó rápidamente sobre la ciudad de Buenos Aires. La escasa preparación militar del virrey Rafael de Sobremonte, sumada a la sorpresa estratégica, provocó una rendición casi inmediata. El virrey huyó hacia Córdoba con el tesoro real, dejando a la capital bajo el dominio de la Corona británica.
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Sin embargo, la capitulación de las autoridades coloniales no fue aceptada por la mayoría de la población ni por los sectores criollos. Mientras el invasor pretendía consolidar su autoridad y ganarse el favor del comercio local jurando respeto a la religión y a la propiedad, en las sombras se comenzó a urdir la reconquista.
En este escenario de tensión emergieron dos figuras clave: el capitán de navío Santiago de Liniers, quien viajó a Montevideo para organizar una tropa regular de rescate, y el joven comerciante criollo don Juan Martín de Pueyrredón, nombrado por el Cabildo Abierto clandestino como teniente de los voluntarios de la campaña. Este último asumió la tarea de recorrer el campo bonaerense (desde Luján hasta el Pago de las Cuarenta Leguas) reuniendo paisanos, peones de estancia, hacendados y hombres de armas. El objetivo central no era entablar una gran batalla campal en solitario, sino establecer un punto de reunión avanzado donde acumular víveres, monturas, lanzas y caballada para unirse al ejército expedicionario que Liniers traería desde la Banda Oriental.
El sitio elegido para esta concentración fue la Chacra de Perdriel, un caserío y plantación estratégica situada a unos 20 kilómetros al noroeste de la ciudad (actualmente Villa Ballester, Partido de General San Martín, provincia de Buenos Aires).
Dos bandos en pugna
El 31 de julio de 1806, los espías británicos alertaron a Beresford de que en las inmediaciones de la Chacra de Perdriel se congregaba un contingente significativo de “rebeldes”. El comandante inglés comprendió que, si permitía que esa fuerza se consolidara y se enlazara con Liniers, su posición en Buenos Aires se volvería indefendible. Por ello, decidió asestar un golpe preventivo de rápida ejecución.
Las dos fuerzas que se encontraron al amanecer del 1 de agosto de 1806 no podían ser más dispares:
* Fuerza británica (Sir Denis Pack / Beresford): Unidades de infantería ligera pertenecientes al Regimiento 71º de Infantería Highlanders. Contaban con aproximadamente 600 veteranos altamente disciplinados, equipados con fusiles Brown Bess con bayoneta y apoyados por artillería ligera de campaña de 6 libras. Su táctica consistía en un avance disciplinado de infantería en línea con respaldo de fuego artillero.
* Voluntarios criollos y milicianos (Pueyrredón): Integrados por paisanos, peones de estancia, jóvenes de la ciudad y el Regimiento de Blandengues. Sumaban aproximadamente 300 hombres al momento del ataque. Contaban con lanzas de tacuara, facones, unas pocas carabinas descalibradas y uno o dos cañones pequeños. La estrategia criolla se basaba en la sorpresa, la agilidad de las maniobras a caballo y la contención del enemigo hasta la llegada de Liniers.
El desarrollo del combate
Durante la noche del 31 de julio, una columna inglesa marchó sigilosamente bajo la llovizna y el barro. Al amanecer del 1 de agosto, la vanguardia británica se desplegó frente al casco de la chacra.
La posición defensiva criolla padecía una vulnerabilidad crítica: muchos voluntarios se habían internado en la ciudad o diseminado en las cercanías realizando tareas de acopio, por lo que el contingente presente al momento del choque era sumamente reducido.
El fuego de artillería y la desorientación inicial
El combate se inició con un intercambio de fuego de artillería. Los británicos formaron en línea y abrieron fuego con sus piezas de campaña. Las piezas de la milicia patriota, operadas por hombres inexpertos y sin suficiente adiestramiento militar, pronto sufrieron la disparidad técnica. Los impactos del fuego invasor sembraron el desorden en la infantería improvisada y provocaron la dispersión de los servidores de las piezas patriotas.
La legendaria carga de caballería de Pueyrredón
Viendo que la línea defensiva se desmoronaba bajo el devastador tiroteo del Regimiento 71º, Juan Martín de Pueyrredón tomó una decisión de extrema audacia: encabezó una carga directa sobre el centro del dispositivo enemigo con la escasa caballería que lo rodeaba (un grupo de no más de quince paisanos y gauchos).
A pura lanza y sable, el pequeño grupo penetró las filas enemigas en un intento desesperado por silenciar la artillería británica. En medio del torbellino de la contienda, un proyectil certero abatió al caballo de Pueyrredón, haciéndolo rodar duramente contra el suelo.
Rodeado de infantes ingleses y a punto de ser capturado o ejecutado a bayoneta, Pueyrredón fue salvado milagrosamente por la bravura de un gaucho voluntario (atribuido por la tradición oral y militar al paisano Lorenzo López o al miliciano Rodríguez), quien, irrumpiendo al galope entre las filas enemigas, lo alzó en ancas de su caballo y lo rescató bajo una lluvia de disparos.
El rol de los Blandengues
Para comprender el choque de Perdriel es fundamental analizar la actuación del Cuerpo de Blandengues de la Frontera de Buenos Aires, al mando del teniente coronel Antonio de Olavarría.
¿Quiénes eran los Blandengues?
Los Blandengues constituían la única fuerza militar de caballería institucionalizada y con experiencia de combate regular en la provincia. Acostumbrados a la dura vida del fortín, a las incursiones fronterizas contra los malones y a las interminables jornadas a caballo, contaban con una destreza hípica superior y un manejo letal del sable y la lanza.
Ante la falta de experiencia de la milicia urbana, los Blandengues de Olavarría se mantuvieron desplegados en el sector noroeste y en la retaguardia del dispositivo criollo, custodiando las vías de comunicación hacia el río de las Conchas. Pueyrredón le había encomendado a Olavarría la indicación explícita de intervenir si los británicos realizaban una maniobra de flanqueo o un avance destructivo.
Cuando las filas de voluntarios se desorganizaron por el impacto de la artillería inglesa, la firme presencia de los Blandengues contuvo el desbande e impidió que el repliegue se transformara en una masacre a campo abierto. A diferencia de la retirada precipitada de los voluntarios inexpertos, el Cuerpo de Blandengues ejecutó un repliegue escalonado y en orden, presentando frente ante la vanguardia enemiga para disuadir a Beresford de una persecución en profundidad.
Como citan las crónicas de la época: “Los Blandengues se retiran en orden y con prudencia, porque aún no están en estado de empeñarse con violencia”. Su intervención fue fundamental, pues preservó intacto el núcleo militar profesional que más tarde serviría de columna vertebral para organizar la caballería patria (origen de unidades célebres como los Húsares de Pueyrredón).
Desenlace y consecuencias
En el plano estrictamente militar, el Combate de Perdriel concluyó como una victoria táctica británica. Las tropas invasoras ocuparon la chacra, dispersaron a los voluntarios criollos, capturaron la escasa artillería abandonada y tomaron algunos prisioneros.
Las bajas reflejan la escala del encuentro:
* Fuerzas Patriotas: Aproximadamente 3 a 5 muertos, una docena de heridos y entre 7 y 10 prisioneros.
* Fuerzas Británicas: Se estima un saldo de entre 10 y 20 bajas (entre muertos y heridos) provocadas por las descargas iniciales y la carga de caballería.
La victoria estratégica
Aunque Denis Pack y Beresford festejaron la dispersión del contingente patriota, la operación representó un fracaso estratégico para Gran Bretaña, ya que no lograron destruir la fuerza viva de la campaña. Los gauchos y voluntarios se dispersaron en la inmensidad de la pampa para reunirse apenas horas después en puntos prefijados.
La resistencia encarnizada en Perdriel distrajo y desgastó al mando británico, otorgando el tiempo crucial para que Santiago de Liniers desembarcara en Las Conchas (Tigre) con las tropas provenientes de Montevideo.
Lejos de atemorizar a la población porteña, la noticia del choque demostró que los renombrados soldados del Imperio Británico podían ser atacados y heridos por paisanos sin uniforme. Las famosas cintas celestes y blancas (con la medida de la Virgen de Luján que los milicianos llevaban al cuello) se convirtieron en el símbolo de la inminente reconquista.
Apenas once días después, el 12 de agosto de 1806, las tropas combinadas de Liniers, los sobrevivientes de Perdriel, los Blandengues y el pueblo porteño acorralaron a Beresford en el Fuerte de Buenos Aires, logrando la rendición incondicional de los invasores.
Significancia histórica
El Combate de Perdriel ocupa un lugar de honor en la historiografía argentina por múltiples razones: constituyó el primer enfrentamiento de milicias criollas, marcó el nacimiento de la Caballería Patria y representó la semilla del proceso revolucionario de mayo de 1810.
En el predio donde ocurrieron los hechos funciona hoy el Museo Histórico José Hernández (Villa Ballester), donde se recuerda la jornada en que un puñado de valientes demostró que el fervor patriótico podía plantar cara al imperio más poderoso del mundo.
Dedicatoria:
Quiero dedicar este artículo a dos suboficiales que sirvieron en el Regimiento de Caballería de Tanques 6 “Blandengues”, unidad militar que custodia las tradiciones de aquellos bravos soldados que erigieron el pilar fundamental de nuestra patria. Estos hombres son el Suboficial Principal Fernando Scheurmann, recordado por su inmensa generosidad y vocación de servicio en las filas del regimiento; y el Suboficial Mayor Eduardo Arce, quien continúa difundiendo incansablemente el legado de los Blandengues mediante la docencia y la preservación de nuestras más sagradas tradiciones.

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