Los fatídicos 8 de junio en la vida del general Onganía
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Juan Carlos Onganía nació el 17 de marzo de 1914 en Marcos Paz (provincia de Buenos Aires). Cursó sus estudios primarios en escuelas parroquiales y vivió sus primeros años junto a su familia, la cual se dedicaba a las tareas agrícolas y a la atención de un pequeño almacén de ramos generales. En 1931, con 17 años, ingresó al Colegio Militar de la Nación en su vieja sede de la localidad de San Martín. Egresó como subteniente del arma de Caballería en el año 1934.
Ascendió a General de Brigada en 1959, consolidando una posición de respeto dentro de la oficialidad del Ejército. Tres años más tarde fue nombrado Comandante en Campo de Mayo. Desde este destino estratégico dirigió a las fuerzas apodadas “azules” o “legalistas”, las cuales se opusieron al derrocamiento del presidente José María Guido y prevalecieron en los enfrentamientos internos de 1962. Fue en este periodo cuando se produjo su verdadera irrupción en el tablero político nacional, el cual estaba marcado por la proscripción del peronismo y una profunda fractura interna de las Fuerzas Armadas.
El enfrentamiento entre “Azules y Colorados” en 1962 y 1963 no fue una mera disputa de facciones; fue un debate doctrinario de alta intensidad respecto al rol del instrumento militar en un escenario de Guerra Fría. Onganía, como líder indiscutido de la facción Azul, elaboró una tesis de sutil pragmatismo corporativo: las Fuerzas Armadas debían profesionalizarse, alejarse de la contingencia política diaria y actuar como el último baluarte de la legalidad constitucional, permitiendo un cauce controlado para la integración del peronismo sin su líder.
Su victoria militar sobre los Colorados lo ungió como Comandante en Jefe del Ejército durante la presidencia de Arturo Illia. Fue en este rol donde terminó de madurar la evolución de su pensamiento, que se materializó con el golpe de Estado del 28 de junio de 1966, bautizado como “Revolución Argentina”, el cual no fue concebido como una dictadura de transición, sino como una estructura fundacional.
Los tres tiempos
El “Estatuto de la Revolución Argentina” se colocó al mismo nivel de la Constitución Nacional. Se disolvió el Congreso, se intervinieron las provincias y se prohibieron los partidos políticos. La política, declarada la causante de la decadencia argentina, debía ser reemplazada por la administración técnica y el planeamiento estratégico.
Onganía diseñó una arquitectura temporal para su gobierno que pretendía desafiar la dinámica natural de la historia. El plan se dividía de manera estricta en tres tiempos sucesivos:
* El tiempo económico: Orientado a modernizar el aparato productivo, sanear las finanzas del Estado e implementar un ambicioso plan de infraestructura (que incluyó obras estratégicas como el complejo Chocón-Cerros Colorados y los puentes sobre el río Paraná). Bajo la gestión de Adalbert Krieger Vasena, se buscó una estabilización basada en la devaluación compensada, la contención salarial y la atracción de capitales extranjeros.
* El tiempo social: Una vez lograda la eficiencia económica, se procedería a la “justicia distributiva” y a la reorganización de la sociedad a través de cuerpos comunitarios y vecinales, un diseño de clara inspiración corporativista que buscaba diluir la representación política tradicional.
* El tiempo político: La etapa final, difusa y sin plazos cronológicos, donde se institucionalizaría el nuevo orden del Estado. Cuando se le preguntaba a Onganía por los plazos de su dictadura, su respuesta era invariable y pétrea: “La Revolución Argentina no tiene plazos, tiene objetivos”.
El Cordobazo, el principio del abismo
El andamiaje del régimen comenzó a crujir en mayo de 1969. Desde la perspectiva de la polemología (el estudio de las manifestaciones del conflicto social), el Cordobazo representó una ruptura tectónica. La emergencia de la acción conjunta entre el movimiento estudiantil y el sindicalismo combativo (liderado por figuras como Agustín Tosco y Elpidio Torres) desbordó por completo las previsiones de las fuerzas de seguridad locales.
La “paz social” y el orden administrativo se desintegraron en menos de cuarenta y ocho horas de combates urbanos. Onganía tuvo que recurrir al propio Ejército para recuperar el control de la ciudad de Córdoba. El Cordobazo demostró que el “tiempo económico” no había suturado las demandas sociales, sino que había catalizado un descontento profundo que ahora asumía formas de insurrección de masas.
A partir de 1969, la fisonomía del conflicto cambió radicalmente. Hizo su aparición en la escena nacional la guerra revolucionaria a través de diversas organizaciones guerrilleras (Montoneros, ERP, FAP). El secuestro y posterior ejecución del general Pedro Eugenio Aramburu a fines de mayo de 1970 por parte de un comando montonero asestó el golpe definitivo a la autoridad de Onganía. Aramburu no solo era un expresidente de facto; era un interlocutor clave en las Fuerzas Armadas que buscaba una salida negociada hacia la normalización institucional. Su asesinato expuso el fracaso total del régimen en su misión primordial: garantizar la seguridad nacional y el orden público.
El primer funesto 8 de junio
A principios de junio de 1970, el aislamiento de Onganía dentro de las propias filas militares era absoluto. Su persistencia en no abrir el juego político y su negativa a compartir las decisiones de gobierno con la Junta de Comandantes en Jefe (integrada por el general Alejandro Agustín Lanusse, el almirante Pedro Gnavi y el brigadier general Ángel Rey) precipitaron el desenlace.
El 8 de junio de 1970, la guarnición militar y los pasillos del poder en Buenos Aires hervían en reuniones secretas. La Junta de Comandantes, liderada por la visión estratégica de Lanusse, comprendió que la continuidad de Onganía ponía en riesgo la propia cohesión de la institución militar. Mantenerlo en el poder significaba asumir el costo total de una guerra civil larvada y de un desgaste económico irreversible.
Aquella tarde, tras intensas deliberaciones, la Junta le comunicó formalmente al presidente de facto que había sido depuesto. Onganía buscó el apoyo de mandos intermedios del arma de Caballería. No obstante, no hubo un solo regimiento dispuesto a plegarse a las órdenes del presidente, cuyo ciclo político estaba agotado.
Cerca de la medianoche de ese lunes 8 de junio, Onganía cruzó la Plaza de Mayo con un andar rígido, consciente de que su proyecto de la “Revolución Argentina” pasaba a ser un renglón fallido en la accidentada historia constitucional del país. Lo sucedería Roberto Marcelo Levingston, un general de Caballería que apenas lograría sostener el timón antes de que el propio Lanusse asumiera la presidencia para timonear la retirada militar en 1973.
El ocaso y el segundo 8 de junio
El derrocamiento de 1970 confinó a Onganía a un ostracismo prolongado, interrumpido únicamente por apariciones esporádicas en el debate público donde insistía, con una convicción que lindaba con el anacronismo, en la vigencia de sus postulados corporativistas.
Hacia finales de la década de 1980, en las postrimerías del gobierno de Raúl Alfonsín, Onganía protagonizó un último e infructuoso intento de inserción en la vida civil. Recibió una propuesta del Partido Nacionalista Constitucional para postularse a la presidencia en las elecciones de 1989. La fallida candidatura fue retirada antes de los comicios, sellando su retiro definitivo de la arena pública.
Los primeros años de la década de 1990 encontraron a un Onganía octogenario, aquejado por dolencias cardíacas crónicas y habitando una realidad nacional que avanzaba sobre carriles de privatizaciones y alineamientos internacionales que diferían notablemente del nacionalismo de infraestructura de su gestión. Su último intento por competir electoralmente por la primera magistratura fue en las elecciones de 1995, bajo el sello del Frente para la Coincidencia Patriótica. Sus vanas ilusiones fueron portada de la revista Noticias, pero la realidad fue más fuerte y la candidatura pasó al olvido.
En mayo de 1995, el expresidente de facto fue ingresado de urgencia en el Hospital Militar Central, el mismo centro médico que tantas veces cobijó a los protagonistas de los quiebres institucionales del siglo XX. El diagnóstico era terminal: una insuficiencia cardíaca severa que apagaba lentamente sus funciones vitales. El desenlace ocurrió el 8 de junio de 1995. Veinticinco años exactos después de haber sido despojado de la banda presidencial por sus pares de armas, Juan Carlos Onganía falleció a los 81 años.

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