Leonardo Favio: pasión, mito y memoria
Leonardo Favio pertenece a una estirpe de artistas que ya no existe. Actor, cantante y excelso director de cine, no ha sido superado por ningún otro. Algunos de su generación han recorrido caminos parecidos, pero sin el talento y la belleza de sus canciones, ni la profundidad de sus películas. A más de una década de su fallecimiento, su figura no ha hecho más que agigantarse, consolidándose como un fenómeno irrepetible en la cultura hispanoamericana.
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Nacido bajo el nombre de Fuad Jorge Jury el 28 de mayo de 1938 en Las Catitas, un pequeño pueblo de la provincia de Mendoza, su vida tuvo desde el barro inicial la impronta de una tragedia con tintes épicos. Abandonado por su padre, transitó una infancia marcada por la pobreza, el desamparo, las huidas constantes y el encierro en institutos de menores. Fue precisamente allí, en los borders (márgenes) de la sociedad, donde Favio afinó el oído para escuchar los latidos de los sufridos, los mismos que más tarde poblarían sus canciones y sus películas.
La consagración cinematográfica
Sus inicios en el cine fueron de la mano de Fernando Ayala en la película El Jefe y del gran Leopoldo Torre Nilsson en films como El secuestrador (1958) o La mano en la trampa (1961). Sin embargo, su verdadera revolución comenzó cuando se paró detrás de la cámara.
Su trilogía inicial en blanco y negro es considerada por la crítica internacional como una de las cumbres estéticas del cine moderno americano, emparentada con la Nouvelle Vague francesa y el neorrealismo italiano, pero dotada de un lirismo desgarrador y puramente autóctono.
Crónica de un niño solo (1965): fue una obra maestra inspirada en sus propias vivencias de la infancia en el reformatorio. El film es una radiografía brutal, poética y despojada de la soledad infantil. Ha sido elegida reiteradamente por encuestas de críticos como la mejor película de la historia del cine sonoro argentino.
Este es el romance del Aniceto y la Francisca... (1966): conocida popularmente como El romance del Aniceto y la Francisca, esta obra ahonda en la tragedia de los celos, la traición y la mediocridad pueblerina, construida con una economía de recursos y una potencia visual que conmueven hasta el hueso.
El dependiente (1969): basada en un cuento de su hermano, Jorge Zuhair Jury (coautor de gran parte de sus guiones), es una oscura y claustrofóbica pintura sobre la alienación urbana, la codicia y el estancamiento social de la burguesía de provincia.
Juan Moreira (1973): el clásico folletín de Eduardo Gutiérrez cobró una dimensión pictórica impresionante. El gaucho perseguido, protagonizado por Rodolfo Bebán, se transformó en un héroe trágico y político, envuelto en una estética de colores rabiosos y una violencia poética inaudita para la época.
Nazareno Cruz y el lobo (1975): con esta adaptación del radioteatro de Juan Carlos Chiappe, Favio rompió todos los récords de taquilla. Es el cuarto largometraje más visto de la historia del cine argentino, superando los 2.5 millones de espectadores en salas. Una ópera cinematográfica sobre el mito del lobizón que combina el melodrama, el terror folclórico y una banda sonora inolvidable a cargo de Juan José Mosalini.
Soñar, soñar (1976): su estreno en los cines ocurrió apenas unos meses después del golpe militar. Con esta obra, clausuró la etapa más prolífica de su filmografía con una pieza artística incomprendida en su tiempo, al punto de ser la preferida del propio director. Estuvo protagonizada por una dupla tan inusual como el entonces campeón del mundo de los medianos, Carlos Monzón, y el cantante Gian Franco Pagliaro. La película abandona la épica de Juan Moreira para replegarse en una comedia melancólica y chiquita sobre dos perdedores marginales que persiguen el sueño del éxito en Buenos Aires. Fue su última película antes de partir al exilio, que lo llevó a vivir durante aproximadamente diez años principalmente en México y Colombia.
Gatica, el Mono (1993): regresó con una adaptación libre de la biografía del boxeador puntano José María Gatica. Más que una película deportiva, es una radiografía de la ascensión y caída del peronismo y de los sectores populares, cruzada por la historia política del país.
Hacia el final de su carrera, su devoción política quedó plasmada en el monumental documental de seis horas Perón, sinfonía del sentimiento (1999) y en su despedida ficcional, Aniceto (2008), una relectura de su segunda película en clave de ballet cinematográfico, que demostró que su genio visual seguía intacto.
La voz de América
A fines de la década de 1960, mientras los círculos intelectuales lo endiosaban por sus películas, Favio necesitaba financiar sus proyectos cinematográficos y decidió volcarse a otra de sus grandes pasiones: la música. Lo que comenzó casi como una necesidad económica se convirtió instantáneamente en uno de los sucesos de ventas más colosales del continente.
Favio debutó como cantante en la mítica Botica del Ángel de Eduardo Bergara Leumann y, poco después, lanzó el álbum Fuiste mía un verano (1968). El impacto fue un terremoto cultural. Leonardo Favio no cantaba como los tradicionales cantantes melódicos de la época; él susurraba, gemía, recitaba, interpretaba cada verso como si la vida se le fuera en ello. Llegó a vender la inverosímil cifra de 45.000 discos por día, convirtiéndose en el “Juglar de América”.
Los reconocimientos
Entre sus logros más destacados se cuentan haber ganado en múltiples ocasiones el premio de la Asociación de Críticos Cinematográficos de la Argentina (Cóndor de Plata) por sus labores como director y guionista. A nivel internacional, obtuvo el prestigioso Premio Goya en España por Gatica, el Mono a la mejor película extranjera de habla hispana en 1994.
La Fundación Konex reconoció su vigencia a lo largo de las décadas: en 2001 recibió el Diploma al Mérito como uno de los mejores directores de cine de la década, y en 2021 se le otorgó, de manera póstuma, el Konex de Honor, destinado a las personalidades más sobresalientes del espectáculo fallecidas en los últimos diez años. Asimismo, recibió homenajes en vida en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, donde directores de todo el mundo se rindieron ante la originalidad de su mirada.
Leonardo Favio falleció el 5 de noviembre de 2012, dejando un vacío imposible de llenar. No obstante, su verdadero y mayor logro no descansa en las vitrinas ni en las estatuillas de bronce. El mayor logro de Favio se encuentra en la vigencia de sus creaciones: en el cineasta joven que hoy analiza el encuadre perfecto de El dependiente, en el obrero que silba Ella ya me olvidó camino al trabajo, y en el disfrute de las nuevas generaciones de la obra del genial e inolvidable artista argentino.

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