La manzana de Buenos Aires donde el futuro llegó antes: auge, vértigo y mito del Instituto Di Tella
Una travesía por los pasillos de Florida 936, el epicentro modernista que transformó a Buenos Aires en la capital del arte experimental de los sesenta y desafió las fronteras de lo posible.
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De las heladeras SIAM al laboratorio de ideas
A finales de la década de 1950, la calle Florida no era solo el paseo elegante de la burguesía porteña; estaba a punto de convertirse en una bisagra temporal. Corría el año 1958 cuando los hermanos Guido y Torcuato Di Tella tomaron una decisión inusual: destinar una parte de la fortuna industrial generada por su padre (el inmigrante italiano Torcuato Di Tella, creador del imperio SIAM) a la fundación de un centro de investigación e innovación sin antecedentes en la región.
El Instituto Torcuato Di Tella (ITDT) no nació como un museo ni como una galería mercantil. Surgió con la ambición de ser una incubadora de pensamiento crítico y experimentación artística, financiada por el superávit de una fábrica que producía desde surtidores de nafta y heladeras hasta las populares motonetas Siambretta.
Para los jóvenes de la época, cruzar la puerta de Florida 936 significaba salir del gris de la burocracia institucional y entrar a una dimensión paralela donde convivían la sociología, la economía teórica, la música electroacústica y las artes plásticas más disruptivas.
“El Di Tella no fue solo un lugar: fue un estado de ánimo colectivo, un permiso para equivocarse y una convicción de que Buenos Aires dialogaba mano a mano con París y Nueva York.”
La arquitectura del talento
El genio del Di Tella residió en su estructura descentralizada. No se limitó a las artes visuales; construyó una verdadera red interdisciplinaria agrupada en centros especializados:
* Centro de Artes Visuales (CAV): Dirigido por el polémico y brillante crítico Jorge Romero Brest, quien abandonó la dirección del Museo Nacional de Bellas Artes para comandar la vanguardia. Romero Brest dictaminó que el cuadro de caballete había muerto y abrió la puerta al happening, las instalaciones y el arte conceptual.
* Centro Latinoamericano de Altos Estudios Musicales (CLAEM): Conducido por el maestro Alberto Ginastera, se convirtió en el faro de la composición contemporánea en América Latina. Allí se instalaron los primeros laboratorios de música electroacústica y estudiaron figuras como Gerardo Gandini y Cifuentes.
* Centro de Experimentación Audiovisual (CEA): Encabezado por Roberto Villanueva, revolucionó el teatro argentino montando obras de Samuel Beckett y Griselda Gambaro, y dando espacio a espectáculos donde la comedia y la música rompían la cuarta pared (germen inicial de lo que más tarde sería Les Luthiers).
* Centros de Investigaciones Económicas (CIE) y Sociales (CIS): Espacios donde intelectuales como Torcuato S. Di Tella, Mario Brodersohn y Ezequiel Gallo debatían la modernización de la economía argentina y las teorías del desarrollo.
Rostros, provocaciones y la “Manzana Loca”
Si la calle Florida entre Paraguay y Charcas pasó a la historia como la “Manzana Loca”, fue por la fauna de creadores que caminaban con ropa estridente, cabelleras alborotadas y proyectos insólitos bajo el brazo.
Entre sus figuras más emblemáticas destacaron:
* Marta Minujín y Rubén Santantonín, quienes en 1965 conmovieron a la opinión pública con La Menesunda, un recorrido laberíntico de 16 habitaciones donde el visitante caminaba entre neones, parejas acostadas en una cama, olores a fritura y una cámara frigorífica. Más de 30.000 personas hicieron fila para vivir la experiencia.
* Roberto Jacoby y Oscar Masotta, pioneros del arte de los medios de comunicación y el estructuralismo en la Argentina. Masotta introdujo las lecturas de Jacques Lacan y la semiología francesa, mientras Jacoby teorizaba sobre el arte que no necesitaba objetos, solo información.
* León Ferrari, quien presentó en 1965 La civilización occidental y cristiana, una escultura de un Cristo crucificado sobre un avión de combate estadounidense F-105; una denuncia directa a la Guerra de Vietnam que fue censurada y retirada de la sala por Romero Brest para proteger al instituto.
* Edgardo Giménez, Jorge de la Vega y Antonio Berni, diseñadores y pintores que fusionaron el Pop Art internacional con la identidad cotidiana de las calles porteñas.
La clausura, la censura y la llama que no se apaga
El éxito del Di Tella encendió las alarmas de los sectores conservadores y de la dictadura militar de Juan Carlos Onganía (1966-1970). La libertad creativa del centro chocaba de frente con la doctrina de “moral e higiene pública” promovida por el régimen.
El punto de inflexión ocurrió durante Experiencias 68. La obra El baño, de Roberto Plata, permitía a los asistentes escribir grafitis en las paredes de un sanitario simulado. Cuando la policía clausuró la obra por considerar ofensivos los mensajes políticos contra Onganía, el resto de los artistas participantes retiró sus producciones en solidaridad y las destruyó en la vía pública, frente a los transeúntes de Florida.
Sitiado por la asfixia financiera de la empresa SIAM y la persecución ideológica, el Instituto cerró las puertas de sus centros artísticos en 1970.
El legado: una huella que no se borra
El Di Tella duró apenas un suspiro en términos institucionales, pero su impacto reorganizó la cultura argentina para siempre. Enseñó que el arte podía ser una pregunta abierta, que la música contemporánea no pertenecía solo a las academias europeas y que Buenos Aires podía dialogar de igual a igual con las capitales del pensamiento global.
Años más tarde, el espíritu universitario del Di Tella resurgiría en la década de 1990 con la creación de la Universidad Torcuato Di Tella, manteniendo viva la vocación académica. Sin embargo, aquella mística de Florida 936 (la de la libertad absoluta, la provocación estética y la juventud dispuesta a inventar el mundo de nuevo) permanece intacta como el mito fundacional de nuestra modernidad.

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