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    La detonación del desarraigo, el suicidio de Leandro N. Alem

    El frío porteño de aquel 1º de julio de 1896 no solo calaba en los huesos de los transeúntes que caminaban apurados por los alrededores de la Plaza de Mayo; calaba, sobre todo, en el alma de un hombre que sentía que la patria por la que había sangrado se le escurría entre los dedos.

    4 de julio de 2026 | 16:30
    La detonación del desarraigo, el suicidio de Leandro N. Alem
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    Leandro Nicéforo Alem no era un político común. Era un faro místico, una tempestad de principios, la encarnación misma de la intransigencia ética en una Argentina que empezaba a aprender el arte del pacto espurio y el olvido conveniente. Aquella mañana, metido en su levita negra tradicional, con su barba blanca larguísima que le daba el aspecto de un profeta bíblico desterrado en el asfalto, Alem tomó una decisión que no nació de un impulso ciego, sino del cansancio más profundo y lúcido que un ser humano puede experimentar: el cansancio de la decencia frente al cinismo.

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    La sombra del cadalso y el peso del apellido
    Para entender el disparo que conmovió a la República en las primeras horas de esa tarde, es necesario retroceder en el tiempo, hacia la infancia de ese niño que vio a su padre —un ferviente mazorquero— colgado y expuesto en la plaza pública tras la caída de Juan Manuel de Rosas. La marca de la “sangre maldita” persiguió a Leandro durante toda su juventud. Tuvo que cambiarse el “Alén” original por el “Alem” para intentar limpiar un estigma que la sociedad porteña le cobraba a diario.
    Esa herida de origen forjó en él un carácter de acero, pero también una propensión irremediable a la melancolía. Alem se propuso demostrarle al mundo que su apellido no era sinónimo de barbarie, sino de la más pura entrega republicana. Se hizo abogado, defendió a los desposeídos y combatió con valentía en los campos de batalla de la Guerra del Paraguay en 1865, donde alcanzó el grado de capitán. Durante la contienda, marchó junto al ejército comandado por Bartolomé Mitre y resultó herido de bala en la histórica batalla de Curupaytí. Años más tarde, levantó los puños contra la opresión del régimen del “Unicato” de Miguel Juárez Celman.
    Cuando fundó la Unión Cívica Radical, no buscaba un partido político; buscaba una religión civil. Quería redimir a los ciudadanos a través del voto libre, de la moralidad administrativa y de la revolución si la dignidad institucional era pisoteada. “¡Que se rompa, pero que no se doble!”, era su grito de guerra, una consigna que terminó siendo su propia sentencia de muerte.

    El dolor de la traición íntima
    El verdadero quiebre de Alem no provino de sus enemigos declarados (el roquismo, la oligarquía terrateniente, los eternos dueños de la suma del poder público), sino de sus propios cuadros, de las entrañas mismas de su causa. La política de fines del siglo XIX mutaba hacia el pragmatismo. Los jóvenes revolucionarios de 1890 y 1893 empezaban a cansarse de la intransigencia absoluta de don Leandro. Querían resultados, querían bancas, querían poder.
    Y en el centro de ese desgarro estaba su propio sobrino, su discípulo más amado y, a la postre, su mayor verdugo político: Hipólito Yrigoyen.
    La distancia entre tío y sobrino se había vuelto un abismo insalvable. Mientras Alem representaba la oratoria inflamada, el asalto romántico a las barricadas y la transparencia absoluta, Yrigoyen tejía en las sombras, armaba comités en silencio y apostaba a una construcción de largo aliento que implicaba, necesariamente, dejar atrás el purismo del viejo caudillo. Sentirse desplazado por su propia sangre, ver que los jóvenes miraban hacia el hermetismo de Yrigoyen y constatar que las revoluciones radicales se apagaban en el conformismo de las negociaciones, terminó por quebrar la última resistencia de su espíritu.
    Alem se encontró solo. Su casa de la calle Cuyo (hoy Sarmiento) era un santuario de desolación. Las visitas escaseaban, las deudas se acumulaban y su salud flaqueaba. La tos lo castigaba por las noches, pero el dolor más agudo era el del desengaño. El país que él soñaba se conformaba con la prosperidad material a cambio de la sumisión política.

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    Las últimas horas de un romántico
    La crónica de sus momentos finales tiene el ritmo pausado de una tragedia griega. La mañana del 1º de julio, Alem escribió varias cartas. Sus movimientos no denotaban desesperación, sino la serenidad de quien ha ordenado los papeles de su existencia.
    Alrededor del mediodía, abordó un carruaje con destino al Club del Progreso, el epicentro de la sociabilidad política de la época. En el trayecto, el coche se detuvo brevemente. Quienes lo cruzaron en los pasillos del club notaron su amabilidad habitual, un poco más parsimoniosa que de costumbre. Nadie imaginó que debajo de esa levita, cerca del corazón, viajaba un revólver.
    Volvió a subir al carruaje. El traqueteo de las ruedas sobre el empedrado porteño acompañó sus últimos pensamientos. Al llegar a la esquina de la plaza, el cochero escuchó una detonación seca, sorda, amortiguada por el cuero y las telas del interior del vehículo. Cuando abrió la portezuela, el cuerpo del gran tribuno yacía recostado, con la mirada perdida y un hilo de sangre marcando el final de una época. En el asiento, impecablemente doblado, quedó su testamento político, el célebre documento “Para los que queden”.
    “He terminado mi carrera, mis fuerzas están agotadas...”, rezaban aquellas líneas escritas con pulso firme. “Entrego mis viejos huesos a la patria... Para vivir estéril, inútil y deprimido, es preferible morir dignamente”.

    El legado de la intransigencia
    El entierro de Leandro N. Alem fue una de las manifestaciones de dolor popular más genuinas y multitudinarias que recordara la joven Capital Federal. El pueblo que él tanto había defendido salió a las calles no a despedir a un funcionario o a un estratega militar, sino a llorar a un santo secular. La gente humilde, los estudiantes y los obreros que apenas asomaban al escenario social comprendieron que con esa bala se apagaba el último romántico de la política argentina.
    El suicidio de Alem no fue un acto de cobardía, sino su última protesta contra la hipocresía de un sistema. Fue el portazo definitivo de un hombre que se negó a ver cómo las banderas de la revolución se marchitaban en los despachos oficiales. Su muerte dejó una lección incómoda y perenne para la historia nacional: la advertencia de que la política sin moral es solo un juego de tronos vacío, y que a veces, cuando la noche del cinismo es demasiado oscura, los hombres de luz prefieren apagarse a sí mismos antes que dejarse corromper.
    Hoy, en perspectiva, la figura de Alem en el asiento de aquel carruaje sigue interpelando a la Argentina. Su barba blanca y su levita negra ya no habitan el barro de la contienda diaria, sino el panteón de los mitos necesarios, recordándonos que la dignidad, a veces, tiene un costo que solo los gigantes están dispuestos a pagar.

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    Juan Ignacio Garasino
    Juan Ignacio Garasino
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