La batalla de Arroyo Grande, a pocos kilómetros de Concordia (6 de diciembre de 1842)
El combate de Arroyo Grande fue una de las batallas más grandes de las guerras civiles- argentino-uruguayas.
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Pero antes de relatar los detalles de esta batalla, creo necesario referirme a un detalle de gran influencia en este suceso.
Adolfo Saldías cuenta una anécdota, oída de Antonino Reyes, quien fuera edecán del Gobernador de Buenos Aires.
“Juan M. de Rosas lo llamó a Reyes y le dijo “Dentro de poco vendrá Mr. Mandeville; usted entrará a darme cuenta del ejército de Vanguardia y al ver al Ministro inglés se detendrá indeciso y seguirá mis instrucciones. Así lo hizo Reyes
-Hable usted- dijo Rosas- Estamos ante el representante de un país amigo-
-Era sobre las caballadas que debíamos pasar al general Oribe.
-¿Qué pasó con esas caballadas?- inquiere Rosas
-Que se han “resabiado” dos veces Su Excelencia costando mucho más tiempo y trabajo de lo que creíamos-
-Estos inconvenientes cambian los planes del Presidente de los Orientales-dijo Rosas con cara de preocupación
El Ministro inglés permanecía atento a lo que allí se decía, aunque con expresión indiferente.
-La posición del Presidente Oribe se hará ahora muy difícil- -¡Tiene suerte el “pardejón” Rivera! Hemos dejado sin caballadas al general Oribe ¿Qué hará ahora?
-Sigue marchando sobre Rivera- expresó el edecán, pero en jornadas lentas, por no demorar las operaciones- Sigue esperando esos recursos-
Salió de la reunión el Ministro inglés con rumbo a la legación
Un rato después, el capitán del Puerto dio aviso a Rosas qué desde la escuadra inglesa, surta en la rada, se desprendía una ballenera en dirección a la Colonia.
Se confirmaba entonces lo que había previsto Rosas. Entonces su excelencia soltó una estruendosa carcajada: -El muy pícaro mordió el anzuelo-
Rosas sabía que los ingleses informarían a Rivera de esa falsa situación, motivada por la imposibilidad de lograr que Rivera presentara batalla.
El 1° de diciembre de 1842, Rivera concentró sus fuerzas sobre las puntas del Arroyo Grande, tributario del río Uruguay en Entre Ríos, al sudoeste de Concordia, convencido de la superioridad de su caballería, de acuerdo a la información que le suministraron los ingleses
Estaba integrado por orientales, correntinos y santafesinos.
Unos 7.500 hombres que los componían 5.500 jinetes y 2.000 infantes con 16 piezas de artillería (14 cañones y dos obuses) El Jefe de Estado Mayor era el coronel Elías Galván
Oribe por su parte reunía 9.000 hombres (2.500 infantes, porteños en su mayoría 6.500 jinetes porteños y entrerrianos y 18 piezas de artillería.
De esos, unos 1.000 eran orientales. La caballería de Oribe era superior y su infantería era también superior que la de Rivera. El Jefe del Estado Mayor era Francisco Lasala, sobrino de Oribe. Remplazó al coronel Eugenio Garzón quien no participó por desacuerdos con Oribe.
Rivera estaba preparado para una considerable espera, habiendo elegido un campo descubierto, pensando que allí podría maniobrar mejor con su caballería, cuando le avisaron que Oribe y sus ejercito estaba a una hora de marcha del campamento unitario.
“¡No puede ser!!! Exclamó Rivera. Oribe recién debería estar pasando el Gualeguay, reorganizándose, reuniendo lo que quede disperso y moralizar si es posible a la gauchada de Urquiza”
Sin embargo, el Jefe del Ejército de la Confederación había hecho el tramo hacia el norte de la provincia, como quien va a Concordia. El 5 de diciembre estaba situado a unos 10 kilómetros de las puntas del Arroyo Grande, a la vista de Rivera.
El ejército de Oribe era, en su mayor parte de tropas regulares. Sujetos a una rigurosa disciplina y con oficiales inteligentes.
Por su parte el de Rivera no tenía organización militar, ni disciplina, ni ninguna de aquellas cosas elementales que constituyen la fuerza de un ejército, excepto la voluntad y el valor. Era una masa heterogénea sin enlace mutuo y sin armonía en el conjunto.
Las fuerzas de la Confederación tomaron posiciones frente a los colorados (unitarios uruguayos) que estaban también integrados por orientales y argentinos “las tropas de la Confederación especialmente de Buenos Aires y Entre Ríos era ligeramente superior en número a las tropas de Rivera) dice Efraím Quesada
EL COMBATE En la madrugada del 6 de diciembre de 1842, se enfrentaron los dos ejércitos. A las 9 de la mañana, las caballerías de ambos ejércitos se movieron en rápidas embestidas. Mientras Rivera se encontraba a caballo sobre un montículo un poco a la derecha, desde donde se podía contemplar todo el campo de batalla.
Las tropas de Oribe se desplegaron en combate “La infantería y la artillería mandado por el general Ángel Pacheco; la derecha con fuerzas de caballería de Urquiza, a la que se agregó la columna “flanqueadora” de Ignacio Oribe; a la izquierda, tropas de caballería a las órdenes del general José María Flores y al extremo izquierdo, otra “flanqueadora” magníficamente montada. Además.Otra caballería de reserva”. El batallón riverista de José Gregorio Suarez (Goyo Jeta) fue prácticamente diezmada con lazos y boleadoras; con el resto bajó a toda prisa las barrancas del Uruguay. Poco antes, una montonera correntina había perseguido al coronel Luna, quien, sintiendo a sus espaldas el apremio de los federales, solo atinó para “zafarse”, desprenderse un cinto lleno de onzas de oro que tenía. Lo abrió y las fue dejando caer para entretenerlos y ponerse a salvo y llegar hasta el río.
El mismo Fructuoso Rivera se vio en un gran aprieto. Estaba totalmente rodeado y no sabía cómo ponerse a salvo, cuando surgió el santafesino Juan Pablo López, abriendo una brecha por la que pudo escapar el caudillo oriental.
“Empeñada la batalla escribe en sus Memorias el general Donato Álvarez- llegó un momento emocionante y fue aquel en el que el general Servando Gómez, cedió conmovido por el empuje de las cargas formidables que le llevó la caballería enemiga mandada por el bravo general Anacleto Medina. Al encuentro de este y para contenerlo, el general Urquiza lanzó parte de la caballería entrerriana, que cargó briosamente a fondo con feliz suceso. Me encontraba en ese momento a pocos pasos del general Urquiza e intercedía porque no se ultimara a un soldado enemigo a quien creía rendido, cuando este en un descuido mío, revolviose dándome una lanzada!”
La infantería de Rivera quedó casi toda prisionera o muerta. Las infanterías de Buenos Aires y la Oriental comenzaron la victoria y las caballerías porteñas, entrerrianas y oriental precipitaron el desastre.
Poco antes del mediodía, Urquiza informó a su hermano “A esta hora (11.30) hemos concluido completamente con el ejército del “pardejón” Rivera; la victoria ha sido esplendida, completa” Media hora después, Oribe daba cuenta a Rosas en su parte, de que el Ejército Aliado de Operaciones de Vanguardia, había logrado el más completo triunfo, sobre los salvajes unitarios.
LA HUIDA
En cuanto se produjeron los primeros encontronazos, Rivera previó la derrota y según documenta el Archivo de Entre Ríos se escabulló hacia el Saladero de Domingo Duarte Manzores, de donde extrajo cueros para armar “pelotas” y vadear el rio Uruguay. Anticipando su paso, hizo arriar ganado arrebatado en las estancias entrerrianas. Rivera- consigna Díaz- temía más el riesgo de su vida, que la tremenda responsabilidad de la de los soldados puestos a su cargo; y se separó de su ejército cuando todavía estaba indecisa la victoria, dejando en el campo de batalla masas enteras, que con menos cobardía, alguna serenidad y algunas ideas estratégicas, hubiera podido salvar o impedir cuanto menos, que fueran impunemente acuchillados, y haciéndose seguir de una docena de oficiales y soldados, pasó el mismo día el Uruguay por el punto del Naranjal.
Desde el Salto se había oído claramente el cañoneo. Los vecinos salteños se preguntaban cuál sería el resultado de la batalla, cuando vieron llegar a grupos de gente armada a la costa de Entre Ríos y pasar enseguida en botes y “pelotas” a la costa uruguaya
“¿Saquearán el pueblo?” se preguntaban los vecinos con preocupación.
Mas el general Rivera, sentado en una silla en la costa del río, daba instrucciones a sus oficiales, dándoles ordenes, sobre todo, de respetar al vecindario” Luego abandonó el Salto con unos 400 hombres.
Al llegar la noche, Urquiza quedó a descansar en la estancia de Juan Campbell sobre el arroyo Yeruá, donde fue informado qué en represalia, los unitarios habían incendiado el Salto. Urquiza vio las llamas de los ranchos y las casa desde Concordia
“Destacaré un batallón en auxilio del vecindario” y lo hace inmediatamente “No te puedes imaginar- comentaba Urquiza- el placer que tuve al ver a mis entrerrianos, atravesar el majestuoso Uruguay, en veintidós minutos con el sable a la dragona y a la espalda la lanza”
Mientras tanto, en el sitio de la batalla, por orden del general Manuel Oribe fueron ajusticiados por degüello todos los oficiales unitarios en la costa de un arroyito y hasta cabos y sargentos, dicen algunos. Los soldados rendidos fueron incorporados a sus tropas.
Pasaron más de 50 años de esa gran batalla en un sitio en ese tiempo despoblado, hasta que arribaron los colonos inmigrantes suizos-franceses y rusos-judíos quienes se dedicaron a la explotación agropecuaria
Algunos comenzaron a arar la tierra para sus cultivos y pero también a encontrar restos humanos, especialmente a orillas de un arroyito que no tenía denominación.
Pasando el “Arroyo Grande”, hay una flecha que indica el lugar de la batalla, donde hay un monolito en recordación. Luego hay un arroyito llamado “Calaveras”, que es donde quedaron los cuerpos insepultos de la batalla y los ajusticiados. El viento y el polvo de los años los fue cubriendo piadosamente, el sol y la lluvia también hicieron su parte.
La batalla se libró, desde el Arroyo Grande, hasta la “Cañada Casafus”, que ahora, ha quedado dentro de la localidad de San Salvador.

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