Ir al pueblo
Viviendo en la colonia Santa Isabel ir al pueblo Pedernal, en la década de los años 40, distante diez kilómetros, para un chico criado en plena campaña, aparte de ser un paseo era toda una aventura, ya que se viajaba a caballo, en sulky o en carro “ruso “ de cuatro ruedas, e implicaba visitar un poblado donde había casas de comercio, circulaban algunos automóviles, un surtidor de nafta al que había que accionar una palanca ubicada en la base para que en su parte superior mediante el bombeo llenara un recipiente transparente y por una manguera se descargaba al tanque de algún automóvil, panadería, que cuando se ingresaba se percibía ese característico aroma a pan recién horneado, carnicería donde pendían de unos ganchos “enormes” medias reses vacunas, y el almacén, donde casi siempre se ligaba “la yapa” en las compras que realizaban mis mayores, consistente en un chupetín o un caramelo que traían “premios” , generalmente un anillito de plomo que era una joya que sólo veíamos en los catálogos que llegaban por correo de Casa Escasany, Casa La Mota y otros.
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En las larguísimas noches de invierno, mientras papá leía el periódico o escuchaba la radio con acumulador cuando había buen tiempo, o durante el transcurrir de la primera guerra mundial, en onda corta, si había mal tiempo y “descargas”, pegaba el oído a la radio, mamá leía algún libro o tejía, canturreando viejas melodías, me entretenía recortando figuritas soñando e imaginando mundos fantásticos. También en el pueblo era irreal, mágico, concurrir a casa de la modista doña Rosa Migliora, de hablar suave y pausado, de modales mesurados, que a la vez era la encargada de la cabina telefónica del pueblo, y observar cómo en un aparatito colgado de la pared, giraba una manivela y descolgando un tubo con un cable le hablaba al “cajoncito” ... Cosas difíciles de entender... O visitar la estación del ferrocarril cuando llegaba o partía algún familiar de las grandes ciudades, maravillándome al escuchar el tac-tac que el empleado Leoncito Ostrovsky manipulaba un pequeño aparatito sobre un escritorio del que iba saliendo una cintita angosta llena de puntitos y rayitas que luego él descifraba. ¡Eso era demasiado para esos cuatro o cinco años de edad! Y estar cerca de esa enorme, grandísima locomotora que hacía vibrar todo a su alrededor entre nubes de vapor y repercutía en el pecho como un eco.
En cierta oportunidad concurrimos con papá y mamá en sulky a una fiesta que se realizaba en el salón social del pueblo. Eran representaciones teatrales y luego baile con orquestas que organizaba la cooperadora escolar. Recuerdo que una era la representación del cuento de Blancanieves, los enanitos, el príncipe y la malvada bruja; nosotros estábamos sentados en las primeras filas pues tomaba parte mi primo mayor, Miguel. Cuando apareció la bruja con una careta horrible, fue tal mi susto que trepé al regazo de mi mamá escondiendo la cara en su cuello, aterrado por la “tremenda” aparición.
Ese día, cuando salíamos de nuestra casa para el pueblo, el tiempo estaba nublado, hacía un calor húmedo y soplaba un viento norte que presagiaba tormenta. Al retirarnos del salón, finalizada la fiesta, para regresar a casa, subimos al sulky emprendiendo el regreso, y a poco de andar observamos que del norte se aproximaban negrísimos nubarrones, había una tensa calma y una suave y calurosa brisa. Asuzando al caballo mi papá comentó: “Se viene la tormenta” ... Casi a mitad de camino comenzaron a caer las primeras gotas y la noche se tornó oscurísima, se empezaron a escuchar fuertes truenos y relámpagos que surcaban el cielo iluminando el camino vecinal. A los pocos minutos se desencadenó un temporal con toda la furia, caía agua a raudales, los relámpagos se sucedían y los truenos ensordecedores. Papá apuraba al caballo que prácticamente galopaba en el sulky, mientras yo me acurrucaba entre mis padres para cubrirme de la lluvia. Al llegar cerca de la casa del colono Marcos Blat, y precedido por un estruendo que hizo temblar todo el sulky vimos como caía del cielo algo parecido a una bola de fuego bastante cerca de donde estábamos, quizás era lo que en el campo se denomina que “cayó un rayo”.
Esos fenómenos de la naturaleza que durante las tempestades producen una gran carga eléctrica que muchas veces caen sobre un árbol que se incendia o toman un alambrado por cuyos hilos metálicos corre la electricidad que a veces mata a toda la hacienda que en esos momentos está recostada en el mismo. Ante esta situación papá decide entrar al patio del colono amigo, que dada la hora avanzada de la noche estaban durmiendo, ata el caballo a un árbol y llama para pedir albergue. Se levanta el matrimonio, nos hacen pasar, nos secamos con toallas que solícita nos proporciona la señora Carlota y ante una lámpara de cocina a mecha con kerosén, tomando unos mates con masitas caseras que nunca faltan en la casa de un colono, esperamos que amaine el temporal que por lo general no duraban mucho tiempo, salimos nuevamente para regresar a casa, escuchando el chapoteo de los vasos del caballo en el agua que corría en las huellas del camino vecinal de la colonia.

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