Hace 157 años, Sarmiento creaba el Colegio Militar de la Nación
Imagen del año 1937 de la construcción del Colegio Militar En 1869, gobernaba nuestro país el padre de la educación argentina, el sanjuanino Domingo Faustino Sarmiento.
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Habían transcurrido diecisiete años desde la caída de Juan Manuel de Rosas a manos de Justo José de Urquiza. La organización nacional marchaba sobre ruedas: el país comenzaba a recibir masas de inmigrantes para poblar las desoladas pampas y flujos de capitales extranjeros destinados a una infraestructura que en la actualidad persiste. Estos pilares dieron un fuerte impulso al crecimiento económico, aunque empezarían a mostrar señales de alarma con la crisis de 1890 bajo la gestión de Juárez Celman, hasta que el modelo agroexportador ingresó en una profunda crisis en 1930, dando lugar a un nuevo esquema económico-productivo.
¿Qué relación tienen Rosas, Urquiza y Sarmiento con el Colegio Militar de la Nación?
Los tres próceres, de manera directa o indirecta, forman parte de la historia del Colegio Militar, ya que Justo José de Urquiza venció a Juan Manuel de Rosas en la Batalla de Caseros el 3 de febrero de 1852 —en los mismos terrenos de El Palomar donde hoy se emplaza la institución—. El vencido Rosas tenía su residencia en Palermo, sitio que años más tarde se convertiría en la primera sede del Colegio Militar cuando, en 1869, el presidente Domingo Faustino Sarmiento ejecutó su visión técnica y educativa para crearlo. Para Sarmiento, la educación no abarcaba sólo las primeras letras o la universidad, sino también la formación científica y profesional de los cuadros militares para consolidar la soberanía del Estado moderno. Los tres participaron así, desde distintos roles, en los campos de Caseros, la gesta que dio origen a la Organización Nacional.
El hito fundacional del Colegio Militar se puede encontrar en Curupaytí
La cruenta Batalla de Curupaytí, ocurrida el 22 de septiembre de 1866 en el marco de la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay, no solo constituyó una catástrofe táctica para las fuerzas aliadas, sino que cobró la vida de una generación de jóvenes oficiales y de hijos de personalidades de la política y de la historia nacional que se habían enrolado voluntariamente. Entre ellos se encontraba Domingo Fidel (“Dominguito”) Sarmiento, hijo adoptivo —y considerado biológico por muchos historiadores— del futuro presidente de la Nación.
La trágica muerte de “Dominguito”
Dominguito se había enrolado con apenas 20 años, ostentando el grado de capitán en el batallón 12 de línea al mando de Lucio V. Mansilla. Cayó mortalmente herido en el asalto a las trincheras paraguayas en Curupaytí, a muy pocos metros de las posiciones enemigas. Para Sarmiento, que se encontraba en los Estados Unidos cumpliendo funciones diplomáticas como embajador, enterarse de la noticia fue un golpe devastador que lo marcó hasta el último de sus días.
La conexión con la creación del Colegio Militar
La muerte de su hijo y la experiencia general de la Guerra del Paraguay expusieron una verdad dramática y urgente: la Argentina carecía de un cuerpo de oficiales profesionales formados científicamente para la guerra moderna. Hasta entonces, los ejércitos se improvisaban sobre la marcha con milicias, valor personal y coraje individual; sin embargo, el conflicto demostró que se necesitaba la enseñanza rigurosa de la ciencia militar, la táctica y la academia para evitar el desangramiento de la juventud en improvisaciones tácticas.
La dolorosa pérdida de Dominguito cristalizó en la mente de Sarmiento la convicción de que el Estado moderno exigía la profesionalización de las fuerzas armadas. Como se mencionó precedentemente, en 1869 concretaría la fundación del Colegio Militar de la Nación, buscando que la espada y la pluma se unieran, y que los futuros oficiales, también se formarán en aulas y no solo en el rigor inflexible de los campos de batalla.
La influencia húngara en la formación militar argentina
La influencia húngara se canalizó a través de una figura fundacional: el coronel Juan F Czetz. El impacto de ese país europeo en nuestro país se concentró en la organización institucional y en la formación en ingeniería militar durante la segunda mitad del siglo XIX.
Czetz, un militar con experiencia en el Estado Mayor Húngaro y veterano de las revoluciones europeas de 1848, llegó a la Argentina y fue seleccionado por Sarmiento para diseñar y dirigir la incipiente academia militar en 1870. Allí estructuró el primer plan de estudios formal del instituto. Su objetivo era transformar a las tropas de línea en un cuerpo de oficiales científico, técnico y disciplinado, introduciendo asignaturas que combinaban la táctica de combate con la formación teórica y rompiendo con la tradición de ascensos basados exclusivamente en acciones de campaña.
Las tres sedes a lo largo de su historia
Primera sede (1869–1892): El Caserón de Palermo de San Benito
En los terrenos que hoy comprenden los Bosques de Palermo (cerca del arroyo Maldonado y el Río de la Plata) se encontraba el imponente y lujoso caserón que había pertenecido a Juan Manuel de Rosas. Al ser derrocado el Restaurador, el Estado nacional utilizó esa edificación colonial preexistente para instalar allí a los primeros cadetes —siendo Ramón Falcón el primer inscripto y cadete histórico, en 1870—. Funcionó allí durante 22 años, pero el crecimiento de la institución hizo que el espacio resultara insuficiente.
Segunda sede
(1892–1937): San Martín
Se trasladó a la localidad de San Martín, a un edificio que no había sido concebido originariamente como academia militar, ya que funcionaba como un antiguo Colegio de Artes y Oficios (y que en la actualidad ocupa el Liceo Militar General San Martín). A pesar de los años que la institución pasó allí, las limitaciones edilicias hicieron imperiosa la necesidad de planificar una sede definitiva, moderna y diseñada exclusivamente desde cero para la formación de oficiales.
Tercera sede
(1937–Presente): El Palomar
En los históricos terrenos de El Palomar (provincia de Buenos Aires), testigos de la emblemática Batalla de Caseros de 1852, se adquirieron aproximadamente 250 hectáreas para levantar el complejo definitivo que reflejara el poderío y la profesionalización del Ejército Argentino.
Tras diversas interrupciones económicas y reformulaciones del proyecto, las obras monumentales cobraron un impulso definitivo a partir de 1935, bajo los planes de infraestructura impulsados fuertemente durante la presidencia del general Agustín P. Justo. El ex teniente coronel Néstor Cruces escribió en 1993 el libro “70 años para siete días: cómo recuperar el potencial inexplotado de las Fuerzas Armadas en la Argentina democrática”, donde refleja la vida diaria de los cadetes y detalla los materiales con los que fue construida la sede de El Palomar: “Los dormitorios tienen forma de enormes letras “H”, con cómodas habitaciones de piso de roble Eslavonia, recuerdo romántico de una Argentina que ya no existe y que podía darse estos lujos en la década de 1930”.
El complejo actual, con sus imponentes pabellones, la capilla, el casino de oficiales (construido en 1969) y los campos de deportes, fue inaugurado de forma oficial el 23 de diciembre de 1937, coincidiendo con la ceremonia de egreso anual de oficiales de ese año.
El presente y futuro del Colegio Militar de la Nación
El Colegio Militar de la Nación avanza hacia los próximos años consolidándose como la institución fundamental en la formación de los líderes militares que la defensa nacional demanda. En un escenario global dinámico, donde los avances tecnológicos, la ciberdefensa y los nuevos paradigmas geopolíticos redefinen el arte militar, la exigencia académica, física y moral de los cadetes se mantiene tan firme como en sus orígenes, adaptándose a las demandas del siglo XXI sin perder sus valores esenciales.
Sin embargo, detrás de la rutina de aulas, maniobras y adiestramiento constante subyace la paradoja más profunda de la profesión militar. Como bien supo señalar Néstor Cruces, las Fuerzas Armadas se preparan durante setenta años para combatir en un conflicto de solo siete días que no se sabe cuándo ocurrirá. Es precisamente esa incertidumbre la que dota de sentido supremo al Colegio Militar: formar a hombres y mujeres con una entrega silenciosa y permanente, cuya máxima victoria es sostener una disuasión tan eficaz que ese día decisivo jamás tenga que llegar.

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