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    Enrique Santos Discépolo, el poeta de Buenos Aires

    13 de junio de 2026 - 22:30
    Enrique Santos Discépolo, el poeta de Buenos Aires
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    Enrique Santos Discépolo había nacido en Buenos Aires, en el muy porteño barrio del Once el 27 de marzo de 1901, pero ya la vida le mostró su crudeza y que señalaría su vida cuando tenía apenas 11 años y quedó huérfano de padre y madre.
    Su hermano mayor, Armando se hizo cargo de su educación, pero también lo introdujo en el mundo artístico, ya que él era dramaturgo y se desenvolvía en ese medio con cierta solvencia, con algunas obras teatrales exitosas.
    Enrique Santos era un joven poco agraciado, muy delgadito, de baja estatura y nerviosos ademanes, siempre en movimiento, de carácter cambiante, de pronto parlanchín y chistoso y de pronto introvertido, silencioso y retraído.
    Tenía como pocos, un sentido trágico de la vida y sin embargo tenía también una veta humorística muy singular, producto de su notable talento.
    Habitante de la noche, su parada era el café, pero también el cabaret por la atracción que obraron sobre él los tangos y también el ambiente tanguero.
    Careció de paciencia para estudiar nada con regularidad. Sin embargo, la calle fue su escuela, que caló en su palpitante personalidad. Todo lo aprendió en esa Universidad que no otorga títulos, pero que él dejaría consignado en su canto al café porteño: “Como una escuela de todas las cosas/ ya de muchacho me diste entre asombros/ el cigarrillo, la fe en mis sueños/ y una esperanza de amor/…en tu mezcla milagrosa, de sabihondos y suicidas/ yo aprendí filosofía, dados, timba/ y la poesía cruel/ de no pensar más en mi” (Cafetín de Buenos Aires Tango)
    Fue un cronista de la vida y lo hizo magistralmente, con la angustia del que nada le es indiferente, sino por el contrario se revelaba contra la injusticia y tomó nota de todo lo que vio y vivió, sin ser sociólogo, con una agudeza superior a muchos llenos de sabiduría aprendida en los libros. Su forma de expresarse, que fue la música popular, a la que supo aportarle geniales descripciones de profunda comprensión de la realidad, que hoy llamarían “canciones de protesta”, cuando ya Discépolo las había elaborado sin tantos alardes intelectuales, con solo observar la injusticia de esa época y dándole forma con su genial manera de expresarlo.
    La década del 30 fue dibujada con su enorme talento expresivo. Fue un anticipo de lo que vendría, cuando en 1926 con cuatro años de antelación se expresaba visualizando el materialismo cínico de moda en ese tiempo entre los argentinos: “¿Pero no ves, gilito embanderado/ que la razón la tiene el de más guita?/ ¿Qué la honradez la venden al contado/ y que la moral la dan por moneditas?/¿Qué no hay ninguna razón que se resista/ frente a dos pesos moneda nacional?/ Vos resultás haciendo el moralista/ un disfrazao sin carnaval. (Que vachache”Tango)
    La crisis económica se abatía sobre la Argentina y otros países. El crack de la Bolsa de los EEUU arrastró al mundo entero en 1929. Nuestros puertos estaban vacíos y los campos llenos de cereales y vacas que nadie compraba.
    La desocupación y las ollas populares eran moneda corriente. La prostitución, el juego clandestino proliferaban junto a charlatanes vendedores de “negocios rápidos” explotando la situación. La mafia en Rosario hacía de las suyas y también en Avellaneda y se miraba con indiferencia la creciente pobreza.
    También recogió Discépolo con su aguda percepción del drama social que expresaba así: “Cuando no tengas ni fe/ ni yerba de ayer/ secándose al sol/ Cuando rajés los tamangos/ buscando ese mango/ que te haga morfar/ la indiferencia del mundo/ que es sordo y es mudo/ recién sentirás/ Verás que todo es mentira/ Verás que nada es amor/ que al mundo nada le importa,/ Yira …Yira/ Aunque te quiebre la vida/ aunque te muerda un dolor/ no esperes nunca una ayuda/ ni una mano/ ni un favor (Yira…Yira Tango)
    Discépolo, poeta del asfalto escribe sus tangos penetrados de siniestra amargura ¡Un canto a la desesperanza, un himno al fracaso!
    El peso es un “peso fuerte” sólido, pero exclusivo  
    La palabra neumotórax es una palabra de los años 30. La tuberculosis hace estragos. Las maestras sin empleo, los analfabetos con el estómago vacío y los maestros que tienen trabajo, pero no cobran los sueldos.
    Las grandes familias venden sus palacios. La Quinta Unzué, El Palacio Paz, el Palacio Pereda, el Palacio Ortiz Basualdo, la Casa Del Solar Dorrego.
    En los diarios había avisos de manicuras, manicuras polacas, francesas, italianas se ofrecían. El éxtasis a precios módicos.
    La crisis arrojaba a la calle a las mantenidas de gente bien. También estaban las pupilas de las casas de lenocinio que buscaban clientes en la calle.
    De Tucumán, de Santiago del Estero, de Corrientes bajaban a la Capital, vestidas de negro, demacradas y tristes, de monedero vacío, a emplearse de sirvientas en las casas de clase media.
    Discépolo allá por el año 1935 lo sintetizó en una de sus obras más logradas, como un triste testimonio de nuestras tragedias: “Hoy resulta que es lo mismo/ ser derecho que traidor/ ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador…/ Todo es igual/ nada es mejor/ Lo mismo un burro que un gran profesor/ no hay aplazaos/ ni escalafón/ los inmorales nos han igualao/ si uno vive en la impostura/ y otro afana en su ambición/ da o mismo que sea cura/ colchonero, rey de bastos, caradura o polizón…/ no pienses más, sentate a un lao/ que a nadie le importa si naciste honrao/ Es lo mismo el que labura/ noche y día como un buey/ que el que vive de las minas/ el que mata, el que cura/ o está fuera de la ley”. 
    La Década Infame culminaría con la espantosa hecatombe de la Segunda Guerra Mundial, donde colapsaron viejos conceptos hasta ayer indiscutidos.
    Discépolo no permaneció indiferente ante esa ordalía de la humanidad, y echando mano al ingenio de las palabras ante esa tragedia, escribió desnudando sus sentimientos estremecidos.
    En el año 1939, en Europa se desencadenaba la guerra de una magnitud colosal y Enrique Santos expresaba en tono patético: “Aullando entre relámpagos/ perdido en la tormenta/ de mi noche interminable/ Dios busco tu nombre/…no quiero que tu rayo/ me enceguezca entre el horror/ porque preciso luz, para seguir/ lo que aprendí de tu mano/¿No sirve para vivir?/ Yo siento que mi fe se tambalea/ que la gente mala, vive, Dios, mejor que yo/ si la vida es el infierno/ y el honrao vive entre lágrimas/ ¿cuál es el bien/ del que lucha en nombre tuyo/ limpio puro… para qué?/ Si hoy la infamia da el sendero/ y el amor mata en tu nombre, Dios/ lo que has besao/ el seguirte es dar ventaja/ y el amarte sucumbir al mal. ( Tormenta Tango)
    Desgarrado por un mundo consumido por el materialismo, abrazó la nueva política (el peronismo) que después también lo defraudó. Tuvo un programa de radio “Mordisquito”, que solo le sirvió para que muchos de sus amigos se alejaron de él, por peronista. Al extremo de que, en una oportunidad, compraron todas las entradas del teatro, a fin de que al salir a escena lo encontrara vacío, como ocurrió
    Su mujer durante muchos años, la cantante española Tania también lo abandonó.
    Se hizo de muchos enemigos con su programa radial y por su amistad con Raul Apold, Secretario de Prensa y Difusión. Era el encargado de leer todo lo que se iba a publicar y todos los libretos que se iban a leer.
    Las dudas que tenía sobre el peronismo se acentuaron entre 1950 y 1951. Hacía suya la política social, pero rechazaba casi todo lo demás, especialmente su totalitarismo. Hasta que comenzaron a censurarle su programa. 
    Finalmente, triste y solo enfermo de cáncer, murió el 23 de diciembre de 1951 a los cincuenta años. Probablemente de tristeza.

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    Temas
    • Discépolo
    AUTOR
    Darío H. Garayalde
    Darío H. Garayalde
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