El robo del Sable Corvo de San Martín
El 12 de agosto de 1963, un comando de la Juventud Peronista irrumpió en el Museo Histórico Nacional para sustraer una de las reliquias más sagradas de la nación: el Sable Corvo del General José de San Martín. Aquel episodio no solo sacudió la agenda política argentina de los años sesenta, sino que transformó un objeto de museo en un potente símbolo de disputa ideológica.
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Un plan concebido entre sombras
A comienzos de la década de 1960, la Argentina transitaba un periodo de profunda inestabilidad institucional. Con el peronismo proscripto y las Fuerzas Armadas ejerciendo un riguroso control sobre el poder político, diversas agrupaciones juveniles comenzaron a buscar golpes de efecto con alto impacto simbólico.
Bajo la conducción de Manuel Eduardo “Lito” Besares y Osvaldo Agosto, la Juventud Peronista concibió una operación audaz: apropiarse de la espada con la que San Martín había liderado las campañas libertadoras de América del Sur. El objetivo no era económico ni militar, sino político: exigir la restitución del cuerpo de Eva Perón, el fin de la proscripción y el retorno del general Juan Domingo Perón del exilio.
Cabe recordar que Evita había sido enterrada en 1957 en el Cementerio Mayor de Milán, Italia (sepultura 41, sector 86), bajo el falso nombre de María Maggi de Magistris. El cuerpo permaneció allí durante 14 años hasta su restitución a Perón en 1971.
La noche del asalto en Parque Lezama
La noche del 12 de agosto de 1963, el comando ingresó al Museo Histórico Nacional, ubicado en Parque Lezama (barrio de San Telmo). La custodia del edificio era escasa y no ofreció resistencia efectiva.
En cuestión de minutos, los militantes redujeron al personal de turno, rompieron la vitrina de protección y tomaron el sable. Antes de emprender la huida, dejaron grabada en las paredes del recinto la consigna “Venceremos” junto a las siglas de la organización, ratificando la autoría política del hecho.
Persecución y destino de la reliquia
La noticia conmocionó al país. Las fuerzas de seguridad desplegaron un operativo de búsqueda sin precedentes a nivel nacional. La presión policial y militar fue sofocante, lo que dificultó la custodia y el traslado del arma.
El sable pasó por diversos escondites clandestinos en la ciudad de Buenos Aires y sus alrededores. Para evitar su incautación o deterioro, los militantes debieron trasladar la reliquia en múltiples ocasiones. Finalmente, tras intensas negociaciones coordinadas por los mandos militares e intermediarios civiles, la pieza fue recuperada en la localidad de Quilmes a fines de agosto del mismo año, retornando a la custodia del Estado nacional.
El segundo robo (1965) y su impacto histórico
Aquel asalto de 1963 (al que seguiría una segunda sustracción el 12 de agosto de 1965 a manos de la misma agrupación) dejó al descubierto la fractura social y política de la Argentina del siglo XX. El sable, legado por el propio San Martín a Juan Manuel de Rosas y posteriormente entregado por sus herederos al Estado para custodia del pueblo argentino, se convirtió paradojalmente en un trofeo de guerra ideológico.
La ejecución del segundo asalto, concretada el 19 de agosto de 1965, marcó un punto de inflexión. Si la acción de 1963 fue un movimiento sorpresivo de propaganda, la operación de 1965 representó una demostración de fuerza dirigida al gobierno constitucional de Arturo Illia y a las Fuerzas Armadas.
En esta segunda ocasión, el comando de la JP, junto a militantes de la Juventud Revolucionaria Peronista (JRP), ingresó durante el horario de visita haciéndose pasar por visitantes comunes. A una hora convenida, redujeron a la guardia civil mediante amenazas con armas cortas, rompieron la vitrina principal, extrajeron la espada y pintaron consignas exigiendo la cancelación de las proscripciones.
Un cautiverio prolongado y la intervención de Perón
A diferencia de la primera incursión, en la que la presión policial forzó la devolución en apenas dos semanas, el grupo mantuvo el sable oculto durante casi un año. La reliquia pasó por una compleja red de casas de seguridad en el Gran Buenos Aires, conservada temporalmente en envoltorios plásticos y trapos aceitados dentro de un baúl de madera para evitar la corrosión del acero.
Durante este período, los captores hicieron llegar a Juan Domingo Perón una fotografía del sable junto a un periódico del día para certificar la posesión. La retención finalizó en julio de 1966, semanas después del golpe de Estado de la Revolución Argentina que derrocó a Illia.
Ante la mediación de civiles y el temor a que un operativo provocara un enfrentamiento armado con bajas, el sable fue entregado secretamente a mandos de las Fuerzas Armadas mediante la intermediación del capitán de navío Francisco Manrique y el capitán de fragata Walter Vásquez.
El desenlace generó molestia en Perón, quien consideraba que la reliquia no debía retornar a manos del Ejército sin concesiones políticas reales a cambio. Tras su recuperación en 1966, el presidente de facto Juan Carlos Onganía dispuso que el Sable Corvo fuera retirado del museo y entregado a la custodia exclusiva del Regimiento de Granaderos a Caballo General San Martín. En 2015 fue trasladado nuevamente al Museo Histórico Nacional, hasta que el 7 de febrero de 2026, mediante el Decreto 81/2026, la pieza retornó de forma definitiva a la guarda y custodia permanente en la unidad militar creada por el Padre de la Patria en marzo de 1812.

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