El militar que perdonó a sus captores: vida, martirio y fe del coronel Argentino del Valle Larrabure
Hay historias que se miden por la fuerza de sus convicciones y muertes que trascienden el dolor para convertirse en un testimonio inquebrantable de paz. La vida de Argentino del Valle Larrabure no es solo la crónica de uno de los episodios más oscuros de la violencia política argentina; es, fundamentalmente, la metamorfosis de un hombre de armas en un símbolo de perdón y fe que hoy roza los altares de la Iglesia católica.
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El hombre y el deber
Nacido en San Miguel de Tucumán el 6 de junio de 1932, Larrabure abrazó la vocación militar desde joven. Ingresó al Colegio Militar de la Nación el 1 de marzo de 1950 y egresó como subteniente de Infantería el 1 de diciembre de 1952. Entre sus cualidades sobresalían las de carácter técnico e intelectual, por lo que, años después, se graduó como ingeniero militar en la Escuela Técnica del Ejército, especializándose en la rama química. Para sus compañeros y subordinados, el entonces mayor Larrabure era un hombre austero, profundamente creyente, apasionado por la ciencia militar y volcado por entero a su esposa, María Susana de Castro, y a sus dos hijos, María Susana y Arturo.
El destino de la patria comenzó a oscurecerse aceleradamente a mediados de los setenta. La noche del 11 de agosto de 1974, un comando del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) asaltó la Fábrica Militar de Pólvoras y Explosivos de Villa María, Córdoba. En medio del tiroteo y la confusión, Larrabure fue secuestrado con el objetivo de obligarlo a brindar sus conocimientos técnicos para la fabricación de explosivos a gran escala. Ese instante marcó el fin de su vida pública y el inicio de su largo viacrucis.
El cautiverio:
372 días en la penumbra
Durante un año y siete días, Larrabure permaneció cautivo en lo que la organización guerrillera denominaba una «cárcel del pueblo», sumergido en un calabozo subterráneo de apenas dos metros de largo por uno de ancho, sin luz natural ni ventilación adecuada, ubicado debajo de una mercería en la ciudad de Rosario.
A pesar del encierro brutal, la degradación física y la constante presión psicológica para que colaborara en la confección de armamento, el militar mantuvo una postura firme e inquebrantable: se negó rotundamente a que sus conocimientos científicos fueran utilizados para matar a otros compatriotas. La celda oscurecida se transformó gradualmente en su capilla personal, donde la oración diaria y la fe se convirtieron en su único refugio.
Un testamento de amor y perdón
En la penumbra de su encierro, Larrabure logró escribir una serie de cartas dirigidas a sus seres queridos. En esos manuscritos no hay espacio para la venganza ni para el odio acumulado; por el contrario, resplandece una serenidad sobrehumana. En su mensaje más emblemático, dejó grabado un legado de reconciliación que conmueve por su profundidad espiritual:
“Físicamente estoy bien, de mi asma mejor, dispongo de todos los remedios y soy bien tratado [...]. A todos los extraño muchísimo, de noche, antes de dormirme hablo con todos Uds.
Y a mis hijos y mis ahijados especialmente, que no olviden mi mensaje: “Aún suceda lo peor, no deben odiar a nadie, y devolver la bofetada poniendo la otra mejilla.
A mis hijos y nietos para que no alienten el odio ni hagan del rencor la causa de sus vidas. Que mi muerte no sea motivo de venganza ni servilismo... Perdono a mis captores; no guardo rencor a nadie.
Tengan fe en Dios y sigan adelante... Marisú querida: no descuides tu salud.
A mi tierra argentina, ubérrima y acogedora, hoy escenario de luchas fratricidas. Para que cobije mi cuerpo y me dé paz.”
Estas palabras, redactadas por alguien consciente de que enfrentaba un destino trágico, convirtieron su tragedia personal en una lección moral colectiva. Larrabure decidió no responder al odio con más odio, rompiendo interiormente la espiral de violencia que consumía al país.
El martirio y el desenlace
Las condiciones inhóspitas y el rechazo sistemático a cooperar sellaron su suerte. Tras meses de privaciones extremas, el estado de salud del oficial se deterioró irreversiblemente. La fecha formal atribuida a su fallecimiento por asfixia es el 19 de agosto de 1975, día en que se consumó su martirio. Su cuerpo sin vida fue hallado el 23 de agosto de ese mismo año en un zanjón en las afueras de Rosario, envuelto en una manta.
Informes forenses determinaron que murió por estrangulamiento, mientras que la postura de sus captores sostuvo que se trató de un suicidio. No obstante, para la mirada de la fe y la memoria histórica de su causa, su vida fue entregada gradualmente día tras día al negarse a manchar sus manos con sangre. Tras su muerte, fue ascendido post mortem al grado de coronel.
Hacia los altares
Años más tarde, el testimonio de serenidad espiritual y el perdón explícito a sus victimarios impulsaron la idea de examinar su vida bajo la lupa del Evangelio. En 2016, el Obispado Castrense de la Argentina inició formalmente la investigación diocesana para evaluar la santidad de Larrabure.
El proceso alcanzó un hito determinante el 14 de marzo de 2023, cuando el Vaticano, a través del Dicasterio para las Causas de los Santos, otorgó el nihil obstat («nada se opone»), concediéndole el título de Siervo de Dios.
La causa fundamenta que Larrabure no solo fue víctima de la violencia política, sino que ofreció su vida por amor a Dios y al prójimo, muriendo in odium fidei (en odio a la fe) o viviendo las virtudes cristianas de forma heroica al perdonar a quienes lo privaron de la libertad.
De concretarse la beatificación, el coronel Argentino del Valle Larrabure se convertiría en un hito histórico: el primer militar argentino elevado a los altares, no por sus hazañas en el campo de batalla, sino por la mayor de las victorias humanas y espirituales: haber vencido al odio a través del perdón.

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