El fusilamiento de Liniers
En una nota pasada al Cabildo, el 25 de Mayo “en nombre del pueblo”, se solicitó que en el término de 15 días se enviara una Expedición Auxiliadora de quinientos hombres, destinada a garantizar a los cabildos del interior, la libre expresión de su voluntad. La actitud de Montevideo, que igual que Córdoba, no reconocieron a la Junta Provisional Gubernativa convenció a los miembros de la Junta, especialmente a Azcuénaga y Saavedra, que cabía esperar una resistencia mayor de algunos cabildos, pues acordó enviar mil hombres.
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Esta fuerza se integró con las compañías existentes. Se tomaron dos de Patricios, sacadas de los regimientos 1° y 2°, una del regimiento 2° de Arribeños; dos de los batallones 4° y 5° (antiguos Montañeses y Andaluces) y del de Pardos y Morenos; esto es diez compañías con un total de seiscientos hombres. Se agregaron cuarenta artilleros y sesenta más de la artillería volante del regimiento de la Unión, cincuenta hombres del “Fijo” y otros tantos de Dragones y Húsares y cien Blandengues.
Cuando se pasó revista antes de la partida el 25 de junio, sumaban mil hombres, tal como se dispuso.
Esta expedición fue denominada Auxiliadora, ya que iba en auxilio de los cabildos que deseaban apoyar a la Junta, y fue puesta al mando del coronel del cuerpo de Arribeños Francisco Antonio Ortiz de Ocampo y como segundo jefe al teniente coronel Antonio González Balcarce. También acompañaban a la expedición, una comisión que representaba a la Junta, integrada por Hipólito Vieytes, Feliciano Chiclana como auditor y como secretario Vicente López y Planes.
El 7 de julio partió de Buenos Aires la expedición que tenía por objeto subordinar a la Provincia de Córdoba a la autoridad de la Junta y remitir detenidas a las autoridades de esa provincia.
El día 14 la columna se encontraba en Luján, donde recibieron la orden de apresar a Liniers, Gutiérrez de la Concha, Rodríguez, Allende, Moreno, García de la Piedra y el obispo Orellana y remitirlos a Buenos Aires.
Sin embargo, el 27 de julio les llegó una resolución que significaba la pena de muerte y que debía aplicarse sin dilación “en el momento que todos y cada uno de ellos sean pillados, sean cuales fueran las circunstancias…sin dar lugar a minutos que proporcionasen ruegos y relaciones capaces de comprometer el cumplimiento de esta orden y el honor de V.A.”. La terrible sentencia fue firmada por todos los miembros de la Junta, con la excepción del Pbro. Manuel Alberti, que por su carácter sacerdotal, se negó a hacerlo.
HUIDA DE LOS REACCIONARIOS DE CORDOBA
En cuanto la Expedición Auxiliadora se encontraba a poca distancia de Córdoba, el presidente del Cabildo Juan Gutiérrez de la Concha, español de nacimiento se preparaba junto a Liniers para huir con las pocas fuerzas que logró reunir y que al parecer le eran adictos.
Tenían el propósito de unirse en el norte a las tropas que reunía el mariscal Nieto en la región alto peruana.
En la noche del 1° de agosto, a las puertas de Córdoba Ortiz de Ocampo supo por Faustino Allende que los jefes de la resistencia y sus cómplices se habían adueñado de la ciudad.
El día 3 de agosto en Corral de Bustos, un sargento de su confianza fue disfrazado de arriero y había entrado en Córdoba con ese atuendo. Por él supo que los prófugos llevando nueve piezas de artillería volante del calibre 4, 6 y 8, además de algunos carros y cuatrocientos hombres con fusiles y lanzas se dirigían al Alto Perú, pero su marcha era lenta por la impedimenta. Ortiz de Ocampo convino en que debía procurar su captura y a tal fin destinó 300 hombres montados, al mando del mayor general Antonio González Balcarce, el cual por falta de caballos y avisado del desorden en el que los rebeldes se retiraban resolvió perseguirlos con solo setenta y cinco hombres. La retirada era realmente lamentable, con deserciones continuas que mermaron sus filas. Entre Totoral y Tulumba se encontraban casi solos. Casi todos habían huido.
Tan lenta era la marcha, que no llevaban más que un da de ventaja a sus perseguidores, tal como lo previó Ortiz de Ocampo.
El día 5 de agosto, Vieytes informaba que Chiclana había tomado rumbo a Salta siguiendo a los prófugos y que González Balcarce había apostado fuerzas en el camino. Ese día, el grueso de la Expedición Auxiliadora, que iba “a pie, sin caballos”, cruzó el Rio Segundo y Vieytes anunciaba que al siguiente día estarían en la capital cordobesa.
Los prófugos acordaron dividirse y emprender la huida a caballo dejando las armas y toda la impedimenta. Así lo hicieron llevando cada grupo sus mulas de carga: Liniers con su ayudante Lavin y el canónigo Llanos tomó por la izquierda en dirección a la sierra; el obispo Orellana y su capellán Jiménez, se dirigió rumbo opuesto a la casa de un cura amigo; en tanto Gutiérrez de la Concha, Rodríguez y los demás siguieron por el camino de las postas, por lo que fatalmente caerían en poder de las partidas perseguidoras, pues González Balcarce había enviado varias partidas sobre esas rutas.
González Balcarce dispuso que el coronel José León Domínguez con parte de las tropas, se encaminara a tomar la entrada de la travesía. El, por su parte, abandonó el camino principal para ir reconociendo los ranchos del camino. Ya en plena noche, avistó una luz que “encontró que la sostenían dos hombres a la puerta de una cerca de ramas de árboles” estos paisanos estaban guardando las mulas que eran de Santiago de Liniers, quien se encontraba escondido en un rancho en un monte cercano. Dice Groussac: el delator era un negro, peón de la estancia, que había recibido dinero de Liniers para ocultarle: sirvió de guía para descubrirle”
Se encargó el ayudante de campo José María Urien aprehender a Liniers, lo que hizo a medianoche, sorprendiendo también al canónigo Llanos y a dos mozos y a un criado que dormían sin vigilancia alguna. Urien trató a Liniers con una crueldad innecesaria, luego de un intento de resistencia de este, después de saquear su equipaje y despojarle del dinero y las joyas que llevaba. Aquella misma noche, el coronel Domínguez debió abandonar la marcha por causa de una indisposición, pero su gente siguió tras los fugitivos y donde el graduado Manuel Rozas pudo detener al obispo Orellana a unas ocho leguas de donde fue hallado Liniers. Por su parte, el teniente Albariño logró detener al gobernador Gutiérrez de la Concha, al coronel Allende, al asesor Rodríguez, al ministro Moreno y a algunos oficiales. Desde la posta de Pozo del Tigre, el 7 de agosto envió su parte a Ortiz de Ocampo. Este tenía la intención de enviarlos directamente a Buenos Aires tal como se le había ordenado. Pero luego llegó la resolución de la Junta de que debían ser fusilados. La noticia causó honda consternación en Córdoba, ya que algunos de ellos pertenecían a viejas familias cordobesas. El deán Funes y muchas otras personalidades lograron influir sobre Ortiz de Ocampo y Vieytes, al punto que el día 10 comunica a la Junta que la mayor parte del pueblo se cubriría de luto si los prisioneros eran ejecutados. Mariano Moreno contestó el 18 de agosto, haciéndole notar que “la primera virtud de un general era la obediencia, que era a su vez la mayor lección que podía dar a su Ejército, y lo que debe exigirle en el acto de un combate”
Cuando la Junta entró a considerar la actitud de Ortiz de Ocampo, Moreno exhibió un pasquín arrojado la noche anterior en el zaguán de su casa, que decía: “Si no muere Liniers, ¡Que viva!” La disyuntiva era clara: o moría o entraba triunfante en Buenos Aires. La Junta resolvió que uno de sus miembros partiese a cumplir la orden de ejecución. Fueron designados Castelli y Larrea. Castelli aceptó llevando consigo a Nicolás Rodríguez Peña como secretario y una escolta de cincuenta hombres (25 oficiales y 25 soldados) seleccionados de los regimientos América y Húsares al mando de Domingo French.
En sentido opuesto viajaba hacia Buenos Aires la caravana de los prisioneros que en la madrugada del 25 de agosto llegó a Cruz Alta donde se encontró con un cuerpo de tropa al mando de Juan Ramón Balcarce. Notificados los prisioneros de la decisión de la Junta, Liniers y Gutiérrez de la Concha pidieron al capellán de la expedición, Pbro. Lázaro Gadea, para su consuelo espiritual y a la par, que se les permitiera testar, lo que les fue concedido. En la mañana del domingo 26 llegaron a un lugar llamado Monte de los Papagayos, donde se encontraba Castelli, el cual les leyó la sentencia de la Junta, liberando de la sentencia de muerte al obispo Orellana, por el carácter de su investidura.
A las siete y media de la mañana de ese día, fueron ejecutados los demás
Prisioneros. Liniers quedó con vida, y toco al coronel French efectuarle el tiro de gracia en la sien. Los cadáveres conducidos en una carretilla a Cruz Alta, sepultados al lado de la iglesia en una fosa común. Al otro día el cura separó los cuerpos y los sepultó con una identificación. Medio siglo más tarde, pedidos por el gobierno español, los restos de Liniers y Gutiérrez de la Concha fueron expatriados y depositados en el panteón de los marinos ilustres de San Carlos “Juntos en la gloria, como lo fueron en el infortunio”.

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