De las misiones de paz a la asignatura pendiente: La historia de los viajes papales a la Argentina
Desde la llegada de Juan Pablo II en plena Guerra de Malvinas hasta el viaje postergado de Francisco. Un recorrido por la huella de la Santa Sede en suelo patrio y los recuerdos de un vínculo tan espiritual como político.
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San Pedro tuvo la misión de organizar una Iglesia con vocación universal, destinada a alcanzar todos los confines de la Tierra. A paso lento pero firme, la fe católica se expandió por el tejido del Imperio Romano hasta transformarlo desde adentro, logrando con Constantino el reconocimiento oficial que relegaría progresivamente al paganismo.
A lo largo de los siglos, la Iglesia católica se consolidó como una institución clave en la configuración de las sociedades occidentales. Más allá de los innumerables procesos históricos que moldearon ese recorrido, el foco de este artículo se centra en los líderes de Roma y, particularmente, en las visitas papales a la Argentina.
Pablo VI, el pionero
Desde San Pedro, se han registrado 267 papas a lo largo de más de dos milenios. Durante la mayor parte de esta historia, la figura del Pontífice estuvo ligada de manera casi inamovible a la ciudad de Roma. El Sucesor de Pedro era un soberano que administraba la Iglesia —y durante siglos, también los Estados Pontificios— desde el epicentro del mundo católico, limitando sus desplazamientos a breves trayectos por la península itálica o a viajes forzados por conflictos políticos y exilios.
Esta dinámica cambió de forma definitiva a mediados del siglo XX. Con el advenimiento de la aviación comercial y la consolidación de los medios de comunicación masivos, la Iglesia comprendió que la universalidad de su fe exigía una presencia cercana en los cinco continentes. Quien inauguró formalmente la era de las grandes giras internacionales fue Pablo VI, al viajar a Tierra Santa y, cuatro años más tarde, a Bogotá para el Congreso Eucarístico Internacional y la Conferencia del Episcopado Latinoamericano. Sin embargo, sería su sucesor, Juan Pablo II, quien elevaría los viajes papales a la categoría de eje doctrinario y diplomático, acumulando más de un centenar de visitas pastorales que transformaron la relación entre el Vaticano y las naciones del mundo.
La relación de los Papas con la Argentina
El vínculo entre los pontífices romanos y el territorio argentino atravesó distintas etapas: desde la lejanía colonial hasta una profunda gravitación política y espiritual. Durante el período hispánico y los primeros años emancipadores, la Santa Sede miró a la región a través del prisma del Real Patronato. Sin embargo, en el siglo XIX comenzaron a tenderse los primeros puentes directos: en 1824, el presbítero Giovanni Maria Mastai Ferretti —futuro Pío IX— visitó Buenos Aires como parte de una misión diplomática, convirtiéndose en el único papa de la historia en pisar suelo argentino antes de su elección pontificia.
Décadas más tarde, la diplomacia vaticana adquirió un rol estratégico en la consolidación institucional del país. Pío XI desempeñó un papel clave en 1934 al designar a Buenos Aires como sede del XXXII Congreso Eucarístico Internacional, un acontecimiento masivo que contó con la presencia del cardenal Eugenio Pacelli (futuro Pío XII) como Legado Papal y que marcó un hito de visibilidad para la Iglesia local. No obstante, el verdadero punto de inflexión se alcanzó en las últimas décadas del siglo XX, cuando la mediación de Pablo VI y la diplomacia directa de Juan Pablo II evitaron la guerra con Chile por el Canal Beagle en 1978, consolidando a Roma no solo como una referencia espiritual, sino como un actor determinante para la paz nacional.
El viaje de Juan Pablo II en medio de la guerra de Malvinas
El 11 de junio de 1982, la Argentina fue testigo de un acontecimiento inédito: la llegada por primera vez de un Santo Padre a su territorio. La visita de Juan Pablo II no formaba parte de una gira programada, sino que se organizó de urgencia en apenas dos semanas, durante la fase final de la Guerra de Malvinas. Poco antes, el Pontífice había visitado Gran Bretaña en un viaje proyectado con anterioridad; para mantener la neutralidad de la Santa Sede y llevar un mensaje de paz a ambas naciones en conflicto, decidió desembarcar en Buenos Aires.
Durante sus breves 31 horas en el país, el “Papa Peregrino” movilizó a millones de personas. Su itinerario incluyó una masiva misa en el Santuario de Nuestra Señora de Luján y una histórica celebración eucarística en el Monumento a los Españoles, en Palermo. En un contexto marcado por la angustia del conflicto bélico, el mensaje de Juan Pablo II se centró estrictamente en la reconciliación, la paz y la dignidad humana, evitando todo aval a la dictadura militar y dejando una huella imborrable en la memoria colectiva.
La segunda visita pastoral
Cinco años después de su primera llegada, Juan Pablo II regresó a la Argentina en abril de 1987. Esta vez no se trató de una misión relámpago de pacificación, sino de una gira pastoral oficial de seis días que recorrió diez ciudades: Buenos Aires, Bahía Blanca, Viedma, Mendoza, Córdoba, Tucumán, Salta, Corrientes, Paraná y Rosario. El contexto era radicalmente distinto; la Argentina transitaba la consolidación de su democracia bajo la presidencia de Raúl Alfonsín, y la visita adquirió una dimensión institucional de enorme trascendencia.
El hito histórico más relevante de este segundo viaje se produjo en Buenos Aires durante la clausura de la VIII Jornada Mundial de la Juventud —la primera celebrada fuera de Roma—, que congregó a más de un millón de jóvenes en la avenida 9 de Julio alrededor de la emblemática Cruz de la Paz. Asimismo, su paso por la provincia de Mendoza tuvo un fuerte peso geopolítico: allí celebró la ratificación del Tratado de Paz y Amistad de 1984 entre la Argentina y Chile, sellando de manera definitiva la resolución pacífica del conflicto del Beagle.
Cerca de Concordia: el hito en Salto
El paso de Juan Pablo II por la región tuvo otro momento fundamental el 9 de mayo de 1988, cuando visitó la ciudad de Salto durante su gira por el Uruguay. Dada la proximidad geográfica con Concordia, el acontecimiento adquirió una dimensión binacional: miles de concordienses y entrerrianos cruzaron la frontera a través de la represa de Salto Grande para participar de la histórica Eucaristía en el Parque Mattos Neto.
Para la misa, la comunidad salteña construyó un solemne altar de estilo rústico y rural, confeccionado con troncos de eucalipto y un enorme techo triangular de paja de casi 10 metros de altura. Al Papa le agradó tanto este homenaje que lo recordó con afecto en posteriores encuentros en el Vaticano. Sin embargo, el destino de aquel símbolo tomó un rumbo trágico en 1993, cuando el altar fue destruido por completo en un incendio intencional. Actualmente, en ese mismo predio se erige un memorial histórico conocido como el Altar del Papa.
El viaje trunco de Francisco
El siglo XXI reservaba un capítulo extraordinario para la historia nacional. Tras la renuncia de Benedicto XVI en 2013, el cónclave vaticano eligió como Sucesor de Pedro al cardenal y arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio. Con la adopción del nombre de Francisco, se consumó la histórica llegada del primer papa sudamericano a la cabeza de la Iglesia católica. Quien hasta entonces recorría las parroquias y barriadas del Gran Buenos Aires en transporte público pasó a ocupar la Silla de San Pedro, llevando la impronta y la cosmovisión del «fin del mundo» al corazón de la diplomacia global.
Sin embargo, esta cercanía derivó en una paradoja que aún resuena en la opinión pública: la visita postergada de Francisco a su propia tierra. A lo largo de todo su pontificado y tras realizar decenas de giras pastorales por los cinco continentes —incluyendo países limítrofes como Brasil, Chile, Paraguay y Bolivia—, el Papa argentino nunca regresó a su suelo patrio. Entre ajustadas agendas diplomáticas, lecturas de la política local y un escenario nacional signado por la polarización, la ansiada visita del primer pontífice criollo permaneció como una cuenta pendiente hasta el fin de su mandato.
La visita de León XIV
Con la asunción del papa León XIV en mayo de 2025, la Iglesia católica inició una nueva etapa en su historia pontificia. Para la Argentina, la expectativa por una eventual visita apostólica se renueva bajo un nuevo contexto global e institucional. Tras casi cuatro décadas de espera desde aquel histórico paso de Juan Pablo II en 1987 y la inconclusa visita de Francisco, el inminente reencuentro del pueblo argentino con la figura del Sumo Pontífice es una luz de esperanza para el diálogo, la paz y la comunión comunitaria.
Recuerdos personales
Los dos viajes de Juan Pablo II han quedado marcados en mi memoria. Del primero, acontecido sobre el final del conflicto con Gran Bretaña, guardo destellos vívidos: tenía cinco años y asistía al Colegio Capuchinos. Durante la tarde de una de las celebraciones papales, nos formaron en el patio interior frente a un televisor pequeño traído de Uruguaiana. Aunque a esa edad no comprendía del todo la magnitud del evento, entendía que asistíamos a un hecho histórico.
Cinco años más tarde, en 1987, al salir de la casa de Ofelia Larocca —mi querida maestra particular— me dirigí a la vivienda de mi abuelo Pirucho Angarola, ferviente católico. El Papa acababa de arribar por la tarde. Recuerdo claramente el comentario de una de mis tías sobre la expectativa en torno a si el Pontífice besaría el suelo al descender del avión, gesto que finalmente realizó. También conservo en la memoria una fotografía de mi querido amigo el cura Cacho Belli durante un saludo en Paraná.
Reflexión final
Los viajes de Juan Pablo II y las complejas lecturas que acompañaron la era de Francisco demuestran que la relación entre la Argentina y Roma trasciende lo estrictamente religioso: es un espejo del devenir político, social y cultural de nuestra nación. A lo largo de más de cuatro décadas, la presencia o la ausencia del Santo Padre en suelo patrio ha dejado una marca indeleble en la memoria colectiva. Mantener abierto ese canal de diálogo e historia viva no solo honra el legado de los momentos de pacificación y encuentro, sino que renueva para las futuras generaciones la esperanza de una fe al servicio de la concordia y la paz mundial.

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