Convivencia
A pocos días de haberse establecido en su nuevo hogar como colonos, en la provincia de Entre Ríos, Bernardo y Elisa recibieron la visita del vecino de nombre Germán que vivía enfrente, cruzando la calle vecinal, en una casa rodeada de árboles de sombra y frutales, corrales, manga y todas las instalaciones que hacen a una explotación agropecuaria, quien se presentó ofreciéndose “para lo que necesitasen”, poniéndose a total disposición. Por herencia, vivía en la casa que perteneció a sus padres con su esposa Zoila, matrimonio joven también, y a partir de entonces se estableció una relación casi familiar entre los vecinos.
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La explotación de Germán estaba orientada casi exclusivamente a la ganadería, cría de vacunos y ovinos, una quinta cítrica de un par de hectáreas, y en menor escala, casi para el consumo, una linda huerta y varios cerdos que faenaban para las fiestas de fin de año, vendiendo en el pueblo cercano parte de esa producción.
Contrariamente Bernardo se dedicaba a la siembra de cosecha fina y gruesa, además de explotar un tambo cuya producción enviaba a la cremería de la colonia, dejando parte de la leche para la elaboración de quesitos caseros, que también comercializaba.
Ambos vecinos lograron establecer una amistad que con los años se fue afianzando, respetando ambos sus distintos orígenes, costumbres y creencias, lo que eran temas de largas charlas en el portoncito de la calle, cerca del molino que compraron en sociedad, instalándolo en el patio de Bernardo, al lado del alambrado de la calle, y que les proporcionó un gran adelanto: tener agua corriente en sus respectivas casas y en los bebederos para los animales.
Frecuentemente se reunían a conversar animadamente cuando sus tareas se lo permitían, y a la vez intercambiar conocimientos respecto a las actividades rurales. Como el padre de Bernardo fue herrero, este era hábil en el manejo de la fragua y el yunque, ya sea para enllantar ruedas de carros y sulkys, afilar las rejas del arado o dientes de rastras, arreglar balancines y cadenas de las distintas herramientas de labranza del campo.
Germán le enseñó al vecino a curar las paperas de las vacas, efectuándole un corte en cruz y echándole sal gruesa, o cortarles las habas a los caballos, siendo muy hábil para trabajar en guascas, obtenía tientos finitos y parejos con los que hacía trenzados, botones y costuras que eran maravillas por su prolijidad. En cuanto a sus respectivas esposas, tenían una excelente relación, no existiendo envidias ni enojos, únicamente, de vez en cuando, algún chimentito sobre algunos vecinos, que, contados sin malicia, hacen al género humano... De acuerdo a sus tareas, entre otras cosas, intercambiaban huevos de gallina para echar las cluecas y así mejorar sus planteles que no eran muy grandes, para el consumo familiar, comercializando los huevos en el pueblo.
Por esa amistad, Elisa aprendió a hacer tortas fritas, locro, guisos, pan con chicharrones y Zoila a preparar empanaditas de papa con cebollita frita en grasa de gallina, sopa de remolacha, estofado agridulce y cuando conseguían algún sábalo grande que el vendedor ambulante traía a la colonia, preparar pescado relleno que cocinado en el horno de barro resultaba un manjar.
Bernardo tenía dos perros grandes que ayudaban en los quehaceres del campo y Germán un galgo alto y flaco que era el terror de las liebres, no se le escapaba ni una, y un perro collie de pelaje amarronado con collar blanco cuya habilidad para trabajar con la hacienda era admirable; cuando la majada andaba cerca, a la tardecita, le ordenaba arrear la hacía el corral, lo que el perro ejecutaba a la perfección, sentándose en el portón hasta que el patrón llegara para cerrarlo. Era notable observar que nunca se peleaban los perros vecinos, pero tampoco ninguno invadía el territorio de los otros, a veces se ladraban a través de la calle, como desafiándose. Se miraban nerviosos, restregando sus patas sobre los pastos y acercándose a algún poste del alambrado, lo olían, para luego levantar una pata y orinarlo varias veces en distintas posiciones.
En ambas familias nacieron varios hijos, pero los dos mayores de cada una que contaban casi la misma edad, fueron criándose compartiendo sus vidas con la libertad y amplitud que proporciona la vida en el campo y el criterio de sus padres. De chiquitos “jineteaban” un palo con riendas de piola castigándose sus traseros corriendo carreras; ya mayorcitos, a escondidas de sus padres, jineteaban los terneros en el chiquero donde recibían varios revolcones, iban a pescar al arroyo en las largas tardes de verano, volviendo con tararitas, palometas y alguna anguila que invariablemente una de sus madres se las hacían fritas, siendo todo un festín saborear su propia pesca.
En época escolar, juntos iban a pie a la escuelita de la colonia, distante media legua de sus casas. A lo largo del piquete que daba a la calle de su campo Germán instaló un hilo de alambre electrizado para evitar que salgan los cerdos, por lo que la travesura consistía en azuzar los perros arrojándoles un palo para que velozmente atropellen el alambre reculando violentamente aullando con la cola entre las patas. También con una ramita de mío-mío tocar el alambre electrizado sintiendo el cosquilleo que provocaba en el brazo.
Como Bernardo tenía una escopeta que utilizaba para matar loros que eran una verdadera plaga para los frutales, cuyos cartuchos cargaba con gruesos granos de sal, sólo compraba los fulminantes, a veces quedaban tirados algunos cartuchos usados, que los jovencitos con una sierrita cortaban la parte metálica fabricándose anillos que lucían como preciadas joyas.
Pasaron los años, los muchachos hermanados en su amistad, compartían algunas tareas rurales en sus respectivos campos. Así Mingo, el hijo de Germán, ayudaba en el campo de Bernardo junto a su hijo Nando, en época de arar, salían a la madrugada con dos arados dobles abriendo surcos, brillando en las aún oscuras mañanas las fosforescencias de los gusanos e isocas, aprendiendo el uso de las distintas herramientas, rastras, sembradoras, etc., enseñándole a su vez a Nando a manejar tropas, enlazar de a caballo y desenvolverse en las yerras con sus variadas actividades en el campo de Germán, marcar, descornar, capar y señalar, capacitándose ambos en el desempeño de todo tipo de tareas que el quehacer rural requiere.
Cada uno tenía su caballo personal, al que cuidaban con especial esmero, dándole de comer, a veces, alguna ración extra en el morral, pasándole la rasqueta muy seguido, cuidando el largo de sus colas, que no tengan abrojos, y sus crines para que luzcan cuando los montaban. El de Mingo era un moro patas blancas, de buena alzada y cabeza chica, inquieto e impaciente cuando tenía el apero puesto, y el de Nando era un rabicano pampa, fino como galgo, nervioso y de mirada chispeante, ambos conocían bien a sus dueños, pues cuando se acercaban les relinchaban bajito, olfateándolos como un reconocimiento. Tenían los vasos bien cortados y de vez en cuando les daban una vreadita como para mantenerlos en forma, pero nunca competían. Era un primor verlos llegar juntos al tranquito al pueblo cuando había baile o para alguna fiesta patria, nadie podía dejar de hacer algún comentario sobre esos dos animales, mientras sus dueños reprimían una sonrisa con mal disimulado orgullo.
Para el día de la Independencia Nacional, el 9 de Julio, todos los años la cooperadora de la escuela del pueblo organizaba festejos que le permitían recaudar fondos para mantener el edificio y que no faltasen elementos para la enseñanza, haciendo todas las refacciones necesarias, y para fines del año escolar casi siempre alquilaban un medio de transporte para que todos los gurises campesinos tuvieran su paseo, a alguna ciudad cercana o a alguna exposición rural con diversos stands que mucho contribuían a completar la educación, siempre acompañados por algunas maestras. Ese año organizaron además de los juegos y entretenimientos habituales, unas carreras cuadreras, que tomaron amplia difusión en toda la zona pues hacía tiempo que no se realizaban, por lo que en el terreno elegido en el campo de un colono que lo cedió para tal evento, se eligió un trecho bien llano en el que hubo que limpiar bien los andariveles y emparejarlos con pala ancha, de manera que quedaran bien claritos.
Los dos amigos y vecinos, Mingo y Nando, eran estimados en la colonia por su simpatía y corrección, ya mayores de edad, con bastante anticipación hacían proyectos para concurrir a esas cuadreras, apartando algunos pesitos cada uno para “darse algún gustito” y arriesgarlos en el juego. Llegado el día, habiendo preparado sus caballos y con sus aperos muy cuidados, vestidos para la ocasión, llegaron al lugar al promediar la mañana; ya se encontraban allí numerosas personas y había bastante movimiento, acudían muchos sulkys, jardineras con familias con numerosos gurises y principalmente mucha gente a caballo, con aperos relucientes cuyos chapeados brillaban al resplandor del sol. No llamaba la atención por considerarse cosa normal, ver un paisano montando un lindo pingo escarceador con sus mejores galas domingueras, bombachas y chalecos bordados, cinto con rastra con sus iniciales en plata y oro y sombrero con barbijo echado para atrás, seguido a pie por su mujer y sus varios hijos.
Una esbelta morocha de amplia sonrisa andaba entre el público con una canasta ofreciendo sus golosinas almibaradas perseguida por el mosquerío, las que espantaba con una servilletita bordada. La seguía su madre con otra canasta tapada con un mantelito. Era petisona y rellenita como empanada de casorio y al caminar evidenciaba tener una pierna más corta. Por lo bajo Nando le susurró al amigo:
- Entreteneme a la vieja lunanca que vi a comprar unos pastelitos... porque en corte de terneras se deben apartar las vacas... Y encarando a la vendedora le dijo:
- ¿A cuánto los pastelitos? Prometen tanta dulzura... como sus labios, ternura...
- No si ande a las agachadas lo mesmo que teru teru... ¿cuántos quiere?
- Deme dos.
- ¿Y pa comprar dos nomás anda haciendo tanto amague?
- Me gusta armar bien el lazo pa que no me falle el pial...
Llegando el medio día se acercaron a la gran parrilla donde había varias mantas vacunas al asador y personal que atendía los pedidos de chorizos, costillas y asado con cuero, despidiendo un olorcito en la humareda, muy tentador, siendo precedidos por un gaucho viejito que con un tranquito rengueador ensartó con su cuchillo una presita ante la mirada tolerante de los asadores, sentándose en un tronco, y acomodándose la vincha le hincó el diente ayudándose con su cuchillo. Habiéndose llenado el “buche”, buscaba acomodo al lado del peón que tenía más llena la botella de caña, rechazando el convite de conocidos que le ofrecían un traguito corto, argumentando que:
- A campo seco no lo regués con chubascos... A mí me gusta un trago bieen... estirao como miada de güey viejo...
Luego de sacar vales por dos porciones de asado lo retiraron y se acomodaron a saborearlo cuando observando la multitud de gente, Nando se encontró con la mirada de Mariana, hija de un vecino que tenía una estanzuela en la zona y que se relacionaba con “la sociedad”, no obstante haberse encontrado en diversas oportunidades intercambiando algunos saludos ocasionales. Adivinar en ella una sonrisa, sentir clavados en él sus ojos verdes y ruborizarse hasta los pelos fue sólo uno. Ella no era ajena a sus sentimientos; su amigo, conocedor de la situación, haciéndose el distraído y mirando para otro lado largó el comentario como al pasar:
- Chancho flaco sueña con maíz... Tené cuidao, hermano... dicen que el amor es como una partida e truco, uno dentra apuntando un rialito pa despuntar el vicio, y dispués se juega hasta el caballo ensillao...
Y se encaminó hacia el improvisado barcito bajo una lona de cosechadora, toda remendada pero que cumplía su cometido, donde estaban instalados los miembros de la cooperadora de la escuela, vendiendo todo tipo de bebidas, tortas y pasteles que detrás de la carpa, bajo un paraíso, en una “morocha de tres patas”, freía, ayudada por una gurisita, una paisana gorda que continuamente se secaba la transpiración con un repasador. Allí atendía a los compradores una señorita “de las de antes”, muy formal y sumamente recatada, que siempre colaboraba voluntariamente con las entidades que prestaban servicios, sin ningún tipo de interés de su parte. Dos viejas que estaban sentadas cerca con sendas sombrillas pues el sol del mediodía se hacía sentir, chimentaban los últimos sucesos de la colonia, noviazgos, casamientos “de apuro”, fallecimientos y otros sucesos, diciéndole una a la otra:
- A esa señorita tan voluntariosa y bien dispuesta que atiende la cantina, naides le conoció novio... ¿vio?
Un paisanito que pasaba, al escuchar el comentario, con la clásica picardía campera, muy atrevido, no pudo resistir una zafaduría:
- ¿Novio esa? Si se comenta que el único “filo” que conoció fue el lomo de un pingo viejo...
Prosiguendo su camino muy campante arrastrando sus alpargatas bigotudas calzadas en chancleta.
Impacientes esperaban el paseo de los caballos por la cancha, destapados; sabían por referencias que uno era de la zona mientras que el otro venía de una estancia de unos ingleses. Para tener algún otro dato, solicitaron algún informe a un paisano que cruzaba delante de ellos, pero al dirigirle la palabra se dieron cuenta que por sus ojos enrojecidos y su modo de hablar medio trabado, el hombre andaba mamado. Como ya lo habían detenido, le preguntaron sobre los caballos para rumbiar las apuestas.
- Vea mocito... la carrera es por cinco mil... El colorao lo train de ajuera; el gatiao es de por aquí, nomás... Si quieren jugarle en contra yo tomo una parada de cinco pesos.
- Muchas gracias, amigo.
- Güeno... entonces vi a seguir... ¿No tiene pa un vino?
Le dieron para un vino, sonrientes, alejándose el paisano con paso vacilante hacia la carpa de la cantina.
Al producirse un silencio repentino entre el murmullo del público concentrando su atención, advirtieron que venían los parejeros. Al gateado lo traía su corredor, de tiro; lucía muy lustroso y por momentos se ponía de costado, como exhibiéndose, agitando la cabeza con elegancia. El corredor era un tipo aindiado, chueco y bajito que no levantaba la vista del suelo al caminar. Algunos metros más atrás venía el colorado, traído de tiro por un peoncito, que sonreía para todos lados como si él fuese la estrella. Era un caballo alto que braceaba impaciente despertando admiración entre el gentío y los más diversos comentarios.
Mingo observó que Nando estaba haciendo una apuesta con un paisano barrigón, mientras que todas las apuestas se repetían con gran entusiasmo para ambos parejeros. En realidad, no parecía que uno fuese el favorito, se los veía muy parejos, pero había que arriesgar.
- ¿A cuál jugaste?
- Cuarenta pesos al colorado, tengo fe que va a ganar.
- Yo le vi a hacer caso a un hombre en pedo. Y girando desafió al primero que pasaba.
- ¿Vamos treinta pesos? ¡Yo juego al gatiao!
- Pago -respondió-
- ¿Vamos cuarenta?
- Sesenta -dijo el paisano-
- Pago -aceptó Mingo, sonriente.
Al observar el entusiasmo del muchacho, algunos que tenían una decisión tomada, la cambiaban, pensando que por ahí, tendría algún dato seguro. Se demoraba un poco la largada o bien la impaciencia era grande, el caso es que calculaban que se estarían pesando los corredores con el pilón o los dueños controlando la partida, cuando alguien gritó:
- ¡Se vienen!
Los veían venir exigiendo sus cuerpos trabajados y musculosos, estirando las cabezas. Pasaron delante del público que estaba un poco amontonado en el lugar de la largada, raleado en el centro y algunos más en la raya. Por la mitad de la cancha donde estaban los amigos entre gritos de entusiasmo iban muy parejos, sin aventajarse. Una vez que pasaron iba invadiendo la cancha el público, estirando los cuellos y haciéndose sombra con las manos a efectos de ver alguna ventaja entre la polvareda, alcanzando a divisar que los corredores castigaban y esperando el grito de la sentencia.
- ¡Por una cabeza! ¡Por una cabeza ganó el gatiao! ¡El gatiao pa todo el mundo! El grito venía repetido de boca en boca recorriendo toda la cancha. Nando, como correspondía, se acercó al paisano barrigón a pagar su apuesta, mientras Mingo miraba a su alrededor muy excitado a ver si veía a su oponente, cuando a sus espaldas le dicen:
- Tome, don.
- Gracias -dijo Mingo, contando los billetes que guardó en el bolsillo de sus bombachas, y dirigiéndose al amigo, que tristón miraba volver los caballos sudados, le dice:
- No te calentés, hermano... Vamos a festejar a la cantina... Aurita vendrán otras cuadreras. La fiesta recién empieza.
¡En una d iesas encontramos otro mamao... y lo apalabrás vos primero!

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