¿Cómo se gestó la recuperación de Malvinas en 1982? (Nota 3)
Marzo fue el mes decisivo, ya que los hechos se sucedieron de manera vertiginosa a través de versiones sesgadas, rumores y frustraciones que llevaron al último estadio a los decisores argentinos.
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Una cosa es el planeamiento, la previsión y el potencial enfrentamiento con un enemigo, y otra muy distinta es la ejecución de una operación militar con ciertos condicionantes por los cuales, si el nivel operacional y el táctico vulneraban o no cumplían con sus objetivos, podían afectar los planes y el margen de maniobra de la estrategia nacional.
El 6 de marzo, el subsecretario de Asuntos Latinoamericanos del Departamento de Estado de los Estados Unidos, Thomas Enders, realizó una visita oficial a la Argentina. Durante su estadía se reunió con el embajador británico en Buenos Aires, quien intentó persuadirlo para que comprometiese a los argentinos a continuar con las negociaciones, dado que percibían cierto hartazgo en el gobierno que ya se manifestaba en los medios de comunicación locales. Enders también entabló conversaciones con el canciller Costa Méndez; para el funcionario estadounidense, la prioridad era mantener el compromiso argentino en la lucha contra el comunismo en América Central, ya que las Malvinas no estaban en la agenda de Washington (Freedman & Gamba, 1992).
Las relaciones con el gobierno norteamericano habían tomado un nuevo impulso tras la asunción de Ronald Reagan, luego de que la administración anterior aplicara embargos a la venta de armas debido a las violaciones a los derechos humanos en el combate contra las organizaciones guerrilleras. En América Central, militares argentinos entrenaban a soldados nicaragüenses contrarrevolucionarios para combatir a la guerrilla sandinista. Cabe recordar que la situación geopolítica mundial se dividía en dos bloques: quienes se alineaban con Estados Unidos y quienes defendían las ideas marxistas soviéticas. En el marco de la Guerra Fría, las dos superpotencias se enfrentaban indirectamente a través de otros actores que asumían el rol protagónico, sin llegar nunca a la confrontación directa. Argentina estaba alineada bajo la tutela norteamericana, aunque siempre en un papel periférico y sin demasiada trascendencia.
El canciller argentino indagó a Enders sobre la posición del gobierno estadounidense en caso de que la diplomacia continuase fracasando y el hartazgo del pueblo argentino alcanzara un límite. El subsecretario respondió que su gobierno se mantendría prescindente, respuesta que fue interpretada por la conducción argentina como una “luz verde” para el plan militar (Cardoso, Kirschbaum & Kooy, 1992).
El 18 de marzo se produjo el incidente en las islas Georgias del Sur con un grupo de obreros argentinos contratados por un empresario nacional para desmantelar una vieja factoría ballenera, abandonada desde que se prohibió la caza de ballenas en 1976. Se pretendía que los trabajadores firmaran un documento en Grytviken —el mismo sello que la autoridad británica estampaba a los ciudadanos argentinos en la capital de las Malvinas tras el acuerdo de comunicaciones de 1971—. El buque ARA Bahía Buen Suceso navegó con la radio apagada en las proximidades de las islas y desembarcó a los 39 obreros en Puerto Leith. Los argentinos se negaron a sellar sus pasaportes e izaron la bandera argentina. Ante las protestas diplomáticas pertinentes, comenzó la escalada del conflicto: una crisis inusual que resultaría determinante para desencadenar las operaciones militares de abril.
La Armada Argentina envió un pequeño contingente de buzos tácticos al mando del teniente de fragata Alfredo Astiz para resguardar a los trabajadores. Gran Bretaña respondió advirtiendo que enviaría al buque HMS Endurance con un contingente de marines para desalojarlos. Poco después, la BBC informó que, dada la extrema gravedad de la situación, el gobierno de Su Majestad enviaría un submarino nuclear hacia el Atlántico Sur (Escudero, 1996). La escalada se dirigía de forma irreversible hacia la confrontación; la noticia sobre el submarino —nunca confirmada oficialmente por el Foreign Office— fue el factor determinante para que la Junta Militar decidiera, en la tarde del viernes 26 de marzo, ejecutar la recuperación por la vía militar, adelantando los plazos previstos en el plan esquemático. La oportunidad política adquirió mayor peso que los factores estrictamente militares; así, un rumor periodístico fue asumido como una certeza y la coyuntura política fue aprovechada mediante una acción armada antes de que las condiciones militares se volvieran desfavorables. En el ámbito de las ciencias económicas, esta manera de gestionar una decisión se conoce como costo de oportunidad.
El adelanto de la fecha significó perder la posibilidad de contar con una posición ventajosa en el futuro desde el punto de vista militar, puesto que se sabía que la flota británica desafectaría al año siguiente varios buques de superficie, entre ellos el propio HMS Endurance, que cumplía funciones en la zona. Como sostuvo el almirante Carlos Büsser, comandante de las fuerzas de desembarco en la Operación Rosario: “Cuando pedimos una precisión sobre la fecha más próxima, nos dijeron que nunca sería antes del 15 de mayo y preferiblemente hacia fines del año” (Malvinas: la historia que pudo ser, 2007).
Los planificadores argentinos siempre consideraron que la fecha probable del desembarco sería cercana al 25 de mayo, para coincidir con el aniversario de la Revolución de Mayo, o bien a fines de diciembre, con el inicio del verano austral. Sin embargo, el poder militar relativo, el planeamiento estratégico y la ejecución quedaron subordinados a las urgencias de la política interna y externa. El temor a la presencia de submarinos en aguas próximas a las islas y la actitud británica hacia los trabajadores argentinos en Georgias actuaron como el detonante del conflicto. Como observó el almirante Lombardo:
“Si ellos se enteraban, podían hacer dos cosas: el refuerzo o la aparición de una fuerza naval considerable, sobre todo si estaba integrada por submarinos, frente a los cuales no teníamos capacidad de respuesta. El 21 de marzo se me preguntó cuándo podíamos estar listos para la operación. Viajé a Puerto Belgrano, hablé con mis comandantes subordinados y el día 23 llegamos a la conclusión de que podíamos zarpar el día 28 de marzo” (Guerra en el Atlántico Sur, 1999).
Por su parte, el general británico Jeremy Moore reflexionó sobre el valor estratégico de los submarinos: “Lo maravilloso de los submarinos es que no se pueden ver y que los adversarios solo pueden especular sobre su ubicación real” (Malvinas: la historia que pudo ser, 2007).
El 30 de marzo, el gobierno argentino enfrentó una jornada de protestas masivas en todo el país convocada por la Confederación General del Trabajo (CGT), en la que se exigía un cambio en la política económica y el retorno a la democracia. En el día de mayor tensión social para la dictadura militar, la Operación Rosario ya estaba en marcha: el 28 de marzo había zarpado la fuerza conjunta desde Puerto Belgrano, la base naval más importante del país, ubicada al sur de la provincia de Buenos Aires.

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