Clavela
Un joven hijo de inmigrantes radicados en una colonia agrícola de Entre Ríos, con sus ahorros y la ayuda de su padre compró un campito para establecerse con su esposa y su hijito, e iniciar sus actividades rurales siguiendo la tradición familiar, en un paraje cercano al camino real y próximo a la estación ferroviaria, lo que facilitaría en un futuro sacar su producción sin dificultades, pensando que, con el tiempo y su trabajo, podría ampliar su explotación.
:format(webp):quality(40)/https://elheraldocdn.eleco.com.ar/media/2026/07/magazine_gorskin.webp)
Como flamante propietario, en su primera recorrida a caballo por su campo, divisa un rancho cerca del alambrado nuevo de seis hilos de púas que mandó hacer, y a unos cien metros de distancia, a la sombra de un tala de ralo ramaje, sentado un paisano, fumando y tomando mate cebado con una calderita negra de hollín que humeaba en un fueguito hecho con palitos y bosta, asentada sobre tres piedras, pastoreando una majadita. Se acercó, y luego del consabido saludo, al que el hombre contestó sin levantar la vista del fueguito, le manifestó que serán vecinos porque acababa de comprar el campo lindero.
- Y pa´ qué lo compró? (pregunta el hombre sin levantarse)
- Para sembrar trigo.
- Mire que ese campo no da.
- Entonces plantaré maíz.
- No da, tampoco.
- Pero antes de comprarlo un técnico analizó la tierra y me dijo que, trabajándola bien, puede producir de todo!
- Ahhh! Acá sí que me ganó... porque trabajándola ya es otra cosa...
Al comentar con algunos pobladores del lugar su primer contacto con el que sería su vecino en el campo, le contaron una anécdota del mismo hombre acontecida en los tiempos en que se extendía el ramal ferroviario que unía Concepción del Uruguay con Concordia.
Allí conoció por primera vez lo que era la locomotora a vapor, la que veía pasar dos veces por día, de ida a Concordia, llevando pasajeros, correspondencia y los tachos con la leche que de todos los tambos de la zona enviaban, dejándolos a su regreso, para el día siguiente en que nuevamente los cargaban.
Habiendo un paso a nivel cerca de su rancho por el que atravesaban las vías el camino vecinal, le habían recomendado que no deje animales sueltos porque corrían peligro de ser atropellados por el tren ocasionando un accidente. Este paisano tenía una vaca que crió guacha, que al tener cría, su leche era el sustento alimenticio para su numerosa gurisada, atándola a soga en el camino donde abunda el pasto, cerca de un cañadón con vertiente de agua, a la que había bautizado con el nombre de “Clavela”
Sin que pudiese explicarlo, una noche la vaca cortó la soga con que estaba atada y salió a buscar nuevas pasturas, con tal mala suerte que a la mañana, cuando pasó el tren la atropelló, arrastrándola varios metros, muriendo el animal en el acto, lo que asumió en honda pena al dueño por la pérdida material, pero principalmente por el afecto sentimental que le tenía.
Al poco tiempo de tan desgraciado suceso debió viajar a la ciudad de Concordia por primera vez, por una citación policial a efectos de regularizar su documentación en vísperas de elecciones. Una vez en la ciudad, caminando por la zona céntrica averiguando dónde quedaba la Jefatura de Policía, a la vuelta de una esquina se enfrenta con un vendedor ambulante de maní tostado, con su clásico carrito en forma de pequeña locomotora con chimenea que largaba un humito del pequeño fuego para mantener caliente la mercadería. Al verla, el hombre quedó espantado, y quitándose una bota, sin dar tiempo a nada, la emprendió a botazos contra el carrito del manisero, destrozándolo totalmente. El vendedor empezó a gritar desesperado:
- Qué hace! Se volvió loco! Me arruinó el negocio!
Respondiendo el agresor:
- A esos bichos hay que matarlos cuando son chicos porque cuando son grandes matan las vacas en los pasos a niveles!
Trabajando en su chacra de sol a sol, intensamente con la fuerza y las ansías de progreso de su edad, el colono estaba empeñado en tener una explotación mixta diversificando los trabajos rurales, habiendo llegado a un tiempo en que solo no podía atender todas las tareas, por lo que antes de buscar en otro lado, se acercó a lo del vecino lindero proponiéndole realizar algunas changas, calculando que con su ayuda, su progreso sería mayor con menor esfuerzo personal.
- Se anima don Fructuoso a darme una mano en la chacra? Quiero comenzar un tambito y habrá que amansar algunas lecheras nuevas, y hay que arar un potrero para caña dulce. Por la paga creo que vamos a arreglar.
- Siempre estamos pa´ ganar una changa, patrón... No ha golpiado en tapera... Cuándo quiere principiar?
- Y ... mañana nomás, si puede.
De esta manera comenzó una relación laboral que duraría años, entre un hijo de gringos con ambiciones e inquietudes y un paisano, que solía decir:
- Yo solamente nací pa´ pión... pero siempre tuve la suerte de tener buenos patrones!
En oportunidad en que le fue encomendada la tarea de recorrer el campo pues era época de pariciones, y habiendo varias vaquillas primerizas preñadas, debían extremarse los cuidados y estar alerta de que no malparieran y luego, en el corral, amansarlas como lecheras, pero al contarlas, notó la falta de una linda vaquilla requemada que debía parir en esos días, por lo que la buscó por todo el campo hasta que cerca del alambrado que daba para la vía, la encontró muerta, muy hinchada, con las patas para arriba. Al verla, bajó del caballo y encontró cerca una linda ternerita colorada, echada entre unos yuyos, como escondiéndose.
- Carbunclo! -sentenció. Va haber que enterrarla.
Cargando la ternerita recién nacida sobre las cruces del caballo regresó informándole al patrón la pérdida, sugiriéndole proceder a enterrarla cuanto antes.
- Menos mal que la tierra está húmeda de la última lluvia, así que vamos a llevar las palas para hacer el pozo.
- Va a tener que ser hondo, patrón... por lo menos dos metros. Sino van a escarbar la osamenta los peludos, los zorros o algún perro cimarrón.
- Vamos a seguir su consejo. En cuanto a la ternerita, si la quiere, se la regalo para criarla guacha, por la leche no se preocupe. Es de buena cría y en poco tiempo va a tener una buena vaca como para empezar su plantel.
- Gracias patroncito. Ni le digo la alegría que van a tener mis gurises...!
El trabajo se desarrollaba normalmente en las distintas temporadas, con buenos resultados para el colono y para el peón, que pudo agregar unas piezas a su rancho y unos hilos de púas para que su majadita no se saliera del predio sacándoles la canga a varias ovejas chacareras, mientras la ternerita criada con mamadera creció hasta que don Fructuoso pidió permiso para largarla al campo para entorarla.
A veces la naturaleza tiene raros caprichos. Esa vaquilla de contextura normal, con una preñez como todas, al término de los nueve meses de gestación, amaneció acostada cerca del corral con evidentes síntomas de parición, ya que asomaban dos patitas con las pezuñas blanquecinas de un ternerito que prometía ser grande. El animal cada tanto se miraba la panza alzando la cabeza y contrayendo con fuerza los músculos, volviendo a estirar el pescuezo como extenuada. El patrón ensilló un caballo y fue a llamar a Fructuoso, dueño de la vaca, comentándole lo que estaba pasando. Transcurridas algunas horas, al comprobar que el ternero no nacía, era evidente que algo no andaba bien. Con mucha paciencia, acariciando y hablándole cariñosamente a la vaca, lograron que se parara y con un lazo al pescuezo la condujeron al corral con mucho cuidado, pues estaba afiebrada, tenía los ojos rojos y brillantes, y efectuaba pequeñas embestidas a los perros que se acercaban curiosos, intuyendo algo fuera de lo común. La ataron al palenque y maneándola la acostaron; introduciendo un brazo, el colono trató de inspeccionar como venía el ternero. La primera impresión fue que venía con las cuatro patitas a la vez, por lo que con bastante esfuerzo trató de darlo vuelta en el vientre de la madre, sin lograrlo, comentándole a Fructuoso:
- Viene complicada la mano... A ver pruebe usted.
Al atardecer, y como recurso extremo, hizo don Fructuoso una incisión con su cuchillo, ató dos patitas del ternero con el lazo que prendió a la cincha del caballo, tratando de sacarlo para salvar su vaquilla, pero luego de un par de intentos no pudo sacar la cría.
Viendo que otra solución no había, decidieron sacrificar al animal para que no sufra, pues de todos modos moriría, y así aprovechar la carne.
Ante esta situación, se habían acercado varios vecinos solidarios y algunos puesteros de los mismos para ayudar si hacía falta. Cuerearon la vaquilla y al abrir su vientre se encontraron con un ternero contrahecho, que venía para nacer con las cuatro patitas juntas y el espinazo doblado en el lomo hacia atrás, no habiéndose formado el cuero de la panza, y las vísceras al descubierto.
Fructuoso, apabullado, no articulaba palabra, pero para muchos fue motivo de festejo, con una carne tierna que no les costaba nada, y para la perrada un gran festín; se peleaban gruñendo mostrándose los dientes retirándose con la cabeza levantada arrastrando de costado y mirando de reojo hacia atrás, algunas achuras, cada uno por su lado.
- No va a llevar carne, don Fructuoso?
- No puedo, patrón... Esta vaquita que hubo que disgraciar me hace acordar a mi Clavela.
Al otro día humeaban varias parrillas a la redonda y se sentía en la zona un olorcito a carne asada muy tentador.

Para comentar, debés estar registradoPor favor, iniciá sesión