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    China

    La chacra que fuera adjudicada a Don Saúl cuando llegó a la colonia era de tierra muy pobre, casi en su totalidad, conformada por cerros de pedregullo y hondonadas con paja brava, ubicada cerca de la confluencia de dos arroyos importantes de la zona.

    30 de mayo de 2026 - 20:30
    China
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    Por más esfuerzos y economías que realizaron el colono con su mujer durante años, no lograron progresar económicamente; tenían un par de caballos, algunos vacunos, un pequeño tambo, criaban gallinas para proveerse de huevos y algo de carne y una huerta que por la tierra inepta y la falta de agua no lograban una producción adecuada.
    En el patio construyeron un aljibe del que extraían el agua necesaria con un balde volcador y un caballo manso que iba y volvía durante horas montado en pelo por uno de sus pequeños hijos, mientras el otro pastoreaba algunas vacas en la calle vecinal donde crecían mejor los pastos y abrevaban en una cañada de ramblones quietos a unos trescientos metros de la casa.
    Don Saúl no descuidaba la educación de sus hijos, a los que no dejaba faltar a la escuela distante unos tres kilómetros, y como disponía de una biblioteca medianamente surtida, trataba de inducirlos a la lectura, soñando con que algún día serían hombres de bien, instruidos y tal vez podrían seguir estudiando, quizás, como algunos hijos de otros colonos, en alguna ciudad cercana y orientar su destino hacia otros horizontes con mejores perspectivas que las que tendrían si continuaban con él en la chacra.
    Los años transcurrieron en la rutina de las tareas diarias, algunos benignos y otros muy difíciles en la lucha con la naturaleza no siempre pródiga para las diversas tareas rurales, y sus muchachos, como él solía referirse a sus hijos cariñosamente, se hicieron hombres, trabajadores, sin vicios, con los principios éticos y morales que supo inculcarles. Ocasionalmente buscaban tareas en otros parajes para solventar sus gastos, ya sea como ayudantes en esquilas, colaborando en otras chacras en época de cosechas o en cualquier trabajo que aparezca donde ganarse unos pesos.
    Fue en un invierno llovedor, estando sus hijos trabajando en otro lado, circunstancialmente lejos del hogar, que apareció en la casa de Don Saúl una muchacha joven, de cuerpo exuberante, largos cabellos renegridos recogidos en una trenza que llegaba hasta su cintura, tez morena, destacándose en su fisonomía sus extraños ojos, marcadamente oblicuos de un raro color verde muy claro, y dientes blanquísimos.
    Al presentarse dijo llamarse María Basualdo, pero que más la conocían por “China”, y que venía a pedir trabajo, aunque sea por la comida pues sabía que eran tiempos difíciles. Como referencias manifestó haber estado de “piona” en colonias vecinas, haciendo algunos nombres, ofreciéndose como ordeñadora, lavandera y todo trabajo doméstico que sea necesario en la casa.
    En esa época la señora, ya algo mayor, estaba atravesando un período en que su salud se vio afectada, producto de los rudos trabajos rurales y su frágil contextura física, por lo que el colono decidió tomarla, instalándola en la habitación que utilizaban para despensa, acomodando los enseres que allí guardaban, colocando un catre de lona con sábanas y un par de frazadas.
    La muchacha se mostraba muy solícita con sus patrones, muy voluntariosa, atendiendo principalmente a la señora y cubriendo eficientemente todas las labores de la casa.
    Pasadas un par de semanas regresó el menor de los hijos, quizás el favorito de sus padres por su alegre carácter, dicharachero y cariñoso, o por ser el menor que en algunas familias tenían tradicionalmente cierta predilección, haciéndose cargo de inmediato de las tareas de su padre que por su edad le resultaban algo dificultosas de realizar.
    China solía ir a lavar la ropa a la cañada cercana y en los días cálidos regresaba con los cabellos sueltos y mojados del baño que allí tomaba, los que dejaba secar al sol sentada en un tronco al lado del frondoso paraíso del patio mientras cosía o remendaba alguna de sus prendas de vestir o de sus patrones. Cierto día en que China realizaba esos menesteres, desde la ventana de la cocina la señora se sorprendió al observar que muy junto a ella estaba su hijo, como susurrándole algo al oído, y por momentos riendo ambos. Al comentárselo a su esposo, éste minimizó el hecho manifestando que en “su muchacho” confiaba plenamente.
    No obstante, con el correr de los días, el matrimonio notaba que entre China y su hijo había ciertas actitudes, miradas y sonrisas que, sospecharon, era algo más que una simple y común relación en la ejecución de tareas, algunas que debían compartir, por lo que ello se convirtió en su principal atención y era el tema obligado de sus charlas en voz baja, hasta llegaron a pensar, muy preocupados, cómo podrían proceder para que la muchacha abandone su casa, no obstante su desempeño tan eficiente y la gran ayuda que representó para la recuperación de la señora. Si bien no lo decían, íntimamente ambos temían alguna situación que pudiera ser muy desagradable, lo intuían, pero no se atrevían a manifestarlo.
    Una tarde, a finales del invierno en que estaban tomando mate en la cocina charlando animadamente sobre la próxima primavera que prometía ser propicia para tomar algunos animales a pastaje, el hijo les comunica a sus padres que últimamente estuvo acondicionando la casa abandonada de un colono que se ausentó del campo y que había decidido irse a vivir allí, con China.
    Al estupor que la noticia presentida les produjo a Don Saúl y su esposa siguieron días de gran congoja e impotencia ante la decisión tomada por su hijo que no admitía diálogos ni reproches, fue un duro golpe a sus ilusiones, esperanzas, a sus espíritus que se quebraron, y pasados los primeros días, los invadió una dolorosa resignación. La inmensa pena que no manifestaba la mujer doblegaba a su esposo que solía sorprenderla llorando en silencio, como vencida, en su lecho, mientras su pena, si no más honda, por su condición de hombre la exteriorizaba caminando solo por los campos, balbuceando, taciturno y encorvado.
    Ignorando totalmente esta situación, el mayor de sus hijos que era hábil esquilador y estaba trabajando en una estancia de la zona, al finalizar las tareas decidió volver a la colonia, a la casa paterna, de la que se había ausentado hacía varios meses sin tener noticias de su familia, por lo que una madrugada, luego de recibir la paga y con la promesa del capataz de guardarle su puesto de trabajo, pues por su dedicación y honradez se fue granjeando la confianza de los patrones y la simpatía de la peonada, ensilló su caballo dirigiéndose a sus pagos, pero antes pasaría por el almacén de ramos generales para hacer una compra de provisiones que luego de un invierno difícil estaba seguro que en casa de sus padres no estarían pasando momentos muy prósperos.
    Pasado el mediodía ató su cabalgadura al palenque del comercio y al ingresar es saludado con mucha cordialidad por el propietario que lo conocía desde pequeño, teniéndolos en alta estima a él y a su familia, ya que por años había recibido los productos de granja de Don Saúl, muchas veces canjeándolos por comestibles o enseres para la casa o el campo, manteniendo animadas charlas sobre distintos temas generales del país y del mundo, pues el colono poseía una vasta cultura y gustaba alternar con las personas, mientras compartían alguna copa de bebida fuerte que el comerciante convidaba.
    Como no había almorzado, se ubicó en una de las mesitas plegadizas de lata que había en el almacén con sillas del mismo tipo, y pidió algo para comer y una bebida, mientras le iba diciendo al hijo del dueño los distintos artículos que deseaba adquirir. Completado el pedido, vino a sentarse a la mesita a compartir unos momentos el que fuera su compañero en la escuela primaria de la colonia, recordando ambos jóvenes sus aventuras y haciéndose bromas y confidencias sobre sus andanzas y amoríos, comentándole, como al pasar, lo que acontecía con su hermano, que estaba conviviendo con una joven desconocida por esta zona, en la casa abandonada de un colono que vendió el campo yéndose a la ciudad, despertando primero gran curiosidad y luego preocupación, y como amigos que eran consideró que debía enterarse y que no lo tomase a mal, pero se comentaba en la colonia que en las frecuentes ausencias de su hermano por cuestiones de trabajo, “casualmente” solía verse frente a la casa, un caballo rosillo muy bien ensillado que no pertenecía al vecindario, generalmente por las noches.
    Escuchar estas noticias le produjo una sensación de desesperación y angustia, una rabia profunda lo invadía y trató de serenarse, pero casi no podía coordinar sus pensamientos. Toda la alegría y deseos de abrazar a los suyos se trocó en desazón, sólo atinó a agradecer a su amigo la información, abonó la compra, saludó, cargó la maleta con las provisiones a los tientos del recado y montó dirigiéndose a su viejo hogar, al final de la colonia.
    No apuraba su caballo, estaba tan perturbado que trataba de coordinar sus ideas buscando alguna forma de encarar esta situación cuando llegase, imaginando la preocupación de sus padres, personas mayores, y a su hermano menor, a su querido y protegido hermano. ¿Cómo es posible? ¿Sería verdad? No podía siquiera imaginar toda esta historia que en su ausencia aconteciera, menos aún con las derivaciones que le contara su amigo. ¡No, él no le mentiría! ¿Para qué?
    Mientras su atormentado espíritu no encontraba respuestas coherentes a tantos interrogantes, el día fue declinando sin que se diera cuenta, yendo al tranco de su caballo, reaccionando al escuchar en la serenidad del anochecer un largo y prolongado aullido lastimero. En principio no le dio importancia, pero al repetirse el aullido apuró al caballo emprendiendo el galope divisando en el claroscuro del anochecer un cuadro que lo paralizó: Un caballo detenido, con las riendas caídas en el medio de la calle vecinal y un hombre tendido en el suelo, a cuyo lado un perro, estirando el pescuezo emitía tristísimos aullidos. De inmediato reconoció el alazán de su hermano, y el perro, el viejo perro de su casa. Se acercó desmontando de un salto. Al acercarse al hombre tendido reconoció a su hermano menor; bajo su cuerpo había una mancha oscura que la tierra arenosa absorbió.
    Al girarlo se dio cuenta que tenía una herida en el costado izquierdo que sangraba, con mucho cuidado lo incorporó, y su hermano, entreabriendo los ojos le murmuró: 
    - Me apuñalearon... hermano... Llevame a mi casa... a ver si está la China. Que no me vean los viejos...
    Sin perder un momento, haciendo un gran esfuerzo tratando de moverlo lo menos posible, lo cargó en su caballo, montando y apoyándolo contra su pecho, tomando las riendas del alazán que siguió de tiro dirigiéndose a la casa que le habían indicado en el almacén.
    Al llegar a destino ingresó al patio, bajando el cuerpo del herido. Entró a la casa y se dio cuenta que no había nadie, ni nada que indicara que allí había un hogar donde una mujer a la que llamaban China, estaría esperando el regreso de su compañero, un hombre al que su padre educó para que orientara la búsqueda de su destino hacia otros horizontes.
    ...Y por muchos meses, en las tertulias en el viejo almacén de ramos generales donde concurrían los pobladores de la colonia, era tema de conversación que una tarde de primavera, fueron vistos cruzar por “el paso” del arroyo Grande rumbo al sexto distrito del vecino departamento provincial, dos caballos montados, uno por un hombre en un rosillo muy bien aperado y otro montado por una mujer de largos cabellos renegridos recogidos en una trenza...

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    Adolfo Gorskin
    Adolfo Gorskin
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