Antonio Rivero, el gaucho entrerriano que recuperó las Islas Malvinas
La figura del gaucho entrerriano Antonio Rivero apareció en mi vida en mis años de adolescencia. Movido por un profundo sentir patriótico, busqué en enciclopedias de historia argentina información sobre los sucesos en los que, según me habían comentado, este personaje había recuperado las Islas Malvinas por un breve lapso en 1833.
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Los libros que consulté en algunas bibliotecas de Concordia fueron un fracaso absoluto: todos hablaban de la invasión inglesa, pero omitían un hecho que en ese momento me parecía de trascendental importancia. Lo poco que encontré fue una referencia en unos libros que había en el Seminario Menor de Villa Zorraquín.
Con el paso de las décadas y el aluvión informativo pudimos acercarnos a la historia de un hombre olvidado a quien hoy debemos evocar, ya que marcó la vanguardia para recuperar la soberanía de “la hermanita perdida”, como bien cantaba el gran Atahualpa Yupanqui.
El 26 de agosto de 1833, en las islas Malvinas, la tierra aún resonaba con el impacto de la usurpación británica ocurrida apenas ocho meses antes. Tras el despojo perpetrado por la corbeta de guerra HMS Clio y la complicidad de los sectores que prefirieron la rendición comercial a la soberanía, un grupo de criollos y aborígenes decidió romper el silencio de la sumisión. Encabezados por el gaucho Antonio Rivero, aquellos hombres alzaron sus facones para protagonizar la primera rebelión armada y patriótica en defensa de la soberanía argentina sobre el archipiélago austral.
Comprender la figura de Antonio Rivero exige despojarlo de las lecturas superficiales que intentaron reducir su gesta a un simple conflicto campestre o a una revuelta de peones disconformes. La rebelión del Gaucho Rivero constituyó un acto genuino de restitución territorial y de dignidad patria en un territorio avasallado por la expansión imperialista británica.
Orígenes y trayectoria del gaucho entrerriano
Antonio Esteban Rivero nació el 27 de noviembre de 1791 en la localidad de Concepción del Uruguay, en la provincia de Entre Ríos. Criado en el ambiente rural de la Mesopotamia argentina, adquirió desde joven un dominio excepcional en las faenas del campo, el manejo del caballo, el uso de las boleadoras y las destrezas propias de la vida a caballo que caracterizaban a los pobladores de la región litoral.
Hacia finales de la década de 1820, atraído por las oportunidades de trabajo en el Atlántico Sur y la colonización emprendida por las Provincias Unidas, Rivero se trasladó a Buenos Aires. En 1827 se embarcó hacia las islas Malvinas formando parte de las expediciones organizadas por el empresario e impulsor de la soberanía argentina en el sur, Luis Vernet.
En las islas, Rivero se desempeñó como peón de campo y capataz de ganado cimarrón. Durante años se dedicó a la difícil tarea de amansar ganado vacuno y equino en las hostiles tierras de la isla Soledad, conociendo minuciosamente la topografía insular, sus rincones, turbales y elevaciones. Su experiencia y carácter de líder lo convirtieron en una figura respetada entre los peones criollos y aborígenes (principalmente charrúas y tehuelches) que integraban la incipiente población civil establecida en Puerto Soledad bajo la administración de la Comandancia Política y Militar creada en 1829.
El contexto de la infamia: de la soberanía al despojo
Para dimensionar la magnitud de la acción de Rivero, es fundamental analizar la situación de las Malvinas hacia comienzos de la década de 1830. El incipiente Estado nacional, a través de la Comandancia ejercida por Luis Vernet, administraba de manera efectiva el archipiélago desde 1820. La población desarrollaba actividades pecuarias, comerciales y de control marítimo, haciendo valer las leyes del estado bonaerense en el Atlántico Sur.
Sin embargo, el equilibrio se quebró bruscamente en enero de 1833. La llegada intempestiva del capitán John Onslow al mando de la HMS Clio ejecutó una ocupación ilegítima, vulnerando el derecho internacional y desalojando por la fuerza a la guarnición criolla encabezada por el teniente José María Pinedo. Los británicos alteraron profundamente la vida cotidiana de las islas, reinstaurando una dinámica imperial donde los trabajadores locales quedaron desamparados y subordinados al control de capataces alineados con los intereses de las potencias extranjeras.
En Puerto Soledad, las condiciones de trabajo se deterioraron con rapidez. Los peones criollos e indígenas fueron forzados a continuar sus tareas sin recibir una retribución justa. Se les prohibió cobrar en moneda de curso legal, obligándolos a aceptar vales desvalorizados emitidos por el capataz William Dickson, representante de los intereses comerciales vinculados a la administración británica. El descontento económico, no obstante, fue solo la chispa superficial: en el fondo latía el rechazo visceral a someterse ante una bandera extranjera en la propia tierra argentina.
La rebelión donde la bandera volvió a flamear
El 26 de agosto de 1833, el grupo sublevado integrado por Antonio Rivero, los peones Juan Brasido, José María Luna, Luciano Flores, Manuel Godoy, Felipe Salazar, Manuel González y Pascual Latorre tomó la decisión de actuar. Armados con facones, boleadoras y viejos trabucos, los rebeldes enfrentaron a las autoridades interinas impuestas por la ocupación británica en Puerto Soledad.
Durante la acción cayeron el capataz William Dickson, el comerciante Simón Ventura y otros colaboradores de la presencia imperial. Los insurgentes tomaron el control estratégico de la colonia y procedieron a arriar la bandera británica para izar nuevamente la insignia patricia en el Atlántico Sur.
Durante más de cinco meses, Antonio Rivero y sus compañeros mantuvieron el control territorial de las islas Malvinas. Sin apoyo oficial directo de Buenos Aires (imposibilitado por las luchas internas y la distancia insuperable), aquellos hombres ejercieron una soberanía de facto, resistiendo en condiciones climáticas adversas y bajo la permanente amenaza de la llegada de la Marina de Guerra británica. Aquella ocupación patriótica no fue una asonada caótica, sino un intento desesperado y heroico de mantener vivas las reivindicaciones soberanas de las Provincias Unidas en las islas.
Captura, proceso judicial en Inglaterra y retorno
La resistencia duró hasta principios de enero de 1834, cuando arribaron a las islas las naves británicas HMS Challenger y HMS Hopeful. Ante la aplastante superioridad militar enemiga, Rivero y sus hombres se replegaron hacia el interior del territorio (el “campito”), utilizando su superior conocimiento de la geografía insular para sostener una guerra de guerrillas o resistencia activa durante semanas.
Finalmente, desprovistos de municiones, abrigo y provisiones, los sublevados fueron capturados por las fuerzas británicas en marzo de 1834. Tras su apresamiento, Antonio Rivero y sus compañeros fueron conducidos encadenados a Inglaterra para ser juzgados por un tribunal militar en Portsmouth bajo los cargos de rebelión y asesinato.
Fue precisamente en el fuero judicial británico donde la gesta de Rivero adquirió una connotación jurídica trascendental. Los propios jueces y juristas británicos determinaron que el tribunal carecía de jurisdicción para juzgar a Rivero y sus hombres, argumentando que las islas Malvinas no eran legalmente un territorio de la Corona Británica y que los actos cometidos habían sido realizados por ciudadanos extranjeros en un territorio fuera del dominio soberano del Rey. Ante la paradoja legal en la que se veía envuelta la diplomacia británica (admitir la ilegalidad de su propia ocupación si juzgaba a los prisioneros), el gobierno británico decidió liberar a los rebeldes y enviarlos de regreso a Buenos Aires en 1835.
Ocaso y muerte en combate
Tras su regreso al continente, Rivero se reincorporó a la vida rural y a las luchas por la integridad de la patria en tiempos convulsionados para la Confederación Argentina.
El epílogo de su vida mantuvo la misma coherencia patriótica que signó su acción en las Malvinas. Según documenta la tradición e historiografía patriótica argentina, Antonio Rivero encontró la muerte el 20 de noviembre de 1845 durante la Batalla de Vuelta de Obligado. En aquel sangriento combate contra la escuadra anglo-francesa que pretendía navegar impunemente los ríos interiores de la patria, Rivero formó parte de las fuerzas del ejército de la Confederación mandadas por el general Lucio Norberto Mansilla. Murió defendiendo la soberanía nacional ante la misma potencia invasora que había usurpado las islas años atrás.
De la epopeya de 1833 al reclamo irrenunciable
La gesta del Gaucho Rivero trasciende el acontecimiento histórico puntual para convertirse en un símbolo permanente de la resistencia contra la usurpación de las islas Malvinas, Georgias del Sur, Sandwich del Sur y los espacios marítimos e insulares correspondientes. Su figura personifica la continuidad histórica del derecho argentino sobre el archipiélago y demuestra que la ocupación británica nunca contó con el asentimiento de quienes habitaban la tierra patagónica e insular.
El coraje de aquel grupo de peones criollos estableció un hito en la memoria colectiva de la Nación Argentina, recordando que la defensa del territorio nacional es un mandato indeclinable que cruza generaciones. Desde la toma de Puerto Soledad en 1833 hasta las gestas del siglo XX y los reclamos diplomáticos contemporáneos en los foros internacionales, la figura de Antonio Rivero permanece como la primera antorcha encendida en la restitución de nuestra soberanía insular.

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