A 60 años del Operativo Cóndor, cuando dieciocho jóvenes plantaron bandera en Islas Malvinas
El 28 de septiembre de 1966, dieciocho jóvenes desviaron un vuelo de Aerolíneas Argentinas hacia las Islas Malvinas para clavar la insignia patria en el suelo usurpado. A bordo viajaba, atónito y con su cámara colgada al cuello, Héctor Ricardo García, el empresario y periodista más audaz de la época, dueño del naciente y disruptivo diario Crónica.
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El enigma del sobre y el vuelo 648
Argentina era gobernada desde el 29 de junio por el general Juan Carlos Onganía, quien había desplazado al presidente constitucional Arturo Illia. A mediados de septiembre de 1966, a García le propusieron un juego sin reglas. Un joven de mirada incisiva y campera de fajina —Dardo Cabo, militante de la resistencia peronista e hijo del histórico dirigente metalúrgico Armando Cabo— lo había citado con hermetismo calcado a una película de espías.
—García, si quiere la primicia de su vida, súmese al vuelo 648 de Aerolíneas Argentinas. No haga preguntas. Lleve abrigo.
García especuló con todo: ¿el regreso de Perón? ¿La aparición del cadáver de Evita? ¿El Che Guevara en el monte? Jamás imaginó que el avión Douglas DC-4, con 42 pasajeros a bordo (entre ellos el gobernador de Tierra del Fuego, contraalmirante José María Guzmán, que viajaba en misión oficial), cambiaría de rumbo sobre la negrura patagónica para trazar una línea directa hacia la «hermanita perdida», tal como reza la canción homónima compuesta en 1971 por Atahualpa Yupanqui.
El plan, diagramado con precisión quirúrgica junto a la dramaturga y periodista Cristina Verrier —figura clave que relevó los movimientos en la Patagonia—, contemplaba una ocupación simbólica. Dieciocho comandos civiles (diecisiete hombres y una mujer) portaban borceguíes, camperas beige con un rombo y un cóndor bordado en el pecho, y una certeza inquebrantable: sabían que iban a terminar presos, pero querían obligar al mundo a mirar hacia las islas usurpadas por los invasores ingleses.
La pista clandestina y el frío de Puerto Stanley
A las 09:57 de la mañana del 28 de septiembre, tras sortear ráfagas de viento polar y la desesperación de la tripulación en la cabina, el cuatrimotor tocó tierra en una pista de carreras de caballos en las afueras de Puerto Stanley, la capital de las islas.
Años más tarde, en sus memorias tituladas Cien veces me quisieron matar, el propio García recordaría la crudeza y el vértigo de aquella llegada imprevista con una precisión cinematográfica: «Tuvimos que aterrizar en un camino muy peligroso porque las pistas estaban bloqueadas. Después de carretear unos 200 metros, a los saltos, el avión fue a parar a una zanja mientras un ala se incrustaba en la tierra. Tuvimos que salir por la puerta de emergencia».
Los kelpers, acostumbrados al pacífico pastoreo de ovejas y al monótono clima de las islas, sintieron que el mundo se derrumbaba. En medio de la confusión, los jóvenes desplegaron siete banderas argentinas. El eco del Himno Nacional rompió el silencio austral. Dardo Cabo se enfrentó de manera decidida ante las autoridades británicas locales y bautizó al sitio como Puerto Rivero, en honor al gaucho rebelde que en 1833 había resistido la invasión inicial británica.
¿Y García? El empresario periodístico alternaba entre el pánico de ver su destino atado a un delito federal de piratería aérea y la fascinación profesional de estar registrando con su propia cámara una escena que no tenía precedentes en la historia diplomática y militar del país. Disparaba rollos de fotos mientras evaluaba cómo iba a hacer para contrabandear los carretes de regreso a la redacción de la calle Riobamba.
El rol de Héctor Ricardo García
La presencia de García en el Operativo Cóndor convirtió la aventura en un fenómeno mediático sin igual. Para el gobierno de facto, el director de Crónica era un dolor de cabeza constante; para el público, un héroe popular de la información.
En tierra malvinense, al quedar cercados por efectivos policiales británicos y voluntarios armados que amenazaban con abrir fuego, García experimentó el rigor del cautiverio. Los comandos se atrincheraron junto al fuselaje del avión. El gobernador inglés mandó un ultimátum tajante: «Están rodeados. Si intentan moverse, las fuerzas tienen orden de tirar. No respondemos por sus vidas».
A pesar de identificarse como periodista y mantenerse al margen de los militantes argentinos, García compartió la intemperie, el frío y la tensión de las negociaciones con el sacerdote católico local, el padre Roel, quien actuó como mediador. Cuando los jóvenes aceptaron deponer las armas —bajo la condición de ser custodiados por la Iglesia y trasladados a un puerto argentino—, García fue detenido junto a ellos.
Sin embargo, su paso por las celdas fue efímero en comparación con el destino de los 18 jóvenes. Mientras el operativo de repliegue comenzaba a gestarse, el aparato de inteligencia y las negociaciones diplomáticas especiales lograron liberar al empresario de prensa, quien regresó al continente con el botín más preciado: las fotos exclusivas, los testimonios en papel y la prueba categórica de que la bandera argentina había flameado, soberbia y desafiante, en el corazón usurpado. Al día siguiente, Crónica reventó los kioscos con títulos cataclísmicos que paralizaron al país.
El desenlace
El final de la operación en las islas tuvo ribetes novelescos. Tras negociar la entrega de las banderas —en un emotivo pacto donde exigieron que no fueran pisoteadas—, los dieciocho argentinos fueron embarcados en una lancha carbonera que los derivó en alta mar al buque de la Armada Argentina ARA Bahía Buen Suceso. El destino final fue el penal de Ushuaia, en el extremo sur del continente, donde pasaron semanas de rigurosa prisión antes de ser sometidos a procesos judiciales bajo la órbita de la justicia federal argentina.
Paradójicamente, los jueces que los interrogaron se encontraron con un bloque monolítico: ante cada pregunta sobre quién los mandaba o qué buscaban, la respuesta era unánime, casi un dogma castrense patriótico: «Fuimos a Malvinas a reafirmar nuestra soberanía». Los 18 jóvenes fueron condenados a cumplir entre dos y tres años de prisión.
A sesenta años de aquella osadía en un cuatrimotor de línea, el Operativo Cóndor sigue brillando como un destello de romanticismo político y audacia periodística insuperable. Fue el día en que un puñado de soñadores armados con convicciones y un cronista dispuesto a arriesgarlo todo —tal como lo inmortalizó García en sus memorias— secuestraron un avión para recordarle al mundo y al atropello británico que la soberanía no se negocia: se ejerce, aunque sea por unas horas, en los confines helados de la patria.

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