León XIV: ‘La santidad no es un privilegio de unos pocos’
Continuando con su ciclo de catequesis sobre la constitución Lumen Gentium, el Papa aseguró que la santidad compromete a todo bautizado a practicar las virtudes imitando a Cristo.
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“La santidad no es un privilegio para unos pocos, sino un don que compromete a todo bautizado a esforzarse por alcanzar la perfección de la caridad, es decir, la plenitud del amor hacia Dios y hacia el prójimo”, expresó el papa León XIV durante su audiencia general semanal, celebrada en la Plaza de San Pedro, al continuar su serie de catequesis sobre el Concilio Vaticano II y sus documentos.
Esta semana, el Papa reflexionó acerca la constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium y recordó que el documento dedica un capítulo entero, el quinto, a la vocación universal a la santidad, insistiendo en que “cada uno de nosotros está llamado a vivir en la gracia de Dios, practicando las virtudes e imitando a Cristo”.
Señaló que el nivel más alto de santidad, como en los primeros tiempos de la Iglesia, es el martirio, el “testimonio supremo de fe y caridad”. Por esta razón, el texto conciliar enseña que todo creyente debe estar dispuesto a confesar a Cristo incluso hasta derramar su sangre, “como siempre ha sido así y sigue siéndolo hoy”.
Esta disposición a dar testimonio, dijo el Papa, se manifiesta cada vez que los cristianos “dejan signos de fe y amor en la sociedad”.
Fomentar una vida santa
El Papa León recordó que todos los sacramentos, y de manera especial la Eucaristía, “son alimento que fomenta una vida santa, asimilando a cada persona a Cristo, modelo y medida de santidad”.
El Santo Padre afirmó que Jesús santifica a la Iglesia, y añadió: “Desde este punto de vista, la santidad es un don suyo que se manifiesta en nuestra vida cotidiana cada vez que lo recibimos con alegría y respondemos a él con compromiso”.
Recordó que san Pablo VI, en su audiencia general del 20 de octubre de 1965, enseñó que la Iglesia, para ser auténtica, requiere que todos los bautizados sean “santos, es decir, verdaderamente dignos, fuertes y fieles hijos suyos”.
Esto, señaló el Papa León, se realiza “como una transformación interior, mediante la cual la vida de cada persona se conforma a Cristo en virtud del Espíritu Santo”.
Llamado a un cambio de vida importante
La Lumen gentium, explicó el pontífice, describe la santidad de la Iglesia católica como una de sus características constitutivas. “Esto, aclaró, no significa que ella lo sea en un sentido pleno y perfecto, sino que está llamada a confirmar este don divino durante su peregrinación hacia el destino eterno, caminando “en medio de las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios”.
“La triste realidad del pecado en la Iglesia, es decir, en todos nosotros -dijo el Papa- invita a cada persona a emprender un cambio profundo de vida, encomendándonos al Señor, que nos renueva en la caridad” y añadió: “Es precisamente esta gracia infinita, que santifica a la Iglesia, la que nos encomienda una misión que debemos cumplir día tras día: la de nuestra conversión”.
“Por lo tanto, la santidad no solo tiene un carácter práctico, como si pudiera reducirse a un compromiso ético, por grande que sea, sino que atañe a la esencia misma de la vida cristiana, tanto personal como comunitaria”, añadió.
No son grilletes, sino regalos liberadores
En este sentido, el pontífice destacó de manera especial a aquellos hombres y mujeres que consagran sus vidas a Dios mediante los consejos evangélicos: pobreza, castidad y obediencia, que expresan “su plena confianza en la providencia divina”.
“Estas tres virtudes -insistió- no son reglas que coartan la libertad, sino dones liberadores del Espíritu Santo, mediante los cuales algunos fieles se consagran completamente a Dios”.
Según explicó, “la pobreza expresa una confianza plena en la Providencia, liberando de cálculos y del interés propio; la obediencia toma como modelo la entrega que Cristo ofreció al Padre, liberando de sospechas y dominación; la castidad es el don de un corazón íntegro y puro en el amor, al servicio de Dios y de la Iglesia”.
“Al conformarse a este estilo de vida”, exclamó el Santo Padre con asombro, “las personas consagradas dan testimonio de la vocación universal de santidad de toda la Iglesia, en forma de discipulado radical”.
Y así, dijo, “los consejos evangélicos manifiestan una plena participación en la vida de Cristo, hasta la Cruz: es precisamente por el sacrificio del Crucificado que todos somos redimidos y santificados”.
Ninguna experiencia humana que Dios no redima
Al reflexionar sobre este acontecimiento, León XIV insistió: “No hay experiencia humana que Dios no redima: incluso el sufrimiento, vivido en unión con la pasión del Señor, se convierte en camino de santidad”.
“Así pues la gracia que convierte y transforma la vida nos fortalece en cada prueba, señalándonos no hacia un ideal lejano, sino hacia el encuentro con Dios, que se hizo hombre por amor”.
El Santo Padre concluyó implorando a la Santísima Virgen, la Madre del Verbo Encarnado, que siempre sostenga y proteja nuestro camino. (AICA)

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