La Diócesis de Concordia recordó el legado vivo de monseñor Ricardo Rösch
La Iglesia diocesana de Concordia recordó con memoria agradecida a su primer obispo y pastor, monseñor Ricardo Rosch, al cumplirse 50 años de su Pascua. La conmemoración se realizó con una misa en la Catedral San Antonio, presidida por el obispo diocesano, monseñor Gustavo Zurbriggen, y concelebrada por el obispo emérito, monseñor Luis Collazuol, junto a sacerdotes de la ciudad. Entre ellos estuvo el padre Hugo Rougier, quien recibió la ordenación sacerdotal de manos de monseñor Rosch.
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Durante la celebración, monseñor Collazuol estuvo a cargo de la homilía y trazó un paralelo entre la figura del apóstol San Pablo y la vida pastoral del primer obispo de Concordia. Destacó especialmente la audacia para anunciar el Evangelio en medio de las dificultades, así como el corazón misionero y la cercanía con las comunidades. En ese marco, el obispo emérito evocó a monseñor Rosch a partir de numerosos testimonios de quienes tuvieron la oportunidad de conocerlo. Lo describió como un hombre de fe, humildad, amistad y, fundamentalmente, de “corazón abierto a todos”, destacando su santidad cotidiana y su manera cercana y fraterna de ejercer el ministerio.
Un pastor comprometido con su tiempo Collazuol señaló que en monseñor Rosch existía una profunda unidad entre su fe, su espiritualidad y las obras que impulsó. Su confianza en la Providencia se tradujo en una intensa tarea pastoral y social, con una mirada atenta tanto a las necesidades de la comunidad cristiana como a las de la sociedad. Su ministerio estuvo marcado además por el espíritu renovador del Concilio Vaticano II. La Diócesis de Concordia había sido creada en 1961 y Rosch tuvo la responsabilidad de participar activamente como Padre Conciliar en aquel acontecimiento de la Iglesia universal. A su regreso, impulsó en la diócesis un proceso de renovación que buscó abrir nuevos caminos pastorales y comunitarios. Bajo su conducción, la Iglesia local comenzó a crecer con el espíritu de aquella “nueva primavera” que promovía el Concilio.
“Lejos de mí gloriarme sino en la Cruz”
Uno de los ejes de la homilía fue el lema episcopal elegido por monseñor Rosch: “Lejos de mí gloriarme sino en la Cruz”.
Para monseñor Collazuol, esas palabras sintetizaron el modo en que el primer obispo de Concordia entendió su misión. La Cruz no fue presentada como un símbolo de derrota o debilidad, sino como fuente de salvación, vida y resurrección.
“Para ser pastor la condición fundamental es amar”, señaló el obispo emérito, al remarcar que la entrega a Cristo se transforma naturalmente en amor y servicio hacia los demás. Según destacó, monseñor Rosch asumió ese llamado con profundidad y lo convirtió en una forma de vida.
Un legado que permanece
La huella de monseñor Rosch también quedó plasmada en numerosas obras e instituciones que contribuyeron al crecimiento de la comunidad de Concordia y la región.
Durante su ministerio acompañó a las comunidades parroquiales, impulsó la participación de los laicos y promovió iniciativas vinculadas con la formación y la caridad. Entre ellas se destacó la creación del seminario menor y de distintas instituciones educativas y sociales.
Su vocación como educador se reflejó en proyectos como el Instituto Profesorado Concordia, el Bachillerato Humanista Moderno y el Instituto San Jaime, iniciativas que dejaron una importante marca en el ámbito cultural y pedagógico local.
Al mismo tiempo, su preocupación por las personas más vulnerables se tradujo en acciones concretas. Entre ellas se destacó la creación del Hogar Escuela Juan XXIII, destinado a acompañar y brindar oportunidades a niños de sectores postergados.
A medio siglo de su Pascua, la figura de monseñor Ricardo Rosch continúa presente en la memoria de la Iglesia de Concordia. Su legado se mantiene vivo no solo en las instituciones que impulsó, sino también en el testimonio de quienes reconocen en su vida una manera de entender la fe desde la cercanía, la humildad y el servicio.
Su ejemplo invita a mantener un corazón abierto, una mirada puesta en la Cruz y las manos dispuestas al servicio de los demás, prolongando aquel espíritu de renovación y compromiso que marcó los primeros años de la Diócesis de Concordia.

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