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    Vacaciones, amigos, familia y solidaridad

    En verano hace más calor y eso nos obliga a andar más despacio. También es un tiempo de receso de la actividad escolar, con todo lo que eso implica para el ritmo de vida familiar. Los chicos no necesitan levantarse tan temprano, no hay que luchar para que no lleguen tarde al colegio. No hay que arrancar a las corridas todos los días.

    18 de enero de 2026 - 13:00
    Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo
    Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo
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    Y si los hijos son más grandes, están con mayor disponibilidad horaria y aprovechan a salir con amigos. Algunos papás y mamás es probable que también tengan unos días de vacaciones del trabajo cotidiano.
    Es un tiempo oportuno para fortalecer los lazos familiares y hacer algunas cosas para las cuales durante el año nos cuesta encontrar los momentos propicios.
    Es bueno proponerse aprovechar el espacio en cuestiones concretas: jugar en familia, visitar amigos o familiares que hace tiempo no vemos, salir a pasear juntos. También puede ser ocasión para disponerse a leer un libro que nos enriquezca el alma. Dependiendo del lugar en el cual nos encontramos podemos contemplar la obra creada por Dios. El mundo es como un libro escrito por Dios para hacernos llegar su mensaje de amor. La belleza de las montañas, los lagos, los ríos, el mar, o una arboleda en el parque nos pueden ayudar a dar gracias a Dios por el regalo de la creación.
    Tenemos que evitar caer en la tentación de que cada uno esté en su mundo, sin compartir momentos en comunión. Al tener más tiempo el riesgo está en dejarnos absorber por el celular y las redes sociales.  Es importante fomentar espacios de convivencia en los cuales haya momentos largos para el diálogo, compartir anhelos, proyectos, fracasos…
    Son oportunidades para abrir el corazón y dar el tiempo a otros cercanos en el afecto. Nos decía Francisco que “el pequeño núcleo familiar no debería aislarse de la familia ampliada, donde están los padres, los tíos, los primos, e incluso los vecinos. En esa familia grande puede haber algunos necesitados de ayuda, o al menos de compañía y de gestos de afecto, o puede haber grandes sufrimientos que necesitan un consuelo. El individualismo de estos tiempos a veces lleva a encerrarse en un pequeño nido de seguridad y a sentir a los otros como un peligro molesto”. (AL 187)
    He conocido muchas familias que aprovechan las vacaciones para salir a misionar, realizar alguna tarea solidaria con los más pobres. Una manera hermosa de acercarse a quienes esperan una palabra de aliento.
    Aprovechar el tiempo en el servicio a los demás es una manera de ganarlo.  Ante la presencia en los diarios y en los noticieros —a veces con insistencia— de personas que hacen daño al prójimo, a la creación y a sí mismos, se nos puede pasar por alto tanta generosidad en muchos más. El otro día escuchaba a un sacerdote que predicaba “hace más ruido un árbol que cae en el bosque, que los miles que van creciendo en ese mismo momento”.
    Hay gente buena que no se destaca ni brilla. Las mamás que educan a sus hijos, les tratan con ternura, les enseñan a decir la verdad… Los abuelos y abuelas que cuidan a sus nietos. Vecinos que se ayudan y acompañan. Enfermos que son asistidos por sus familiares y amigos.
    Gente que en medio de un clima egoísta e individualista mira más allá del metro cuadrado que ocupa. Son buenos ejemplos que arrastran y conmueven, interpelan y cuestionan la tibieza imperante. Unos cuantos se ponen de acuerdo para hacer el bien desde los movimientos sociales, las organizaciones no gubernamentales, las cooperativas…
    Quisiera resaltar de modo particular a los grupos misioneros que durante el verano se multiplican por todo el País. Entre sus miembros hay algunos adultos, familias, religiosos, sacerdotes, diáconos… pero en su mayoría son jóvenes. Ellos dedican parte de sus vacaciones (o todos los días que disponen) para ir al encuentro de otros, en general a lugares pobres. Encarnan el pedido de Francisco de ser “Iglesia en salida, pobre y para los pobres”.
    Algunos se dedican a servicios solidarios de trabajo manual: construir o arreglar casas, pintar escuelas o centros de salud, reparar capillas o centros de catequesis.
    En las vacaciones demos tiempo y vida a la familia, los amigos y la solidaridad.
     
    Este 15 de enero, se conmemoró un nuevo aniversario del terremoto de 1944, en San Juan. Según relatos de aquel tiempo, en torno a las 20.50 se produjo la mayor tragedia del pueblo argentino. Un par de minutos interminables. Se consignan 10.000 muertos y muchos miles de heridos, junto con la destrucción casi por completo de la ciudad.
    Una dolorosa experiencia que queda grabada en la memoria colectiva de los sanjuaninos. Y el 18 de enero de 2021 hubo otro temblor que hizo vivir horas de angustia e incertidumbre. Renovemos el compromiso y la oración.

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    Monseñor Jorge Eduardo Lozano
    Monseñor Jorge Eduardo Lozano
    Arzobispo de San Juan de Cuyo.
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