Riesgo país: ante un mundo más averso al riesgo y una oposición más aversa a la responsabilidad
La reciente escalada del riesgo país, que llegó a superar los 700 puntos básicos, viene generando fundadas alarmas.
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Conflictos internacionales que no ayudan a la Argentina, junto a una oposición interna que tampoco parece dispuesta a hacerlo, afectan este indicador que mide la prima de riesgo exigida a nuestro país por encima del rendimiento de los bonos del Tesoro estadounidense.
No confundamos, no se trata de que repentinamente el mundo se haya vuelto hostil a la Argentina. Nuestro país tiene lo que demanda la economía que se viene, con la IA y la transición energética a la cabeza: litio, energía, cobre e incluso talento ligado a la economía del conocimiento, sector que genera importantes divisas mediante exportaciones de servicios profesionales.
Sin embargo, el panorama luce de momento algo más incierto en la nada fácil transición hacia una economía abierta que busca consolidar el orden fiscal y monetario.
Gran parte del problema es importado. La escalada bélica en Medio Oriente ha encarecido el petróleo, afectando los costos globales de producción. Así, el Brent alcanzó los 113 dólares por barril. La Reserva Federal de los Estados Unidos, ante una inflación alejada del objetivo del 2%, elevó en septiembre su tasa de referencia al rango del 3,75% al 4%. El posterior dato inflacionario de septiembre, del 3,7% interanual, confirmó el problema.
La Fed sube las tasas y las economías emergentes sienten el encarecimiento del crédito. A su vez, aumenta la aversión al riesgo, manifestada en una mayor preferencia por instrumentos percibidos como seguros, entre los cuales, por supuesto, no se encuentran los títulos argentinos. Un problema de peso histórico, no inventado por la actual administración.
Dos preguntas: ¿entonces la inflación no es un problema monetario, sino de costos? ¿Más cara la energía, entonces más inflación?
No, no es tan así. Si el aumento de costos no encontrara condiciones monetarias que lo convalidaran, afectaría principalmente al nivel de actividad antes que generar inflación persistente. Aunque pueda provocar un aumento transitorio del índice general, la inflación sostenida requiere una explicación monetaria. El déficit fiscal y su eventual monetización no son, estrictamente, inventos patentados por la Argentina.
Así, el shock petrolero puede prolongar efectos inflacionarios si la expansión monetaria los convalida.
El contexto externo se ha tornado más incierto, o como dicen los economistas: volátil. Pero… ¿y puertas adentro qué?
Localmente se observa una preocupante irresponsabilidad en el principal sector opositor. Y permítame sospechar, quizá una irresponsabilidad planificada y calculada. El «cuanto peor, mejor» no debería descartarse como posible estrategia electoral en marcha.
En una columna publicada esta semana en Cadena 3, Adrián Simioni planteó una inquietud reflejada en los mercados: Axel Kicillof, uno de los principales dirigentes opositores con ansias de posicionarse en el sillón de Rivadavia, omite explicar qué haría con las obligaciones financieras del Estado si llegara a lograr su objetivo.
¿Respetaría los compromisos de deuda? ¿Mantendría el superávit fiscal? ¿O tiraría por la borda la austeridad fiscal y monetaria junto con las reformas de desregulación y apertura?
Otros dirigentes opositores tampoco ayudan a brindar previsibilidad a los inversores. Allí tenemos el penoso caso del gobernador de La Rioja, Ricardo Quintela, afirmando sin pudor: «Lo que sea necesario nacionalizar, lo vamos a nacionalizar. Lo que sea necesario expropiar, vamos a expropiar».
¿Se habrá sentido como el exdictador socialista Hugo Chávez, señalando propiedades privadas desde una plaza pública mientras ordenaba el infame «exprópiese»?
No podemos dejar afuera a Máximo Kirchner, referente nacional, popular y multimillonario, con una curiosa fortuna declarada al cierre de 2025 superior a los 11.000 millones de pesos. Anticipó el citado que un eventual gobierno peronista auditaría los proyectos ligados al Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI).
Cabe reconocer que sugirió respetar los derechos adquiridos de los proyectos en regla. Aun así, las declaraciones del magnate contribuyen a alimentar el temor. Y el temor, la volatilidad en los mercados.
Pero el debate es aún más profundo.
El programa económico de Javier Milei no pretende simplemente corregir los cuatro años de desmanejos acumulados durante la administración de Alberto Fernández. Su ambición declarada es revertir una orientación antiliberal cuyos antecedentes se remontan a la década de 1940.
Desde 1946, el intervencionismo estatal, el proteccionismo y la expansión del Estado sellaron un camino de servidumbre que ha marcado ferozmente nuestra historia.
El movimiento resultó anacrónico ya desde el año de su inauguración. Imagínese hoy, ante el avance de la IA, las billeteras digitales y exhibiciones de autos voladores.
Repasemos un poco de historia. En 1944, gran parte del mundo occidental ya preveía la caída del eje nazi-fascista. Las reuniones de Bretton Woods de aquel año, junto al nacimiento del GATT en 1947, buscaron establecer un orden de estabilidad monetaria,progresiva apertura comercial y cooperación. Argentina, en cambio, se cerraba a su pequeño mercado interno, otorgándole al Gobierno el protagonismo en la conducción económica, en desmedro de los mecanismos propios del mercado.
El desafío actual no es menor y consiste en abandonar definitivamente esa trayectoria.
La coyuntura internacional se mueve hacia una mayor aversión al riesgo, tanto por razones geopolíticas como económicas. Para Argentina, semejante situación constituye un shock sobre el cual carece de control. Aunque sí puede decidir cuánto riesgo adicional genera mediante sus propias decisiones políticas.
La responsabilidad de un gobierno consiste en construir confianza. La de una oposición que aspira a gobernar, en demostrar que no está dispuesta a destruirla.

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