• Economia
  • Policiales
  • Deportes
El Heraldo
  • Opinión

    Lo que dejó 2025 visto desde las finanzas públicas

    Durante 2025, en estas páginas de El Heraldo, fui armando —columna tras columna— una especie de “mapa” de la Argentina real: la que se discute en los grandes titulares nacionales, pero también la que se vive en las provincias y, sobre todo, en los municipios, donde la política deja de ser una consigna y se convierte en servicios, tasas, infraestructura, empleo y oportunidades concretas.

    10 de enero de 2026 - 04:00
    Alvaro Sierra, especialista en finanzas
    Alvaro Sierra, especialista en finanzas
    Ads

    Si tuviera que resumir el año en una sola frase, diría esto: la macroeconomía puede ordenar números, pero si no ordena expectativas, instituciones y vida cotidiana, el ajuste se vuelve frágil.

    Ads

    El hilo conductor fue siempre el mismo: mirar la economía con lentes de finanzas públicas. No para “hacer contabilidad”, sino para entender el poder real del Estado —nación, provincias y municipios— para sostener reglas, financiar derechos, invertir con inteligencia y, a la vez, no asfixiar al contribuyente que produce y trabaja.

    En ese recorrido, una de las discusiones que reapareció varias veces fue el choque entre estabilidad y calle. En notas como “La Paradoja Milei: estabilidad macroeconómica, crisis en la calle” y también en textos sobre el “Modelo Milei” o “Argentina en recesión: ¿ajuste necesario o error histórico?”, intenté ponerle nombre a un fenómeno que suele quedar oculto: se puede mostrar orden en ciertas variables, pero si el tejido social y productivo se rompe, el costo no es solo humano; también es fiscal, político y, finalmente, macroeconómico. La idea fuerza fue clara: no hay programa económico sostenible si la economía real no empieza a mejorar de manera verificable, porque la legitimidad social es un insumo del equilibrio fiscal tanto como lo son la recaudación o el gasto.

    Ads

    Por eso, otra pieza central del año fue la recaudación y su relación con la actividad. En la columna “La recaudación que cae y la actividad que no arranca” tomé la recaudación como termómetro: cuando el ingreso público cae en términos reales, no estamos ante un dato técnico aislado, sino ante el retrato de una economía que no rebota y de un Estado que, por más que ajuste, se enfrenta a la “manta corta” de siempre. Allí la conclusión fue incómoda, pero necesaria: sin crecimiento y sin bases imponibles sanas, el orden fiscal se vuelve un equilibrio inestable, más cercano a una tregua que a una consolidación.

    En paralelo, la discusión de fondo fue institucional: cómo se gobierna un ajuste, cómo se diseña un presupuesto, cómo se construye credibilidad. En “Presupuesto 2026: equilibrio fiscal, vulnerabilidad política y la prueba del realismo” el foco estuvo en que el presupuesto no es un trámite; es el contrato fiscal y político que le dice a la sociedad qué se prioriza, qué se posterga y con qué supuestos se está jugando. Un presupuesto creíble reduce discrecionalidad y baja incertidumbre; uno irrealista alimenta desconfianza. Y esa desconfianza se paga con tasa de interés, con riesgo país, con falta de inversión, y, al final, con más ajuste.

    Ads

    Ese mismo eje político-institucional lo abordé desde otro ángulo en “El gobierno de Milei: el Teorema de Baglini y la teoría del ‘pato rengo’” y en la nota sobre el país “modelo” que vota en contra de su propio “éxito”. Allí el mensaje fue directo: cuando el discurso de éxito no coincide con la vida cotidiana, aparece el voto castigo; y cuando las promesas son maximalistas pero la gobernabilidad es limitada, la realidad impone límites. La conclusión, sin vueltas, fue que la política condiciona a la economía: sin construcción legislativa, sin acuerdos mínimos y sin reglas claras, las reformas se vuelven frágiles, aunque sean técnicamente defendibles.

    Otra línea fuerte del año fue el debate sobre informalidad, control estatal y moral tributaria, un tema que vuelve cada vez que se pretende “normalizar” la economía apelando a mecanismos extraordinarios. En “Remonetización o impunidad: el riesgo de premiar la informalidad” y, ya hacia fin de año, en “Ley de Inocencia Fiscal: ¿alivio para el contribuyente o premio para el evasor?”, busqué separar el eslogan del problema real: es atendible revisar regímenes informativos masivos que se volvieron caros e ineficientes, pero es peligroso construir la idea de que el que incumple siempre termina ganando. La idea fuerza fue que el Estado no necesita mirar a todos todo el tiempo; necesita mirar mejor, con inteligencia, proporcionalidad y foco en quienes realmente operan por fuera del sistema. Y la conclusión fue que, si la desburocratización no se integra en una estrategia macro-institucional consistente, puede deteriorar la confianza, alimentar la informalidad y, en el mediano plazo, debilitar el propio financiamiento del Estado.

    El año también tuvo capítulos dedicados a reformas estructurales: tributarias, laborales y previsionales. En la nota “Hacia un rediseño integral del sistema previsional argentino: equidad, sostenibilidad y racionalidad fiscal” el punto fue que el sistema previsional se transformó en uno de los nudos más pesados y delicados de la Argentina. No hay sostenibilidad fiscal sin una discusión previsional seria, pero tampoco hay justicia social sin un sistema que sea equitativo y comprensible. Allí la conclusión buscó correr la discusión del prejuicio: ordenar previsión no es una bandera ideológica; es una necesidad estructural, y cuanto más se patea, más se paga en crisis recurrentes y litigiosidad.

    Ads

    En el plano productivo, varias columnas giraron alrededor de una pregunta central: ¿cómo crecer de verdad en un mundo que cambió? En “Apertura comercial sin estrategia: ¿exportar más para producir menos?” y en textos sobre la industria y las estructuras productivas desequilibradas, la idea fuerza fue que abrirse no es malo en sí mismo, pero abrirse sin competitividad sistémica puede destruir tejido local. No se trata de “cerrar” o “abrir” como dogma, sino de construir capacidades: logística, crédito, infraestructura, tecnología y reglas estables. El corolario fue que Argentina no puede volver a equivocarse: si la apertura llega antes que la productividad, el resultado es desindustrialización; si la productividad llega con una estrategia, el resultado puede ser exportación y empleo formal.

    A ese debate se sumó el capítulo de inversión. En “Inversión extranjera en espera: claves para entender la caída de la IED” el mensaje fue simple: las inversiones no llegan por deseo, llegan por previsibilidad. Y esa previsibilidad es macro, pero también micro e institucional: reglas de juego, justicia, estabilidad tributaria razonable, capacidad estatal y un horizonte de demanda.

    Pero 2025 no se explicó solo con Nación y mundo. Una parte clave de la agenda —y una de las más sensibles para el elector— fue la relación Nación–provincias–municipios. En “El desfinanciamiento de las provincias como pilar del superávit nacional” y en “Nación y provincias: ¿el conflicto que se viene?” el eje fue el federalismo fiscal real: cuando la Nación logra orden a costa de recortar o trasladar cargas hacia provincias y municipios, se genera una tensión que tarde o temprano vuelve en forma de conflicto político, caída de inversión local o deterioro de servicios. La idea fuerza fue que sin coordinación fiscal, el país entra en una pelea por recursos. Y la conclusión: el orden nacional puede ser frágil si el interior se vuelve inviable.

    En esa misma clave trabajé específicamente Entre Ríos en “El nuevo endeudamiento de Entre Ríos: un problema de ingresos más que de deuda”. Allí la idea fuerza fue diferenciar deuda como herramienta versus deuda como síntoma: muchas veces el problema central no es el stock de deuda, sino la caída de ingresos, la rigidez del gasto y la falta de un plan plurianual serio. La conclusión fue que el endeudamiento puede ser razonable si financia inversión y si existe estrategia de repago; pero se vuelve una carga cuando se usa para tapar agujeros sin corregir la estructura.

    Y si hay un nivel del Estado donde los debates se vuelven tangibles, es el municipal. Por eso, varias notas se apoyaron en un mensaje insistente: los municipios no pueden quedar como espectadores. En “El rol protagónico de los gobiernos municipales en los próximos años” sostuve que lo local ya no es administración de rutina; es desarrollo, datos, digitalización, ordenamiento, planificación y cercanía con el ciudadano. En esa línea, también abordé uno de los golpes más directos a la caja municipal: el debate sobre la tasa de alumbrado y su financiamiento. En las columnas “Tasa de alumbrado: el golpe a las finanzas locales que nadie quiso ver” y “Tasa de Alumbrado Público: procrastinar no ayuda”, el mensaje fue que los cambios regulatorios y judiciales pueden desfinanciar a los municipios en muy poco tiempo, y que negar el problema es la peor estrategia. La conclusión fue que se necesita reacción técnica y política: diversificar recursos, modernizar la administración tributaria y diseñar instrumentos más transparentes y defendibles.
    Una parte del año estuvo dedicada a pensar el largo plazo: capital humano, demografía, juventud, tercera edad y el impacto tecnológico. En “Juventud y Tercera Edad: un equilibrio necesario para el desarrollo argentino” trabajé el desafío intergeneracional: sin empleo joven y sin protección razonable para mayores, el contrato social se rompe y la sostenibilidad fiscal también. En esa misma línea, en notas sobre educación y el caso chino, sostuve que el debate sobre ciencia, educación e innovación no es ornamental: es el corazón del desarrollo. La idea fuerza fue que los países que hoy lideran invirtieron durante décadas en cerebros, y la conclusión fue una advertencia: recortar capacidades en nombre del corto plazo es “ahorrar” futuro.
    Por eso cerré el año con una reflexión que, de algún modo, resume todo: en “La trampa del ingreso medio: el error de recortar donde se crece” y también en la columna sobre la Ley de Inocencia Fiscal, la preocupación de fondo fue la misma: Argentina corre el riesgo de discutir solo el día a día —la coyuntura, la urgencia, la pelea— y descuidar lo esencial: instituciones, productividad, capital humano, federalismo y un Estado capaz. Ajustar sin plan de desarrollo es un equilibrio contable; no es un proyecto.
    Si algo quise dejarle al lector a lo largo de 2025 es una convicción: la economía no se arregla con slogans ni con milagros; se arregla con reglas, coordinación y trabajo sostenido. Y, sobre todo, con una política que tenga la madurez de pensar más allá del próximo titular.
    Para terminar, quiero agradecer especialmente a Diario El Heraldo por el espacio y por la posibilidad de analizar y opinar durante todo 2025 con total libertad, como especialista en finanzas públicas. En tiempos donde la discusión pública muchas veces se simplifica o se polariza, contar con un ámbito para argumentar, proponer y debatir con seriedad es, también, un servicio a la democracia y a la ciudadanía.
     

    Temas
    • finanzas
    AUTOR
    Álvaro Sierra
    Álvaro Sierra
    Comentarios

    Para comentar, debés estar registradoPor favor, iniciá sesión

    INGRESA
    Ads
    Ads
    Ads
El Heraldo
SECCIONES
  • Agro
  • Carnaval
  • Ciencia
  • Cronograma
  • Cultura
  • Deportes
  • Ecología
  • Economía
  • Educación
  • Efemérides
  • Espectáculos
  • Gastronomía
  • Informativo Docente
  • Interés General
  • Opinión
  • Policiales
  • Política
  • Salud
  • Sociales
  • Tecnología
  • Turismo
  • Judiciales
2026 | El Heraldo| Todos los derechos reservados: www.elheraldo.com.arEl Heraldo S.R.L es una publicación diaria online · Director Periodístico: Roberto W. Caminos
Términos y condicionesPrivacidadCentro de ayuda
Powered by
artic logo