La escuela como refugio y oportunidad: la mirada de una psicopedagoga en contextos vulnerables
Con 16 años de trayectoria en el sistema educativo, Josefina Sarli, licenciada en Psicopedagogía, docente de educación primaria y de la modalidad de educación especial, trabaja hoy en una escuela de Concordia donde, junto a un equipo técnico, acompaña a estudiantes atravesados por múltiples realidades sociales. En una entrevista con diario El Heraldo, compartió su mirada sobre el rol de la escuela en contextos complejos, destacando su valor como espacio de cuidado, formación y proyección
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El trabajo en equipo y el valor de la escuela como sostén
A diferencia del ámbito clínico, donde la intervención es individual, la profesional explica que dentro de la institución educativa el abordaje es colectivo. “No trabajamos solos, somos un equipo técnico”, señala en referencia al trabajo conjunto con una psicóloga y otros actores institucionales. En ese marco, las intervenciones no apuntan únicamente al estudiante como individuo, sino a toda la comunidad escolar. Desde esa perspectiva, remarca que uno de los grandes avances de la escuela en la que se desempeña es haber logrado, con el paso de los años, un verdadero espacio de contención. A partir de lo que observa y de lo que le han transmitido sus colegas, asegura que “se ha mejorado muchísimo respecto de diez años atrás”, especialmente en lo que la institución puede ofrecer frente a problemáticas que exceden lo pedagógico, como la violencia, el abandono o la fragmentación familiar. En ese sentido, subraya un aspecto que refleja el trabajo cotidiano: los hábitos. Cuenta que le sorprendió encontrar que “los chicos van todos los días, no faltan, y van con su guardapolvo limpio”, lo que interpreta como un indicador claro de identidad escolar. Incluso en contextos de pobreza se evidencia un trabajo sostenido por parte del cuerpo docente.
Acompañar sin estigmatizar: el vínculo con las familias
Uno de los puntos más relevantes que surge de su experiencia es la relación con las familias, especialmente cuando se trata de implementar adaptaciones pedagógicas o sugerir evaluaciones externas. Lejos de la resistencia que suele registrarse en otros contextos, en esta institución “los papás entienden y acompañan”. Explica que, cuando se los convoca, se les comunica que el niño “está aprendiendo, pero necesita otro tiempo u otro modo”, y que esa explicación, se realiza de manera clara y accesible, genera una respuesta positiva. En lugar de sentirse cuestionadas, muchas familias interpretan ese acercamiento como un gesto de cuidado. “Lo toman como un mimo, como decir: se están ocupando de mi hijo”, señala. Incluso agrega que, en numerosos casos, los propios adultos atraviesan trayectorias educativas incompletas, pero aun así buscan acompañar dentro de sus posibilidades.
Desde su mirada, esto también implica revisar cómo se entienden las dificultades de aprendizaje. Más que atribuirlas al niño, plantea que muchas veces responden a un desajuste entre las demandas del sistema escolar y las experiencias de vida de los estudiantes. En sus palabras, “no es realmente del chico la dificultad, es del contexto”.
El rol docente y la escuela como espacio de reconocimiento
A lo largo de la entrevista, insiste en un punto central que el papel fundamental es el que hacen los docentes. Considera que gran parte del acompañamiento que reciben los estudiantes se sostiene gracias al trabajo en el aula, y estima que “casi el 80% de la atención que reciben es por el trabajo docente”.
Esa tarea no se limita a la enseñanza de contenidos, sino que implica también la construcción de vínculos, la generación de rutinas y la transmisión de valores. En contextos donde las problemáticas sociales atraviesan la vida cotidiana de los chicos, la escuela se convierte en un espacio donde es posible ordenar, contener y ofrecer otras formas de estar en el mundo. Hacia el final, deja un mensaje que resume su mirada sobre el rol de la institución: “La escuela sigue siendo para muchas familias la única oportunidad institucional de ser vistos”. Más allá de las carencias materiales, sostiene que allí los estudiantes pueden reconocerse como sujetos de derecho. En ese sentido, afirma que el objetivo no es únicamente que los chicos “lean de corrido”, sino que puedan “interpretar, defenderse, hablar” y, sobre todo, comprender que “valen”. De este modo, la escuela aparece como una fortaleza dentro del barrio: un espacio donde no solo se aprende, sino donde cada niño puede construir identidad, autoestima y proyección, abriendo posibilidades que trascienden el aula.

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