La apertura comercial como reforma estructural en sí misma
Con la memoria puesta en la experiencia de la década de los noventa y ante casos como el de la empresa FATE, varios analistas advierten que las reformas estructurales deben preceder a la apertura económica. En esta nota se invita a ver la apertura como parte de esas reformas, adquiriendo carácter complementario.
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La polémica por la apertura comercial
La política aperturista promovida por la administración Milei-Caputo llevó a cuestionamientos, por un lado, de aquellos que defienden el modelo proteccionista instaurado en la década del 40, del cual nunca se ha salido del todo.
Pero, incluso desde la visión favorable a la apertura, se suele objetar que la misma debe estar precedida por reformas estructurales que alivien a las empresas locales de cargas impositivas y regulatorias, a la par que se les otorgue algún tiempo razonable para volverse competitivas.
Bien, ¿cuánto tiempo? Seguramente para dar respuesta sería aconsejable analizar cada caso o sector en particular.
Al respecto, es importante destacar lo comentado por Orlando Ferreres (2010) en su trabajo “Argentina: 100 años en cifras”, quien advierte que incluso la literatura que justifica la protección para industrias “infantes” fija límites de tiempo, de modo que las mismas alcancen la madurez competitiva en un plazo determinado. Sin embargo y curiosamente, existen industrias que son infantes desde la década del 50, ya que disfrutan de medidas proteccionistas impuestas desde ese entonces.
No hace falta extenderse en la explicación de que tal subsidio, no ya a la falta de madurez, sino a la ineficiencia, es un golpe al poder adquisitivo de los argentinos.
El caso FATE agudizó el debate, y justo en pleno tratamiento de la reforma que pretende dinamizar el mercado laboral otorgando un marco de mayor flexibilidad y previsibilidad a la contratación.
Principales reformas estructurales
Reviste cierta complejidad enumerar todas las “reformas estructurales” que requiere la Argentina para adquirir mayor competitividad y salir del estancamiento relativo iniciado en la década del 40.
Pero sin dudas deben incluirse las siguientes:
- Fiscal: para que el sistema impositivo sea menos complejo y gravoso (aquí las provincias deben hacer su parte), y para preservar el equilibrio fiscal.
- Laboral: para que las pymes no vean amenaza su existencia ante un juicio laboral de consecuencias devastadoras, y para incentivar el empleo formal.
- Reforma monetaria y cambiaria: llegar a un sistema cambiario plenamente flexible con moneda estable.
- Regulatoria: eliminar desregulaciones considerabas excesivas que encarezcan o desalienten actividades productivas (incluye la laboral).
Como se comentó inicialmente, se proponen tales reformas (lista no taxativa) para luego ir a la apertura comercial. Sin embargo, también podríamos ver a la apertura como una reforma estructural en sí misma, de carácter complementario, que acompañe los avances fiscales, laborales, monetario/cambiarios y regulatorios. Aquí juega un papel crucial la coordinación, como veremos luego.
Y… ¿cómo la apertura podría ayudar a la competitividad empresarial?
La pregunta parece contraintuitiva, sin embargo, el acceso más barato hacia capital y tecnología extranjera de vanguardia o al menos superior a la desarrollada localmente, para su incorporación en la producción de empresas locales que resistan el proceso, podría contribuir a la productividad y competitividad de las mismas.
Tenemos un precedente, lo comenta el economista chileno Mauricio Rojas (2003), en referencia a la década de los 90.
Este autor destaca que la producción manufacturera aumentó 47,5% entre los años 1990 y 1998, incrementándose la productividad por trabajador un 82%.
Cuando se discute las causas del colapso de la Convertibilidad, resulta un lugar común hablar de “apertura indiscriminada” o “neoliberalismo”, en lugar de ahondar en los problemas fiscales que llevaron al endeudamiento y posterior default.
La clave es la coordinación
Otro aspecto que suscita debate es si shock o gradualismo, y en caso de este último cuál debería ser la velocidad del mismo.
Propongo que la discusión brinde mayor protagonismo a la cuestión de la coordinación.
Fundamento este pedido en la experiencia del gobierno de Mauricio Macri, el cual, más que por las acusaciones ideológicas absurdas que no resisten rigor económico (“neo”liberalismo, apertura “indiscriminada” etc) no pudo lograr sus objetivos a causa de una descoordinación manifiesta entre el sistema de metas de inflación y el ajuste fiscal tan parsimonioso que derivó en un ajuste hacia atrás, aumentando el déficit financiero, en vez de reducirlo, y haciendo entonces que los esfuerzos del entonces presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger, por cumplir con el ritmo propuesto de reducción de la inflación, se tornaran vanos.
Diferencias en lo fiscal y cambiario respecto a las anteriores experiencias
Como ventaja frente a la situación de los 90 o la mencionada de la gestión Macri, hoy existe superávit fiscal, y un sistema cambiario de ajuste gradual de bandas que por su propia naturaleza tiende hacia un sistema cambiario de flotación pura.
Mientras el proceso de desinflación se retome, abandonando la inercia de los últimos meses, no se podría acusar al gobierno de fomentar un “ancla cambiaria”, pues si el tipo de cambio se derrumba, será responsabilidad de las fuerzas de la oferta y de la demanda, y no de un sistema diseñado para generar atraso cambiario.
Evitándose los errores incurridos durante la Convertibilidad y bajo la administración Macri, un proceso de reformas estructurales que incluya la apertura comercial como parte de las mismas, podría resultar exitoso.
La apertura comercial no es una amenaza, sino una oportunidad.
El verdadero peligro es repetir la descoordinación del pasado.

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