El déficit invisible de Concordia
Una ciudad puede mostrar sus cuentas ordenadas y, al mismo tiempo, deteriorar su infraestructura, reducir la actividad económica y perder oportunidades de desarrollo. La obra pública en niveles históricamente bajos y las compras estatales que salen del territorio plantean una pregunta central: ¿alcanza con equilibrar el presupuesto si ese equilibrio no se transforma en progreso?
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Hay una clase de déficit que no aparece con claridad en los balances públicos. No figura como deuda bancaria, no devenga intereses y tampoco obliga a realizar pagos mensuales. Sin embargo, puede generar consecuencias económicas duraderas.
Es el déficit que se acumula cuando una ciudad deja de mantener su infraestructura, posterga inversiones necesarias, reduce sus compras dentro del territorio y pierde capacidad para impulsar la actividad económica.
Concordia podría estar atravesando precisamente esa situación: un escenario en el que el equilibrio financiero convive con un creciente déficit de inversión y desarrollo.
Los últimos datos del sector comercial ofrecen una señal de alerta. El 69,6% de las empresas relevadas por el Centro de Comercio, Industria y Servicios de Concordia registró una caída de ventas durante el primer semestre de 2026. El 68,7% informó una reducción de su rentabilidad y casi tres de cada diez anticiparon que podrían disminuir personal.
No se trata solamente de un mal momento para algunos comercios. Cuando caen las ventas, se reducen las compras a proveedores, se postergan inversiones, aumenta el endeudamiento tributario y se debilita el empleo. La contracción se transmite de una actividad a otra y termina afectando al conjunto de la economía local.
En ese contexto, las decisiones del sector público adquieren una importancia mayor. No porque el Estado pueda reemplazar al sector privado, sino porque administra dos instrumentos con capacidad para movilizarlo: las compras públicas y la inversión en infraestructura.
Hoy, ambos motores funcionan por debajo de sus posibilidades.
El dinero público también tiene territorio
Cuando el Estado realiza una compra no sólo adquiere un producto o contrata un servicio. También decide dónde se generarán la facturación, los salarios, los impuestos y la actividad económica asociada con ese gasto.
La reciente discusión sobre el sistema provincial de provisión de alimentos para los comedores escolares permite observar este fenómeno. Entre Ríos anunció una modalidad centralizada para abastecer desayunos y meriendas en 996 establecimientos, mediante una contratación cuyo presupuesto supera los $42.669 millones.
El objetivo de mejorar la calidad nutricional, fortalecer los controles y unificar la prestación es atendible. Sin embargo, el Centro de Comercio de Concordia cuestionó que la provisión se concentrara en una empresa radicada fuera de la provincia, desplazando a proveedores que operaban dentro del territorio.
La cuestión no consiste en defender automáticamente a cualquier empresa local. El Estado debe exigir precios razonables, calidad, capacidad técnica, transparencia y cumplimiento.
Pero una evaluación económica completa no puede detenerse en el precio unitario.
Cuando una contratación recae en una empresa de la región, una parte del dinero vuelve a circular en salarios, combustible, alquileres, transporte, servicios profesionales, impuestos y compras a otros proveedores. Si la adjudicación se concentra fuera del territorio, una proporción de ese movimiento económico se traslada a otra jurisdicción.
En economía regional, esta salida puede entenderse como una fuga del gasto público: recursos obtenidos, en gran medida, de los contribuyentes de un territorio que terminan produciendo efectos económicos en otro.
La centralización puede generar economías de escala. Pero también puede reducir la competencia, aumentar la dependencia respecto de un solo proveedor y excluir a pequeñas empresas que no cuentan con capacidad para disputar contratos de gran magnitud.
Por eso, comprar bien no significa comprar localmente a cualquier precio, pero tampoco significa comprar lejos por definición. Significa evaluar el costo total: precio, calidad, logística, cumplimiento, concentración de riesgos e impacto económico regional.
Las contrataciones pueden dividirse en lotes, organizarse por zonas, permitir la participación asociada de pequeñas empresas y establecer condiciones que mantengan la competencia. No se trata de cerrar el mercado, sino de evitar que la dimensión de los procedimientos excluya de antemano al entramado empresarial local.
El segundo motor detenido es la inversión municipal
Durante los primeros años de la actual gestión, la obra pública efectivamente ejecutada se ubicó aproximadamente en el 5% del gasto. En 2025 habría alcanzado cerca del 4%, frente a un promedio histórico del 14% al 15%.
La diferencia no es menor. Significa que por cada $100 administrados por el municipio, sólo alrededor de $4 se transformaron efectivamente en calles, desagües, edificios, redes, espacios públicos u otros activos de infraestructura.
El presupuesto 2026 prevé aproximadamente $18.850 millones para trabajos públicos, equivalentes al 15,2% del total. Pero en finanzas públicas una autorización presupuestaria no equivale a una inversión ejecutada.
El impacto económico comienza cuando la obra se proyecta, se licita, se adjudica, se construye, se certifica y se paga. Una partida que permanece sin ejecutar no mejora una calle, no compra materiales y no genera empleo.
Reducir la obra pública puede contribuir transitoriamente a mejorar el resultado financiero. Sin embargo, también genera una obligación futura que pocas veces aparece reflejada en las cuentas: el costo del mantenimiento postergado.
Una calle que no se conserva, un desagüe que no se amplía o un edificio que no se repara continúan deteriorándose. Cuando finalmente se interviene, el costo suele ser mayor. El ahorro inicial termina convertido en una erogación futura más elevada.
Esto constituye una forma de pasivo oculto. No aparece registrado como deuda, pero representa una obligación que la ciudad deberá afrontar tarde o temprano.
Desde el punto de vista patrimonial, una administración no mejora necesariamente por gastar menos si, al mismo tiempo, permite que sus activos pierdan valor. El resultado financiero puede ser positivo mientras el patrimonio público se deteriora.
Además, la construcción posee un efecto multiplicador importante. Cada obra moviliza trabajadores, corralones, transportistas, profesionales, talleres, pequeñas constructoras, comercios y prestadores de servicios.
Por eso, cuando la inversión municipal cae a niveles mínimos, no sólo se posterga infraestructura. También se retira demanda de una economía que ya muestra caída de ventas, menor rentabilidad y riesgo de pérdida de empleos.
No todos los superávits son iguales
La responsabilidad fiscal es indispensable. Un municipio no puede gastar permanentemente más de lo que recauda, acumular obligaciones sin respaldo ni sostener estructuras que no puede financiar.
Pero no todos los superávits tienen la misma calidad. Un resultado positivo puede obtenerse mediante una mejor recaudación, reducción de gastos innecesarios, modernización administrativa y mayor eficiencia. Pero también puede lograrse postergando obras, reduciendo mantenimiento o acumulando necesidades que deberán ser atendidas en el futuro.
Contablemente, ambos resultados pueden parecer iguales. Económicamente, son muy distintos.
El verdadero análisis fiscal no debe limitarse al saldo de caja. También tiene que observar la composición del gasto, la conservación del patrimonio, la calidad de los servicios y la capacidad del presupuesto para producir desarrollo.
Esa es la diferencia entre administrar solamente el flujo de fondos y administrar verdaderamente el patrimonio de una ciudad.
Del equilibrio financiero al equilibrio de desarrollo
Concordia no resolverá sus problemas esperando únicamente una recuperación nacional ni dependiendo de transferencias extraordinarias. Necesita construir una estrategia propia, basada en sus capacidades productivas, comerciales, turísticas y logísticas.
El primer cambio debe ser conceptual: el presupuesto no puede considerarse solamente un instrumento para controlar gastos. Debe ser también una herramienta de desarrollo.
Eso requiere publicar un programa anual de compras y obras, establecer metas verificables de ejecución, mejorar los plazos de pago, facilitar la participación competitiva de las pymes y evaluar el impacto territorial de las contrataciones.
También resulta necesario definir un nivel mínimo de inversión real, acompañado por una planificación plurianual de infraestructura. No toda obra es conveniente, pero la ausencia prolongada de obras tampoco es una política neutral.
Las prioridades deberían orientarse hacia proyectos que mejoren los servicios, reduzcan costos logísticos, fortalezcan las zonas productivas, recuperen espacios urbanos y estimulen la inversión privada.
No se trata de gastar más sin control. Se trata de evitar que el equilibrio fiscal se construya trasladando costos hacia el futuro.
Concordia necesita pasar de una administración concentrada en conservar recursos a otra capaz de transformarlos responsablemente en infraestructura, actividad y oportunidades.
En resumen, una ciudad no progresa porque acumula dinero en sus cuentas, sino porque convierte sus recursos en activos que mejoran la vida de su población y amplían su capacidad de producir. El verdadero desafío no es elegir entre equilibrio fiscal y desarrollo, sino lograr que el equilibrio sea precisamente la base del desarrollo.

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