Copa del Mundo 2026, cuando el resultado nos obliga a sacarnos la camiseta
Reflexiones sobre la final entre Argentina y España
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La final de la Copa del Mundo de 2026 dejó un claro y justo campeón. España superó al seleccionado argentino sin atenuantes, exhibiendo una superioridad incuestionable.
En las notas previas al decisivo juego, habíamos remarcado que la Albiceleste llegaba a esta instancia en circunstancias muy parecidas a las de 1993: con futbolistas agotados en lo físico, con el aval de ser campeona de América y ganando partidos a fuerza de jerarquía individual, pero con severas deficiencias en el juego colectivo.
Aquella vez, el límite fue Colombia con el contundente 5-0 en el Monumental. Un resultado que se definió por la efectividad cafetera, aunque el equipo de Basile al menos generó situaciones que chocaron contra Oscar Córdoba.
En esta oportunidad, en Nueva Jersey, Argentina no pateó al arco en noventa minutos ni generó juego. De no haber sido por la falta de contundencia de los ibéricos, el 1-0 final habría sido aún más abultado. España ganó por demolición; si esto fuera boxeo, se habría llevado la pelea por decisión unánime.
La trampa del exitismo y la intolerancia al fracaso
En 1990, durante mi paso por el colegio Capuchinos, una profesora de Geografía (Isabel, esposa del Dr. Gallegos y madre de un compañero) nos habló sobre un rasgo profundamente arraigado en la sociedad argentina: el exitismo.
Con el paso de los años, aquella enseñanza no solo permaneció en mi memoria, sino que vi cómo ese fenómeno se profundizaba en nuestro entorno.
Lo observamos a diario en las competiciones deportivas (particularmente en el fútbol), donde el éxito efímero se contrapone a una marcada intolerancia y a una “cultura del descarte” ante el primer traspié. No sabemos perder porque solo validamos el triunfo.
El mito de la victimización y el “nos odian”
Existen evidentes puntos de contacto entre la final jugada en Italia 1990 y la que acabamos de presenciar.
El pilar común es la narrativa de la victimización: la idea preconcebida de que el mundo entero está en nuestra contra, las supuestas campañas antiargentinas (que en los noventa eran silbidos al himno y hoy se viralizan en redes) y las quejas hacia los fallos arbitrales.
En 1990 se culpó al árbitro Edgardo Codesal por sancionar un penal discutible a cinco minutos del final, soslayando que previamente no había cobrado dos penales claros, uno para cada lado.
Tanto en Italia como en Nueva Jersey perdimos porque jugamos mal.
No generamos opciones de gol ni juego colectivo, y el planteo se redujo a intentar aguantar para estirar la definición a la tanda de penales.
Cuando la suerte cambió, el argumento futbolístico quedó totalmente al desnudo.
Las actitudes en la derrota: el espejo de lo que fuimos
Sorprendió negativamente la actitud del plantel tras el silbato final: darle la espalda al justo ganador para enmascarar ese gesto bajo la premisa de agradecer al público.
Cuando a la Argentina le tocó ganar, abundaron las burlas y los ademanes hacia los vencidos. Esta vez tocó perder, y la frustración se tradujo en desmanes y agresiones inaceptables por parte de futbolistas como Paredes o Molina, e incluso de un integrante del cuerpo técnico como el “Ratón” Ayala, quien debería ser ejemplo para los integrantes del plantel profesional.
En esa misma línea se enmarcan actitudes como la de Messi en el partido, enfocado en el gesto de Marc Cucurella al taparse la boca.
Nos lleva a plantearnos cómo podemos enmarcar la intención del mejor jugador del mundo para que lo expulsen: ¿ventajita, patrullaje moral o simple “buchoneada”?
Nos cuesta enormemente reconocer el éxito ajeno. Llegó a escucharse a periodistas calificados afirmar sobre la España campeona: “Yo no lo llamaría generación dorada”. Nos fascina que el mundo nos elogie, pero minimizamos sistemáticamente los logros de los demás.
En algún momento, para opinar con honestidad, hay que sacarse la camiseta.
El folclore, los medios y el foco extraviado
Los medios de comunicación han caído en una obsesión casi exclusiva alrededor de temas como los cánticos y el racismo.
En Brasil 2014 se popularizó el “Brasil, decime qué se siente...” como parte del folclore y la intensidad propia del hincha argentino.
Sin embargo, cuando las discusiones mediáticas se centran únicamente en la tribuna o en la polémica del momento, se termina invisibilizando el verdadero análisis táctico y deportivo de lo que ocurre en el campo de juego.
La sobriedad de Scaloni y la reconstrucción que viene
Dentro de este panorama, Lionel Scaloni ha sido el gran líder del proyecto. Un hombre sobrio, inteligente y medido. Un rasgo que sintetiza su calidad humana fue su actitud ante los miles de personas que se acercaron a saludarlo a su casa en Pujato, al salir a recibir a su gente con humildad, demostrando que el éxito jamás se le subió a la cabeza.
Es muy probable que estemos transitando los últimos días de Scaloni al frente de la Selección Mayor, marcando el inicio de un inevitable proceso de reconstrucción.
Es una pena que su ciclo termine con un partido para el olvido, pero el saldo final exige gratitud absoluta.
Salir segundo en un Mundial también es un mérito enorme.
Ojalá en la vida cotidiana muchos de nosotros pudiéramos salir segundos en algo, cuando por lo general ni siquiera figuramos en el reparto de la película.
Este logro debe valorarse en su justa medida, sin caer en el extremismo de creer que el fútbol es la patria.
La patria no es la pelota: se nutre a diario del esfuerzo silencioso de millones de personas anónimas sin cuyo aporte la Argentina sería, simplemente, una construcción abstracta.

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