El hilo invisible entre 1993 y 2026: por qué el triunfo ante Suiza exige mirar al pasado
El pase a las semifinales dejó innumerables reflexiones sobre lo actuado por nuestra Selección hasta esta instancia y, fundamentalmente, sobre lo que sucederá en unas cuantas horas. Sin embargo, antes de adentrarnos en el análisis del partido del último sábado en Kansas City, resulta imprescindible trazar un puente hacia la historia de la Albiceleste.
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Específicamente, hacia aquel momento en que los resultados positivos enmascararon la alarmante falta de un buen funcionamiento colectivo.
Los invito a recordar lo sucedido el 1 de julio de 1993 en el Estadio Monumental de Guayaquil. Aquella semifinal de Copa América entre Argentina y Colombia se convirtió en un encuentro bisagra para ambos seleccionados.
Fue un partido sumamente cerrado y friccionado. La Argentina del Coco Basile apostaba al orden defensivo y a los chispazos de Gabriel Batistuta y el “Beto” Acosta; enfrente, la Colombia de Francisco Maturana desplegaba su característico juego de posesión y toque corto liderado por Carlos “El Pibe” Valderrama, asistiendo a delanteros peligrosísimos como Faustino Asprilla y Adolfo “El Tren” Valencia. A pesar de las situaciones de gol en ambas áreas y del desgaste físico, el marcador no se abrió en los 90 minutos reglamentarios.
Faltando aproximadamente 25 minutos para el cierre, Colombia se quedó con diez jugadores por la expulsión del defensor Luis Carlos Perea. Paradójicamente, a partir de allí, el seleccionado cafetero jugó mejor y a nuestra Selección le costó horrores hilvanar jugadas claras. El equipo de Basile venía arrastrando un desgaste físico tremendo en ese torneo —tras eliminar a Brasil por penales en cuartos— y esa tarde la falta de ideas se profundizó tras la tarjeta roja rival. Colombia se plantó muy bien tácticamente, mantuvo la posesión gracias a la jerarquía de Valderrama y neutralizó por completo las embestidas de una Argentina, que terminó apostando ciegamente a los centros.
Al final, la paridad llevó el partido a los penales, donde la mística de Sergio Goycochea tapando el remate de Aristízabal terminó salvando la ropa y metiendo al equipo en la final.
De los laureles al abismo
Meses después, la realidad pasó factura en las Eliminatorias para el Mundial de Estados Unidos 1994. La Selección Argentina arrastraba un histórico invicto de 31 partidos (18 victorias y 13 empates) bajo la conducción de Basile, un ciclo espectacular iniciado en febrero de 1991 que incluía dos Copas América y la Copa Rey Fahd 1992. Pero la racha se quebró el 15 de agosto de 1993 en el Estadio Metropolitano de Barranquilla, donde Colombia venció 2-1 con goles de Iván Valenciano y “El Tren” Valencia; Ramón Medina Bello descontó para la Albiceleste.
Aquel fue solo el anuncio del golpe definitivo que terminaría por sacudir a esa generación. El famoso 5-0 ocurrió apenas unas semanas después, el 5 de septiembre de 1993, en el Estadio Monumental de Buenos Aires.
En la última fecha del grupo, Argentina necesitaba ganar para clasificar directo, pero el baile de Colombia fue monumental. Las consecuencias históricas fueron brutales: el equipo entró al Mundial “por la ventana”, quedando tercero y obligado a jugar el repechaje contra Australia, lo que forzó el regreso de emergencia de Diego Armando Maradona.
Las alarmas del presente
¿Qué relación podemos encontrar entre aquel 1993 y la actualidad del Mundial 2026? Los errores acumulados por el entonces campeón de América —falta de eficacia ofensiva y desacoples defensivos que luego implosionaron en las Eliminatorias— estuvieron largamente maquillados por victorias pírricas. Algo similar a lo que ocurre en el presente, más el desgaste físico.
Por supuesto que existen diferencias. Del técnico de 1993 —cuyo estilo me identifica por su verticalidad y su vocación ofensiva, aun a riesgo de quedar con la “manta corta”, como decía Tim, el DT brasileño de Los Matadores del 68— podemos remarcar que sus formas difieren de las de Lionel Scaloni.
El “Coco” tenía un trato conflictivo con la prensa y repetía el equipo de memoria; Scaloni, en cambio, mantiene una relación pacífica con el periodismo y solo repitió formación cuatro veces en más de cien partidos. Además, aquel cuerpo técnico no toleraba las críticas, que eran sistemáticamente tapadas por los triunfos.
Es muy valorable que Scaloni, al terminar el match contra Suiza, se haya permitido disfrutar, pero ofreciendo de inmediato una fuerte autocrítica sobre el juego colectivo. Escuchamos a periodistas sugerir que en el altar de la consagración pasada se matizaba un sufrimiento parecido al actual.
Es verdad, se sufrió, pero los contextos no son iguales: la Selección de 2022 tenía posesión del balón, controlaba mayoritariamente los partidos y abría brechas en defensas cerradas, a pesar de aquellos desacoples aislados que la llevaron a definir por penales.
Diagnóstico de la Selección actual
Hoy el panorama es distinto. El equipo ha mostrado un juego lento; en los últimos dos partidos a nuestra estrella, Lionel Messi, le costó sacarse rivales de encima y el resto de los mediocampistas no generaron volumen de juego claro ni directo.
En el último encuentro, fue preocupante la facilidad con la que se le cedió la pelota al rival. Todo cambió, recién, con la expulsión del “9” suizo.
Dentro de lo positivo, cabe destacar el notable despliegue físico de Julián Álvarez y su capacidad para recuperar pelotas que terminaron generando los terceros goles tanto contra Egipto como contra Suiza.
También el aprovechamiento de los tiros de esquina, ganándole en las alturas a un rival de gran porte como el suizo a través de una sólida marca en zona. Dado que los ingleses marcan de igual manera, explotar estas acciones de pelota parada será fundamental en lo que viene.
No se puede obviar que la fortuna jugó su papel el pasado sábado. La expulsión del delantero suizo cambió el rumbo del partido gracias a la intervención directa del VAR.
Asimismo, la oportuna lesión de Leandro Paredes imposibilitó la decisión inicial del técnico de cambiar a Julián Álvarez por el “Flaco” López (quien finalmente ingresó por el volante de Boca). Gracias a ese imprevisto, la “Araña” quedó en el campo de juego y terminó marcando el excepcional gol que selló la clasificación.
Un partido de fútbol, no una guerra
Se viene Inglaterra, y con ello, la última reflexión. Es un partido de fútbol, no una guerra; no se trata de Malvinas. El fútbol es un deporte y no podemos permitirnos el desborde pasional, sobre todo en tiempos donde la disciplina se profesionaliza al extremo o se tiñe de discursos hipercompetitivos, casi bélicos.
Abordar el juego desde la camaradería, el respeto mutuo y la competencia leal nos devuelve a su verdadera esencia.
El deporte debe ser siempre un puente de unión, superación personal y encuentro; un espacio de honor donde el rival es un adversario noble al que se intenta superar, y nunca un enemigo al que se busca destruir.

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