Argentina finalista; el triunfo del potrero sobre el león mezquino y amarrete
El Mercedes-Benz Stadium de Atlanta fue testigo de otra página excepcional de la Selección Argentina, que borró de la cancha a Inglaterra en un segundo tiempo grandioso para ganarle 2-1 y sacar boleto a la final de la Copa del Mundo contra España.
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El fútbol, en su esencia más pura, suele ser un detector de fraudes, versos y de los vendedores de humo. Cuando la pelota y las papas queman, la especulación en un mata-mata se paga con la eliminación. La semifinal entre Argentina e Inglaterra fue la prueba de esta máxima. Tras una primera parte donde los nervios y las fricciones congelaron el juego, el complemento se transformó en una obra de arte táctica y emocional. Argentina, herida en su orgullo, sacó una vez más a relucir su chapa de campeona defensora para dar vuelta el resultado en una ráfaga electrizante.
Primeros escarceos
La rivalidad histórica sobrevoló Atlanta desde el silbatazo inicial. El primer tiempo fue trabado, físico y áspero, con escaramuzas constantes; un cruce caliente entre Lionel Messi y Jude Bellingham marcó el pulso de las pulsaciones elevadas. Lionel Scaloni sorprendió de inicio con Giuliano Simeone para darle recorrido a la banda, pero el circuito de juego argentino no fluía con comodidad ante una Inglaterra sólida con su 4-2-3-1.
Aun así, Argentina mostró pasajes positivos en la primera etapa en el mediocampo con Leandro Paredes como eje distribuidor; Enzo Fernández buscó desde afuera y aportó muchísimo en la contención; Alexis Mac Allister insinuó romper la última línea inglesa con algún pase entrelíneas (como lo hacía en el anterior mundial) y colaboró en la recuperación, mientras que Messi intentó algunas apiladas bajo la mirada de un juez estricto que no cobra algunas caídas del astro argentino. Lo mejor de ese primer periodo estuvo en la firmeza de Cristian Romero, Lisandro Martínez y Nicolás Tagliafico. Por el contrario, Nahuel Molina estuvo impreciso en la marca y no logró lastimar cuando se proyectó al ataque.
A los 55 minutos llegó el golpe británico. Anthony Gordon definió tras una desatención defensiva (a Molina le ganaron la espalda y quedó estático mirando el balón) para poner el 1-0. En ese instante, donde muchos habrían entrado en pánico, Argentina decidió rebelarse y jugar al fútbol.
El gol de Gordon, trajo de vuelta el buen juego argentino: posesión y asedio
A partir del gol inglés, el partido cambió de dueño de manera absoluta. El segundo tiempo de la selección argentina rozó la perfección conceptual. Se adueñó de la pelota con una posesión que superó el 65% en ese tramo, ensanchó la cancha y acorraló a su rival a base de triangulaciones rápidas.
Las llegadas al arco de Jordan Pickford comenzaron a sucederse en ráfagas: remates de media distancia de Mac Allister (2 pelotas en los palos), desbordes profundos y un Messi que, flotando entre líneas, empezó a resquebrajar el bloque bajo inglés. Fue un monólogo celeste y blanco ante una multitud que empujaba desde las tribunas. La estadística de los últimos 35 minutos del encuentro es elocuente: Argentina registró un 68% de posesión frente a un mezquino 32% de Inglaterra.
Scaloni vs. Tuchel: El ajedrez de los DT
La remontada no se explica únicamente desde el temperamento; se comprende desde las decisiones tácticas de los DT Aquí es donde Lionel Scaloni le dio una lección de lectura de juego a Thomas Tuchel.
* Los aciertos de Scaloni: Viendo que el equipo necesitaba recuperar la intensidad en la presión alta y poblar el área rival, mandó a la cancha a Rodrigo De Paul para morder en la salida y a Lautaro Martínez para fijar a los centrales ingleses. El ingreso de Nico González por izquierda rompió la monotonía táctica. (Debo confesar que, en el momento, la salida de Paredes me generó dudas y no terminó de gustarme. Sin embargo, comente con quienes mire el partido que el DT convive a diario con los jugadores, conoce su estado físico y mental, y las decisiones le terminaron dando la razón por completo).
* El suicidio de Tuchel: El DT alemán pecó de conservador de manera alarmante. Tras ponerse en ventaja, retiró al goleador Anthony Gordon para meter al defensor Ezri Konsa, plantando una línea de cinco mentirosos —que por momentos se convertía en un bloque de siete defensores— y entregándole por completo la iniciativa a la Argentina. Renunciar al ataque para colgarse del travesaño frente a los campeones del mundo fue una invitación a la tragedia que el equipo inglés terminó pagando cara.
La justicia llegó en el final del encuentro
El fútbol hizo justicia sobre el final. Al minuto 85, Enzo Fernández, erigido como el verdadero termómetro del mediocampo, frotó la lámpara: encontró un espacio fuera del área grande y sacó un latigazo inapelable de media distancia que dejó sin opciones a Pickford. Era el 1-1 y la clara sensación de que el alargue le iba a quedar chico al hambre de gloria argentino.
Con Inglaterra todavía grogui y desorientada por el planteo temeroso de su propio técnico, llegó la estocada final al minuto 92. Tras un centro quirúrgico de Messi, Lautaro “El Toro” Martínez se elevó por encima de los espigados centrales británicos para meter un cabezazo letal de goleador de raza. Fue el 2-1 definitivo, desatando la locura ensordecedora en el estadio y el desahogo de cuarenta y cinco millones de argentinos.
La final contra España y la búsqueda de la cuarta estrella
El domingo espera un examen de máxima exigencia en el MetLife Stadium de Nueva Jersey contra la España de la juventud y el vértigo. Será un choque de estilos fascinante.
La Furia Roja llega mostrando un juego dinámico, rápido por las bandas, de alta precisión estratégica y con un mediocampo de lujo.
Para Argentina, la final significará controlar el ritmo físico, adormecer las transiciones rápidas de los españoles y volver a exhibir esa madurez táctica que el equipo de Scaloni suele sacar a relucir en las grandes citas.
La Scaloneta está a solo 90 minutos de conseguir su cuarta estrella mundial y, a juzgar por el fútbol y el corazón mostrados ante Inglaterra, hay motivos de sobra para creer.

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