Una ventana a la plaza 25 de Mayo
La gente pasea, se sienta, cruza, apura el paso y es una pena que pocos perciban la carpa de los despidos, encarnación personal de los pesares y de la resistencia. Comercios y bancos, trámites y fósiles divagues en los Bares, blindados y miseria, arrojada en la vereda, restos humanos tragando podredumbres, durmiendo vencidos al umbral de una Iglesia enrejada, opaca y ciega.
“Lo que pasa con el alma es que no se ve, lo que pasa con la mente es que no se ve, lo que pasa con el espíritu es que no se ve, ¿de dónde viene esta conspiración de invisibilidades?” (1), no lo sé Alejandra, pero es un problema que el alma se vuelva oculta, muerta y recóndita, es una tragedia la indolencia y la apatía. Están allí esas mujeres, como Memoria persistente de un infortunio y una lucha, interpelando una plaza poblada de símbolos, paisajes, arte y cultura. Marta y Julieta están ahí, como parte de un enmarañado escenario de edificios, parajes y peatones que van y vienen, están en su precaria carpa, cerca del monumento a la Madre y del banco rojo que recuerda la violencia machista, la madre y la hija, la madre encadenada que reclama la restitución al trabajo de sus hijas, de su dignidad y sus sueños, de la arbitrariedad, la injusticia y cuando una Madre, cuando las Madres han luchado en una plaza, han sido invencibles y libres como el vuelo interminable de las palomas que surcan y aterrizan victoriosas . Está la carpa, para ubicarse, a un paso del árbol de la amistad y de la fuente que cobijaba al” Muchacho del Paraná”, que rebautizamos “El niño pescador” y que Inés Marcó describió como “El niño que copia el gesto del pescado que tiene entre sus manos: mantiene la boca abierta, desesperado, tratando de tomar aire en un mundo que no hará más que asfixiarlo….”(2), icónico gurisito, pobre pescador de la ribera, rodillas lastimadas, descalzo, sorprendido y gozoso, duro destino litoraleño, fue llevado al Museo, contiguo a la mayólica imponente de la pintura “Día de Sol en la boca” de Quinquela Martín, que obra fabulosa!. Solo ese maravilloso carbonero, pobre huérfano y talentoso de la boca, podía captar el yugo sufrido de los estibadores en las espaldas combadas de una actividad portuaria y febril. Artistas al fin, de la aldea, del barrio, de una comunidad que denuncia en la creación las desigualdades y la explotación del hombre. En la misma vereda, a unos pasos, en la plazoleta Belgrano, está emplazada la escultura del hombre bandera del genial artista plástico Nicolás Pasarella, obra que flamea sobre el fondo de la biblioteca infantil “Graciela Cutro” narradora de la ternura, infinito recuerdo de la voz del alma de los niños. ¡Cuántos artistas excepcionales, si bien se mira, han dejado su trazo indeleble en los alrededores de la plaza!, cuanta marca del pasado grita su eco en un presente abrumado de injusticias; Belgrano recordándonos su enseña, su entrega por la libertad, por la igualdad, la educación, y el libertador en el centro de la Plaza, señalando al cielo de la independencia y la liberación de una Patria cada vez más en riesgo. La Plaza y su entorno, un poco más allá de los niños corriendo palomas, de artesanos y palos borrachos, de bellos canteros, de flores, de las torcazas y benteveos, cruzando apenas Pellegrini, se escuchan los ecos de un pasado fratricida que pagó sangriento, defecciones y olvidos, reflejada en la placa que recuerda el cruento asesinato de los hijos de Urquiza, en la esquina del Hotel Colón, grietas y heridas que atraviesan el presente. Es la plaza, esta plaza y las plazas, no solos paseos abiertos, entre árboles y aromas, sino ese foro, ese espacio de encuentro, de históricas luchas, el espacio privilegiado del acontecimiento colectivo, del desahogo, de marchas y contramarchas, de resistencia y denuncia, de frustraciones y anhelos, de oposición firme y manifestación actual contra los estragos que los gobiernos asestan a docentes, jubilados, discapacitados, universitarios, trabajadores, el lugar preciso donde la comunidad grita, a voz en cuello, la defensa de la Patria. En esa, nuestra plaza, habitada de paisajes, de arte, de historias, de sueños y esperanza, está la carpa de Marta y Julieta que recuerda y auguran, con admirable entereza y dignidad, los efectos devastadores del desempleo y la miseria, de la profundización inminente de la explotación, y el arrasamiento de los derechos laborales, en un país apático y cruel y una ciudad dormida. Es hora de salir del letargo y el alelamiento, es hora de que las miremos.
(1) - En esta noche, en este mundo, de Alejandra Pizarnik
(2) - Niño del río, de Inés Marcó

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