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La búsqueda y el mantenimiento de una identidad es un objetivo que, conscientemente o no, todo ser humano persigue. Asumir su necesidad y defenderla constituye una tarea que, de alguna forma, se ha tornado dificultoso y permeable a influencias de todo tipo que procuran reducir la importancia de la identidad en cada individuo.
El crisol de razas que se ha generado, a partir de las migraciones sucesivas y permanentes en la mayor parte de Occidente, se ha manifestado en generaciones con variopinto intercambio e integración de culturas diversas.
Naturalmente, ha habido países y regiones donde esa combinación ha permitido confluir en integración de identidades con mayor facilidad. En otros la resistencia de algunos sectores impidió y por el contrario el impulso agresivo de éstos apostó a imposibilitar esa mixtura. Más grave aún, se ha combatido a aquellas etnias o pueblos a las que se consideraba invasivo y/o inferior. No obstante, algunos de ellos intentaron mantener, con grandes dificultades, su propia identidad.
Los afroamericanos han sido uno de esos grupos que generaron y generan enorme resistencia en la sociedad norteamericana. En función de ello, y con grandes contratiempos, han perseguido conservar una identidad que les permita mantener, ante el embate de los supremacistas, un espíritu colectivo. Numerosos artistas han contribuido a esa empresa, mostrándose orgullosos de su origen, cultura y representatividad.
James Brinkley es un escritor norteamericano afroamericano. Nació en Virginia en 1976 y vivió parte de su infancia en el vecindario de Fort Greene, en el noroeste del distrito de Brooklyn en Nueva York. Barrio que desde principios del siglo XIX tuvo una importante presencia de afroamericanos, de forma tal que la primera escuela para ese grupo, la “Escuela de color N° 1” se estableció en el año 1837 allí. Hoy, el sitio donde había funcionado la escuela, es el Walt Whitman House, en homenaje al gran escritor norteamericano que, algunos años, también vivió en ese barrio.
Brinkley luego residió en el Bronx. Se graduó en la Universidad de Columbia; contó con becas de la Conferencia de Escritores del valle de Napa (en California), del Taller de Escritores Tin House y de la Conferencia de Escritores Bread Loaf; obtuvo una maestría en Bellas Artes en escritura creativa del Taller de Escritores de Iowa y más tarde fue becario de ficción en el Instituto de Escritura Creativa de Wisconsin.
Esa capacitación le ha permitido publicar un par de libros que lo han hecho trascender como un notable escritor de ficción. En sus libros alude a la temática de los afroamericanos, con especial ahínco en la identidad.
En 2018 publicó “Un hombre con suerte”, nueve cuentos que le valieron ser finalista del Premio Nacional del Libro, uno de los premios más prestigiosos que se conceden en Estados Unidos. Saul Bellow en tres oportunidades, William Faulkner y John Updike en dos y John Cheever, Thornton Wilder, Joyce C. Oates, Flannery O´Connor, Eudore Welty Cormac Mc Carthy y Susan Sontag fueron algunos de los galardonados con ese premio. Además, el libro de Brinkley obtuvo el premio Ernest J. Gaines a la Excelencia literaria y el Josephine Miles y fue finalista de la categoría John Leonard del premio del Círculo Nacional de los Críticos.
Los nueve cuentos de Brinkley abordan la realidad de los afroamericanos en los suburbios de Nueva York. De fácil lectura, de veinte páginas casi todos los relatos, son historias de jóvenes que aspiran a desarrollarse en una sociedad que, para ellos, es inhóspita; con padres presos y madres que sostienen las familias con trabajos esporádicos, mal remunerados y sumidos en un permanente sacrificio. La comunidad blanca está ubicada en un plano secundario en los cuentos.
En ese marco, es un acercamiento a la masculinidad en cuanto a lo que significa ser hijo, padre, amigo y/o marido. Brinkley se despega de estereotipos y pulsiones morales. Los hombres de los cuentos deben conjugar los desafíos que le infringe la relación con las mujeres frente al cuestionamiento de la hegemonía masculina y se muestran sometidos a situaciones diversas, pero exteriorizando debilidades verosímiles.
Su segundo libro de cuentos, “Testigo” de 2023, fue finalista de dos premios, el Aspen Words Literary Prize del Aspen Institute y el Premio Faulkner del PEN Internacional. En los nueve cuentos, también de una duración cercana a las veinte páginas cada uno, hay una acción de interpelación respecto a la sociedad y como se trata a las personas.
El testigo al que se alude en el título del libro es aquella persona que es espectador o partícipe secundario de hechos que les suceden a otros. En esa visión externa de los acontecimientos, una especie de cosmovisión personal, Brinkley apuesta al lector como un intérprete considerado de las vivencias sufrientes, desgarradoras o meramente cotidianas de otras personas. “¿Cómo actuamos cuando somos testigos del dolor, de la injusticia y de la miseria? ¿Cuál es el costo de comprometerse?” plantea el autor.
Al ejercicio de la observancia alude Brinkley, "Creo que hay que mirar", dice y agrega "Se trata de encontrar ángulos interesantes que permitan observar con más atención a las personas dentro de estas historias”. Lo expresa en función de identificarse con el protagonista de los cuentos. Sea alguien como Simone, que sobrelleva varios años el dolor del asesinato de su hermano por parte de la policía. O Bernice, cuya voz no es escuchada por los médicos hasta cuando ya fue irremediable. O Anita que, en una reunión familiar, recomienda a su hija un determinado comportamiento dado que “su doble carga, ser negra y mujer, la obligaba a ser más cuidadosa e inteligente que cualquier otra persona”. Son seres atravesados, a la vez, por la esperanza como por el desencanto.
Con estos dos libros Jamel Brinkley, a partir de su condición e identidad afroamericana, se convierte en una voz cálida, necesaria, oportuna y conmovedora. En la tradición de la literatura norteamericana que muestra seres, vivencias, realidades y marginaciones, muy lejos del “American way of life”, el estilo de vida que estratifica, posterga y condena impiadosamente detrás de una máscara edulcorada e irreal.

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