“Soñar, soñar”. Cincuenta años del Favio más poético
ENTRE PÁGINAS Y PANTALLAS
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Los grandes cineastas abordan en su filmografía unidades temáticas que los terminan identificando. Así el cine de Fellini se caracteriza por los recuerdos, los sueños, la figura y presencia de la mujer en la vida del hombre. El de Bergman, es un cine de angustia existencial, interés por la muerte y las relaciones de pareja. Mas recientemente el cine de Petzold es una reversión de clásicos de otros directores y se interesa por la incomunicación y la soledad.
Muchos críticos han observado en el cine de Leonardo Favio tres espacios temporales con características particulares. En la primera etapa de su filmografía, tres películas, “Crónica de un niño solo” (1965), “El romance del Aniceto y la Francisca o Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de como quedó trunco, comenzó la tristeza … y unas pocas cosas más” (1967) y “El dependiente” (1969) aluden a la infancia, a su Mendoza natal, a historias de pueblos chicos y seres influidos por el contexto y las conductas sociales, con características de cine de autor. En su segunda etapa, “Juan Moreira” (1973), “Nazareno Cruz y el lobo” (1975) y “Soñar, soñar” (1976), Favio se acerca a mitos y leyendas populares, con historias de entregas, sacrificios y ambiciones de superación, un cine más popular. En la tercera parte de su cine, luego de retornar del exilio, el cine de Favio es un cine de identidad nacional y política con “Gatica, el mono” (1993) y “Perón, sinfonía de un sentimiento” (1999), principalmente.
Con el paso de los años, “Soñar, soñar” pasó a ser considerada por muchos críticos y admiradores del cine de Favio, como su mejor película. Incluso, el director ha declarado que era la película a la que le tenía más cariño. Estrenada el 8 de julio de 1976 en el cine Callao y pocos cines más, sin el subsidio del Instituto de Cinematografía al no declarársela de interés especial (una marcada discriminación por el compromiso político de Favio) “Soñar, soñar” estuvo nada más de que dos semanas en el circuito cinematográfico (lo que para aquellos años significaba un fracaso) y durante mucho tiempo fue subestimada e ignorada, fundamentalmente por la persecución y la censura de que fue objeto Leonardo Favio.
La película es un dislate sentimental y melodramático. Sobre seres marginales, provincianos, huérfanos de afectos, desclasados que llegan, como tantos, a la capital buscando un futuro promisorio que contenga felicidad y un destino de grandeza. Como afirma Florencia Eva González en su libro “Fantasmal – Inventario crítico del cine argentino de 1897 a la actualidad” “es la historia de amistad entre un chanta y un inocente, una pareja diletante (…) invadida por la misma melancolía y complejidad”.
Mario “el rulo” (el cantante italo-argentino Gian Franco Pagliaro), es un artista de variedades, un trotamundos que recorre los pueblos del interior interpretando números artísticos y se encuentra en el pueblo de “Tres esquinas” con Carlos (Carlos Monzón), un empleado municipal que aspira ser artista. Mario convence a Carlos de ir a Buenos Aires persiguiendo la fortuna. Lo encuentra parecido a Charles Bronson y por ello lo apoda “Charlie”. Charles Bronson (Charles Dennis Buchinsky) fue un actor norteamericano de origen ruso-lituano intérprete de numerosas películas de acción en papeles de hombre duro que ejercía violencia en sus actuaciones y era físicamente parecido a Monzón. “Charlie” se toma tan en serio la similitud que hasta intenta chapucear en inglés, mirándose en el retrovisor de su bicicleta, un “okey. beibi”.
Comienza entre Mario y “Charlie” una relación afectiva. Mario convence a su nuevo amigo respecto a la quimera de la actuación artística. “Charlie” en su inocente ingenuidad se siente fascinado por la personalidad de Mario, admira su perfil bohemio; intenta emularlo, de forma tal que termina enrulando su cabello en una escena antológica en la que se ve a Monzón con ruleros. Una imagen absolutamente inaudita y disruptiva, debida al fantástico manejo de la ironía y el desafío con que Favio siempre concibió su cine.
Alberto Farina en su libro sobre Favio, transcribe al director cuando en referencia a su película, dice: “es una especie de catálogo de sucesos e impresiones vividos por mi época de vago, de aventurero, con el bichito del espectáculo picándome constantemente. En “Soñar, soñar” doy forma a ciertas imágenes lejanas, a las que ahora veo como una ensoñación, como por teleobjetivo”.
A partir de la travesía que acometen los protagonistas se va perfeccionando una relación intensa, de un afecto sincero y espontáneo, propio de seres sensibles y puros; “dos tipos que se quieren (…) Dos tipos que no tienen ni donde caerse muertos, uno engañado y otro un boludo alegre, un trashumante”, afirmó en una entrevista, Gian Franco Pagliaro. El propio director al respecto afirmó: “el clima general es de una gran ternura. Si uno quisiera intelectualizar la cosa, sería un llamado de atención: no se puede soñar y soñar por que sí. El sueño es positivo. Y cuando es un hecho creativo, pero también cuando está relacionado con la realidad. Si no es el delirio”. De todas maneras, las personalidades son manifiestas. Mario, un desfachatado, impúdico, aventurero, engañador, displicente en su soberbia. “Charlie”, incauto, inocente, iluso, aspiracional en su ensoñamiento.
Si bien la relación entre los dos protagonistas es el eje de la película, incluso con sus chistes en escenas increíbles, el tratamiento estético se integra con elementos poéticos. La escena inicial con las frutas envueltas en plástico vistas a contraluz, en el marco de un paisaje idílico. Los rayos de sol que envuelven a “Charlie” en su tránsito por el pueblo en la bicicleta. El número casi bizarro de Mario cantando con fonomímica en el bar “La ilusión”. Y entre tantas, las miradas entre los protagonistas.
Favio también le suma vértigo, intensidad en las actuaciones por las que los protagonistas intentan congraciarse con un público que le permita subsistir. “Antes muerto que vencido” es un grito repetido de Mario, persistente y desafiante. La arrogancia impostada de Mario es contagiada a “Charlie” “lo que pasa que este país nos queda chico” (..) son todos maricones ¿sabés la roncha que puede hacer en Europa un tipo con la facha de recio que vos tenés?,” le dice Mario cuando ya la propulsión de la desfachatez los ha impulsado a habituales impertinencias. Favio y el co-guionista Zuhair Jury juegan con la figura del propio Monzón que, al momento del estreno del film, había protagonizado “La Mary” (1974) de Daniel Tinayre con Susana Giménez y westerns en Europa.
A propósito, la elección de Pagliaro, un cantante sin experiencia, pero digno en su actuación y fundamentalmente la de Carlos Monzón, fue una apuesta popular e integradora de Favio y terminó extrayendo lo mejor de cada uno. De forma tal que Osvaldo Soriano en “Piratas, fantasmas y dinosaurios” respecto a las escenas en las que intervino Monzón, escribió: “una sola pareció conmovedor: en la película de Leonardo Favio, con Gian Franco Pagliaro “Soñar, soñar”. Ahí Favio lo hizo hacer de provinciano cobarde, sensible y soñador que, por estúpido, iba a parar a la cárcel”.
Y llega la cárcel para Mario y “Charlie”. Final que según cuenta Florencia Eva González en el libro mencionado no era el original, pero que Favio lo cambia en función del encierro que vivía el país. La cárcel es el ámbito en el cual los protagonistas siguen jugando con la credulidad de sus espectadores, en el número del “Cowboy-telépata” en que “Charlie” “adivina” los números que los otros presos tienen en sus uniformes. Esta historia de perdedores, idealistas y esperanzados es un canto de tolerancia y resistencia. Como el resto de los protagonistas de Favio. En función a ellos, dicen David Oubiña y Gonzalo Moises Aguilar en su libro “El cine de Leonardo Favio”, “vencidos de antemano, sumergidos en la tragedia por designios sociales o divinos, la lucha es lo que los dignifica, lo que les da esa dimensión de héroes pese a todo”.
Los cincuenta años del estreno de “Soñar, soñar” nos interpela a revisitar la película. El rescate de la fraternidad entre semejantes, el reto a soñar e ilusionarse a pesar del contexto y la resistencia ante la indiferencia, la estigmatización y el desprecio es valorado a partir de esta película de Favio, convertida en objeto de culto entre los cinéfilos.

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