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No siempre todo es tan claro como parece. Las apariencias engañan, es una vieja y repetida frase que permite explicar lo que, a primera vista, parecería inexplicable. El espíritu gregario, emerge cuando menos se lo espera. En tiempos de crueldad explícita, encontrar humanidad en lo colectivo, por lo menos, consuela.
En el inicio de “Sirât. Trance en el desierto” (2025), película del franco-gallego Ólivier Laxe, Luis, acompañado por su hijo menor, Esteban, se incorporan al circuito de las fiestas electrónicas (Rave) en los desiertos del norte de África, buscando a su hija de la que hace cinco meses no tiene noticias y que formaba parte del grupo de concurrentes a esas fiestas.
En ese ámbito inhóspito, por la geografía y las variaciones de temperaturas que se producen en los escenarios donde se convocan los entusiastas de esas fiestas, se le suma un conflicto bélico que, en un momento, se identifica como el comienzo de la tercera guerra mundial.
La incursión de una patrulla militar impide la consecución de la fiesta que se estaba llevando a cabo, al comienzo del film, en el desierto del Sahara en Marruecos. Luis, impulsado por su hijo, a pesar de sus resquemores, escapa de los controles siguiendo a un grupo de freaks que, le han dicho que su hija podría estar en otra fiesta en un desierto cercano al que no le recomiendan ir por ser peligroso. No obstante, Luis y su hijo siguen a ese grupo, que se desplaza en dos vehículos desvencijados y se escabullen del control militar a fin de seguir la ruta de las raves o incluso realizar sus propias fiestas electrónicas.
Lo que en principio es un viaje en el desierto entre Luis, su hijo y seres desconocidos y, en parte, enigmáticos que no parecen tener ni destinos ni objetivos comunes, se va, paulatinamente, mutando en una convivencia donde se integran dos mundos (civilizado, uno y extático, otro).
El colectivo de los concurrentes a las fiestas rave (delirio es su traducción) con su música operada electrónicamente adhieren en su forma de vida al manifiesto rave que expresa, entre otros conceptos, “nuestro estado emocional es éxtasis, nuestro alimento es el amor, nuestra adicción, la tecnología, nuestra religión, la música”. El inicio de esas fiestas fue en los años ´80 en Inglaterra en encuentros que rozaban la ilegalidad llevados a cabo en los almacenes abandonados por el ajuste neoliberal de Margaret Thatcher. Los personajes de la película de Laxe son auténticos integrantes de ese colectivo, no profesionales de la actuación que, habitualmente, participan de las fiestas.
“Sirât” (nombre del puente que une el Infierno y el Paraíso de acuerdo al islamismo y al que se lo considera más estrecho que una hebra de cabello y más afilado que una espada -según se enuncia en el comienzo del film) es una película respecto a la cual es imprescindible no anticipar los giros que se van produciendo en el argumento, porque se va desarrollando en capas y el avance del guion devela situaciones inquietantes y a la vez perfecciona un sentido de integración en una comunidad que comparte desde el combustible, la comida, la cama y la incertidumbre respecto al futuro.
El director consigue una película apasionante, aguda, de una belleza conmovedora, con elipsis inesperadas e intensas, alejadas del convencionalismo y con referencias implícitas y no tanto a otros films que han constituido al desierto, como escenario y fundamento de la propia historia. Así “Mad Max” en sus distintas versiones, “Duna” e incluso “El reportero” de Michelángelo Antonioni son citas que no escapan al espectador. En “Sirât” el desierto es un salvaje mar de arena con su vastedad, sus tormentas y sus cornisas.
Desde el inicio la música hipnótica, incidental y diegética a la vez es un elemento sustantivo para integrar la pertinencia de la conformación de los personajes y el clima en el que trascurrirá todo el relato hasta el final; en cierta forma, inesperado. La música de las fiestas electrónicas es del Dj David Letellier (Kangding Ray). El guion, del propio director y del argentino Santiago Fillol está elaborado con una precisión pocas veces vista. Los personajes están sometidos a sensaciones inesperadas que los van integrando ante la presencia permanente de la muerte, integrada al ambiente.
Es la tercera vez colaboración entre Laxe y Filliol. En las dos anteriores, “Mimosas” (2016), en las montañas de Marruecos y “Lo que arde” (2019) sobre incendios forestales en Galicia hay una predilección por el paisaje. “Soy un cineasta de imágenes”, dice Laxe, “solemos trabajar (con Filliol) a partir de esas imágenes embrionarias que tengo en la cabeza”. En ese aspecto, la fuerza de las imágenes de “Sirât” son un condimento que potencia la crudeza del guion, Agrega Laxe “es una película que te obliga a mirar hacia adentro y, de alguna manera, morir. En cierta forma, “Sirât”, también es una forma de resistencia. De como el ser humano (en comunidad) transita situaciones desesperantes, cuando lo interior y el propio contexto se resquebraja en derredor. Y como, pese a todo, seguir.
Uno de los innegables méritos de la película es la elección de los actores. Sergi López, es el padre. Ha actuado en más de 110 películas a la orden de notables directores como Francois Ozon (“Potiche” (2010)), Guillermo del Toro (en la extraordinaria “El laberinto del fauno” (2006)), Stephen Frears (“Negocios ocultos” (2002)), “Lazzaro feliz” (2010) de Alice Rohrwacher e incluso con Woody Allen en “Rifkin´s Festival” (2020). En “Sirât” compone uno de sus mejores papeles. Bruno Nuñez es Esteban, su hijo y Jade Oukid, Tonin Janvier, Stefania Gadda, Richard Bellamy “Bigui” y Joshua Liam Henderson conforman el resto del elenco, con actuaciones absolutamente convincentes y de una carnadura significativa.
La película fue galardonada con el Premio del Jurado y el Premio a mejor música del Festival de Cannes. Ha obtenido varios premios en el cine Europeo (cinematografía, edición, diseño de arte y diseño de sonido). Fue nominada a 7 premios Goya (de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográfica de España), obteniendo los de mejor fotografía, mejor montaje y mejor música y es candidata como mejor película extranjera y como mejor sonido al Oscar de la Academia de Hollywood.
Sirât no es una película complaciente. En cambio, por el contrario, es desafiante, interpelante. Es una experiencia de los sentidos y del intelecto. Es de un tenso suspenso. Una abierta propuesta de integración y comunión. Un estrecho sendero entre la vida y la muerte. Es todo eso y, a la vez, es humana.

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