• Economia
  • Policiales
  • Deportes
El Heraldo
  • Magazine

    Selva Almada. Una casa sola que narra y resiste las desapariciones

    Entre páginas y pantallas

    16 de mayo de 2026 - 21:00
    Selva Almada. Una casa sola que narra y resiste las desapariciones
    Ads

    Toda historia se administra, se fortalece y se contextualiza en función del narrador. La cadencia, la adjetivación, el detalle y el color en las particularidades le suman valor, interés y consistencia a la trama. 
    Muchas veces el propio narrador es el protagonista de la historia. Más frecuente, la distancia del relato de un tercero le asigna una independencia bien (o mal) entendida. Algunos escritores estilistas y esmerados se lucen con un narrador en segunda persona en un juego literario y estético.
    Ya Borges con el Minotauro en el cuento “La casa de Asterión”, publicado en el diario “Los anales de Buenos Aires” en 1947 y dos años después formando parte de “El Aleph”, incursionaba con un personaje mitológico como narrador, apartándose de una persona humana como tal. O Cervantes cuando convierte al perro Berganza, como el narrador de “El coloquio de los perros”, magistralmente replicado por Mauricio Kartun en su obra de teatro “La vis cómica”. O el diletante Manuel Mujica Lainez, oficiando en “La casa” de narradora a la misma casa.
    Selva Almada, nacida en Villa Elisa, Entre Ríos el 5 de abril de 1973, convierte a una casa desde antes de existir como tal, de cuando “todavía no era una casa, ni un reparo, ni un refugio, ni cuatro paredes de adobe y un techo de ramas, pero ya era, si se entiende, parte de esta misma tierra sobre la que el espinel (llanuras plenas de verde, cubiertas de bosques y pastos) se extendía leguas y leguas”. Lo hace en “Una casa sola” como una cronista que se narra a sí misma unificándose con la naturaleza,“las raíces irradiaron los cimientos: árbol y muros se van volviendo un mismo monte” en un tiempo histórico definido y, en gran parte, cardinal y trascendente.
    Lucero, nacido y criado en Corrientes, venía rodando por los campos, haciendo changas, domando potros y apareció para hacer unos trabajos. Le gustó su desempeño al patrón y éste le pidió que se quede. Puso un catre en la cocina y se quedó. Lucero, comenzó a darle forma a la casa. La casa, protagonista y central, entonces dice que “si de alguien fui alguna vez, fui de él”. Antes pernoctaban peones golondrinas, hacheros unos, gauchos vagabundos otros y de esos otros, algunos de ellos se cobijaban incluso con sus caballos. Con Lucero, Damián (nombre que nunca usaba), la casa se relaciona y vincula afectivamente. Luego llegarán la Lorena que, con trece años escapándose de la pobreza persistente, se junta con Lucero sin la aprobación de su familia. Se sumarán los perros (la Miní y la Sultana), las gallinas y los dos hijos. La casa nunca reconoce ni que “el patrón” la haya levantado ni que sea su dueño. 
    En la trama, tiempo cronológico anterior, aparece Urquiza, su época, los años de la nación naciente, la muerte del Gobernador en la llamada “con falsa modestia” Posta San José (Palacio para la gente) y la de sus dos hijos. Los perseguidos por Urquiza, algunos habían perdido un brazo y/o una pierna, temporariamente se resguardaban en la casa. La Gringa “mujer de patrón; preñada de un indio conchabado en la estancia” que intentó usar una viga de la casa y terminó buscando árboles para enlazar una soga en sus ramas y colgarse.  
    La trama mantiene suspenso y un latente interés. Máxime cuando la casa cuenta que Lucero y su familia, un día desaparecieron. Nada más se supo de ellos. Quedaron los perros y las gallinas. Y las invasivas arañas, las otras alimañas y la vegetación ganando los espacios vacíos. La casa se integra casi íntimamente con la naturaleza en un giro circular y elíptico. Salió del campo, de la naturaleza, por el adobe y las cañas y termina volviendo al campo, a la naturaleza. 
    Han pasado más de diez años de la desaparición de la familia. Los parientes (de Lorena) ahora sí interesados en la suerte de ella y los humildes enseres que quedaron en la casa; la policía y unos investigadores, cuando no el propio dueño, entran y salen de la casa sin que nada quede claro. Por el contrario, todo es misterio, ausencia e interrogantes. Queda, en la trama, la sensación de una búsqueda fútil. Tal vez, con un interés más figurado que real. Con la procura impávida de una inferencia difusa, indeterminada, eterna.
    Almada no lo ha dicho expresamente, pero la desaparición de la totalidad de una familia inesperada e inauditamente presenta un parangón con la de la familia de Rubén “Mencho” Gil (padre, madres y cuatro hijos) de un campo ubicado en la zona rural de Crucecitas Séptima, del departamento Nogoyá, que, después de habérselos vistos en un velatorio en la ciudad de Viale el 13 de enero del 2002, no se lo han vuelto a ver ni han aparecido, convirtiéndose en un macabro, intrincado y hermético enigma. 
    La autora desgrana una prosa ligada con la gauchesca. En realidad, con la gauchesca de fines del siglo XIX. Y lo reconoce, en declaraciones periodísticas, al utilizar giros, frases, juegos, adivinanzas (que tomó de la compilación de dos mil adivinanzas del Río de la Plata, realizada por un inglés a finales del siglo XIX y principios del XX), propios de la literatura gauchesca. Referencia al Martin Fierro (en eso se vincula con “Las aventuras de la china Iron” de Gabriela Cabezón Cámara) y a Hilario Ascasubi. 
    El lenguaje del litoral, habitual en la literatura de Selva Almada se conjuga con la gauchesca complementariamente. Los personajes son integrados en lo rural o semi rural, vinculados con las tareas camperas, ligeramente marginales por su propia condición social, por las actividades que desarrollan o por la persecución que sufren. Por tal razón, los personajes (y fundamentalmente la casa) se expresan en ese lenguaje con su propia naturaleza y condición.
    Es posible leer la novela con la misma simplicidad que cualquiera de las anteriores de Almada. Luego de la trilogía de novelas de personajes masculinos centrales, la virilidad como unidad o desafío entre ellos; las relaciones sórdidas, la vida al borde del río y la traición de “El viento que arrasa” (2012), “Ladrilleros” (2013) y la notable y premiada “No es un río” (2020) (finalista del Premio Internacional Booker), “Una casa sola” es un desafío de creatividad, relevancia artística, compromiso y posición política (histórica e incluso actual en la defensa de la naturaleza ante -lo que la propia autora declara- el ataque derivado de la quema de bosques y el avance sobre los glaciares) y social y un rescate de una literatura gauchesca que podríamos decir como en cierta medida afirma Carlos Gamerro en su libro “Facundo o Martin Fierro – Los libros que inventaron la Argentina”, en el capítulo referido al libro de Hernández, “hay textos que reviven. Los textos literarios están vivos mientras tengan la posibilidad de cambiarnos la vida, y esto es posible mientras haya un vínculo de contemporaneidad – afectiva, estética, experimental – entre ellos y ella”. Y en el libro de Selva Almada se distingue un vínculo, no solo de lenguaje, sino también de sentido, de estética y de situación social.

    Ads
    Ads
    Ads
    Temas
    • Magazine
    AUTOR
    Gustavo Labriola
    Gustavo Labriola
    Comentarios

    Para comentar, debés estar registradoPor favor, iniciá sesión

    INGRESA
    Ads
    Ads
    Ads
El Heraldo
SECCIONES
  • Agro
  • Carnaval
  • Ciencia
  • Cronograma
  • Cultura
  • Deportes
  • Ecología
  • Economía
  • Educación
  • Efemérides
  • Espectáculos
  • Gastronomía
  • Informativo Docente
  • Interés General
  • Opinión
  • Policiales
  • Política
  • Salud
  • Sociales
  • Tecnología
  • Turismo
  • Judiciales
2026 | El Heraldo | Todos los derechos reservados: www.elheraldo.com.arEl Heraldo S.R.L es una publicación diaria online ·Director Periodístico: Roberto W. Caminos
Términos y condicionesPrivacidadCentro de ayuda
Powered by
artic logo