PISA PISUELA: EL ABRAZO DEL ALMA
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“Son de verdad” exclama una niña, entre risas sonoras y caritas exultantes de decenas de chiquitos, cuando abraza a la actriz de esa obra de teatro, de ese cuento dramatizado sobre un perro, Saverio, que tiene una margarita en la cola, flor que le había brotado en otoño y que todos querían arrancar, porque era una margarita grande y una cocinera la precisaba para la torta, un muchacho para regalársela a su novia, el jardinero para plantarla en su jardín, y Saverio se resistía a los mordiscones, hasta que llegó una nena que le dijo que le quedaba hermosa, que no le iba a sacar la cola, que iban a jugar juntos y ella le iba a cuidar la cola. La obra la realizan Maestras Jardineras jubiladas, nucleadas en un grupo que se llama “Pisa Pisuela”, como el popular juego infantil, para preservar y mantener viva su esencia de maestras jardineras, aquello que no pueden dejar de ser, esa felicidad que conocieron en actividad y que hoy, ya libres de burocracias institucionales, disfrutan tanto como esos niños dichosos del amor que reciben y que como la margarita en cuestión, es semilla segura para adultos que cosecharán en sentimientos de amor y ternura, esa siembra magnífica. “Las Jardineras seguimos jugando”, dicen al unísono, en una entrevista imperdible que les hicimos en el programa “Tenemos que hablar” (Radio UNER, 97.3 que se emite hoy sábado a las 18). Las caritas y la alegría, la sorpresa de los niños, queda grabada para siempre en el corazón. “Mirá, la abuela viejita está bailando”, dice otro pequeño asombrado de los contorneos de la ancianita que había entrado encorvada y con bastón poco tiempo antes para contar el cuento, y que ahora, al ritmo de la música es puro movimiento. Esas anécdotas, plenas de dulzura, suceden en la escuela del Barrio “El silencio”, el 29 de mayo, un día después del día nacional de los jardines de infantes, pero la vienen desarrollando desde hace muchos años, en escuelas rurales, en jardines maternales, en todos los espacios donde las niñeces expanden sus corazones de pan y chocolate, desde que un grupo de Maestras de nivel inicial, todavía en actividad se reunían, mate de por medio, como lo siguen haciendo ahora, en la costanera de los pueblos originarios, ahí enfrente de la Prefectura, para continuar brindando a borbotones ese sentimiento que no conoce los tiempos ni los trámites jubilatorios, ese sentimiento de amor puro y bellísimo hacia los niños y que les vuelve con creces en ese ida y vuelta de corazones emocionados, ese cariño único y puro que llena el espíritu, de una alegría que se sale de los cuerpos y necesita expandirse, lleno de entusiasmo en el escenario que los congrega. Así se formó este maravilloso grupo, que ahora cuenta con 15 maestras, que lleva un contento mágico , como la caja de Graciela Umere del que extraen interminables objetos, pelucas, tacos y disfraces y del auto encantado y encantador, también de Graciela, que a veces se queda pero que vuelve a andar trasladando a todas, llevando, decía a miles de niños de nuestra ciudad, de los barrios castigados , un regocijo inolvidable, indeleble, que promueven el teatro, género difícil en la práctica jardinera, admiten, porque necesita mucha preparación, mucho ensayo, mucho vestuario, mucha escenografía etc. Y” para eso estamos las maestras jubiladas” , dicen muy motivadas, con obras profundísimas de grandes autores, que además acercan como literatura infantil a sus colegas en actividad, como “La vuelta a la manzana” de Hugo Midoni, “Doña disparate y bambuco” de María Elena Walsh , propiciando prácticas que ponen el foco en el encuentro afectivo, en la diversión, en la alegría, en la construcción de una subjetividad infantil que estimula la creatividad, la fantasía, la imaginación, la inteligencia, el juego. Esas experiencias extraordinarias y constitutivas de la riqueza psicológica, social y emocional de los niños y que se encuentran en grave crisis, como las risas y la diversión, no solo por la vulnerabilidad económica y social que sufren las familias, sino también por una tecnología que los absorbe y los empobrece en una trampa hipnótica, que los aliena y los despoja del tesoro inigualable de su creatividad. Además de los celulares, peligrosos chupetes electrónicos, vivenciamos una época en la que el juego es descalificado como una pérdida de tiempo, en detrimento de tareas y obligaciones y actividades de “preparación para la vida”, una época que quiere asociar el oro en polvo que es el juego a una dimensión improductiva cuando se induce al niño a “dejar de pavear”, justo cuando su fantasía comienza a trastocar maravillosamente esa realidad ruin, monótona y tediosa que todos vivimos y a la que nos esforzamos en introducirlos. No me refiero, obviamente a los juegos electrónicos que no merecen siquiera, creo, el nombre de juego, en tanto solo representan una respuesta pasiva y pasivizante a estímulos emitidos por la pantalla. Celulares que empobrecen la subjetividad, que vacían la imaginación y la inteligencia, generando poco a poco un universo de soledades híper conectadas, emociones desconectadas, aislamiento y apatía, despojando la niñez de los juegos verdaderos, aquellos que van creando psiquismo y posibilitando la elaboración y el procesamiento de situaciones traumáticas en la infancia, es decir, dificultades que el niño sufre pasivamente y que la actividad lúdica permite transformar activamente en formas de tramitación simbólica de esos malestares y angustias. Ahí está claro, como testigo de su valor, el ejemplo clásico del juego del fort-da, del nieto de Sigmund Freud. El niño de un año y medio que arrojaba el carretel haciéndolo desaparecer debajo de un mueble con la expresión ooooo (significando vete) y lo recogía haciéndolo reaparecer con el sonido de aaaaa (que significaba ven), juego con el que intentaba, según la genial interpretación del creador del Psicoanálisis, elaborar psíquicamente la ausencia de la madre cuando se iba a trabajar, estimulo desgarrador de la actividad lúdica. Así en su interior no quedaba inerme y a merced de esta ausencia traumática, sino que era él quien la decidía y manejaba, paso de la pasividad traumatizante a la actividad de elaboración simbólica que el juego posibilita. Del mismo modo tradicionales experiencias como las de contar cuentos a los niños antes de dormir escasean con la abrumadora presencia de las pantallas. Esa imaginación creadora que se abre en ese encuentro nocturno, afectivo, entre padres e hijos, pletórico de sueños, que van solidificando las relaciones de amor y nutriendo todas las funciones psico-emocionales, y que va cediendo con sus secuelas, al encuentro solitario con móviles que no devuelven otra cosa más que un espejo vaciado. Es por eso que esta hermosa experiencia que las “Pisa pisuela” han emprendido, tienen un valor y una significación extraordinaria, ejemplar, y por eso mismo, deseo dar a conocer a estas mujeres que apuestan a la felicidad de los niños como garantía de amor futuro, de horizonte prolífico, que no hacen alarde de una obra tan genial, que lo hacen con perfil bajo, con una humildad propia de su autenticidad, pero que creo que hay que destacar hoy, en un momento en que la barbarie, la violencia y la tristeza campean nuestra tierra, como un símbolo de esperanza, de sueño genuino de que otro mundo es posible. Muchas gracias y felicitaciones a: Silvia Belleza, Marita Loker, Cristina Tommasi, Josefina Janin, Graciela Umerez, Miky kremer, Silvia González, Miriam Rousset, Sonia López Berni, Mirta Weselak, María Lila Paoli, Rossana Versesi, Elisa Díaz, Blanca Figueroa y Nélida Pereyra.

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