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    Los Balcanes y la memoria de Kusturica

    Entre páginas y pantallas

    27 de junio de 2026 | 18:30
    Los Balcanes y la memoria de Kusturica
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    La península Balcánica, definida por los montes Balcanes, prolongación de la cordillera de los Cárpatos, al este de la península, ha sido una región de fuertes conflictos entre varias de las etnias, pueblos y países que la integran. Las comunidades que se han asentado han ido generando, más allá de las mencionadas disputas (derivadas, muchas veces, de la intención de mantener una homogeneidad étnica o religiosa) una ambiciosa integración cultural que conjuga costumbres, gastronomía, música y destinos, no siempre aceptados.

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    Emir Kusturica es el director de cine que ha sabido trasmitir la conjunción de disputas, sueños, afectos y ambiciones en un universo mágico con que los balcánicos buscan sobrevivir en su realidad. Su película “Underground” es un monumental ejercicio de la metáfora vinculada a la historia de Yugoslavia. En particular desde la Segunda Guerra Mundial hasta su desintegración, a la muerte del mariscal Tito, en 1990.

    No solo en ese film Kusturica recrea la situación de esa región. Lo hace, en general, en tono de comedia amarga, con historias de pícaros buscavidas, alcohólicos, desocupados. Personajes siempre en el borde entre la legalidad y la ilegalidad marginal. Un ambiente que se conjuga con una música ecléctica en pueblos o ciudades marcadas por la tragedia y la destrucción.

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    Kusturica ha publicado hace algunos años, un libro de cuentos “Forastero en el matrimonio”. Seis relatos breves que se desenvuelven, en su mayor parte, entre los años ´70 y ´90, previo a la muerte de Tito y a la guerra de los Balcanes que desintegró definitivamente a Yugoslavia.

    En esos cuentos aparece el Kusturica de las películas, en parte, moderado. No obstante, la picaresca, la desfachatez, el desborde y la locura alienante, un sello de sus films, permanece en el desarrollo de las historias. La mayoría de los relatos transcurren en Sarajevo, incluso algunos en Gorica, el barrio natal de Kusturica y el eje es la familia integrada por Braco (el padre), Azra (la madre) y Aleksa (el hijo) Kalem. Aleksa es el narrador de los relatos, siendo niño en algunos y adolescente en otros.

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    En “Solo desgracia”, el cuento que abre el libro, Zeko (conejito) es un niño que sufre porque su padre, Slavo, capitán de navío, olvida que el 9 de marzo es su cumpleaños y se congoja porque detalle, que parecieran menores, como el desinterés que muestra la gente al tirar por la ventanilla de los autos residuos y todo tipo de basura. Encuentra en una carpa el cobijo que no tiene en su casa. Años después, ya muerto Tito, Zeko es partícipe de una escena con que Kusturica, evidentemente homenajea a la película “El acorazado Potemkin” del director ruso Eisenstein, cuando relata la caída de un cochecito de bebé por la calle Karadorde, similar a la escena del cochecito cayendo por la escalinata de Odessa en el film.

    “Bueno … como gustes”, el segundo cuento es protagonizado por la familia Kalem. Braco, un burócrata de Bosnia-Herzegovina, esconde su sueldo a su mujer, Arza, y enamorado de Siberia, disfruta del crudo clima que hace descender la temperatura a treinta grados bajo cero. Combate el frío, escapándose a buscar el treli-treli, que no es más que emborracharse de alcohol. Azra termina internada por fuertes dolores estomacales en el mismo nosocomio donde también es derivado Braco por un infarto sin que ninguno de los dos sepa de la situación del otro. Aleksa deberá soportar un robo y es auxiliado por su primo Nedo que utiliza frecuentemente el latiguillo que le da nombre al cuento. Ambos intentan recuperar el dinero mientras beben hasta emborracharse.

    Los Juegos Olímpicos de invierno es el centro de “El campeón olímpico”, el cuento más breve del libro. En el marco de esos juegos, Rodo Kalem, otro personaje alcohólico, radio aficionado, es buscado por la policía porque atacó a un periodista checo. Es alojado por Aleksa en el sótano de su casa. Decide presentarse en la comisaría y una vez resuelto el entredicho, termina en el hospital con la piel quemada, porque, en otra disparatada escena ha disputado con el guardián de la pista de bobsleigh (un deporte de invierno consistente en un desplazamiento de un trineo) sobre cuál es la velocidad de descenso del bobs, pero haciéndolo con una bolsa de plástico.

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    Aleksa tiene diez años en “El ombligo, puerta del alma”. No le gusta leer y su madre intenta convencerlo. “Los libros son el alimento del alma” le dice. “Y para que evitar que se atrofie (el alma) hay que leer”. Visita a su tía Anna en Belgrado y ésta también le insiste en la lectura y comienza con el libro “Años de burro”. De esa lectura encuentra una equivalencia con la historia de su padre.

    Kosta, el protagonista de “En el abrazo de la serpiente” recurre a volcar la leche que transporta en cacharros para que beban las serpientes que interrumpen su camino entre el cuartel de Uvijece y el pueblo cercano. Más allá de la anécdota, lo central del cuento es la guerra en Bosnia. Suavizada, en parte por Kusturica sumándole color local, mitos, una cuota de magia y una historia de amor, triste y melancólica. Tiene una conexión con su película “En la vía láctea” (2016) en la cual Kusturica interpreta a Kosta y su amada es Mónica Bellucci.

    “Forastero en el matrimonio” es el último cuento y el que le da título al libro. Es el más extenso y la familia Kalem lo vuelve a protagonizar. El transitar la adolescencia hacia la juventud se combina con una violencia que, en este texto, es más explícita y que convive con cierta indiferencia y alguna alegría desbordada, en sintonía con el Kusturica cineasta. Braco, ahora de catorce años, descubre que su padre también es un forastero en el matrimonio y el crecimiento le hace afirmar que “el tiempo reúne las huellas en el olvido (…) por mucho que me guardase para mí la historia de mis crueles correrías, la vida me enseñó a poner la verdad en su sitio. Frente a ella no hay que hacerse el imbécil (…). Justo debajo de los ojos, aparecieron las primeras arrugas en mi rostro”, dice Braco.

    Kusturica en un reportaje, a propósito de la publicación de sus cuentos, afirmaba: “Sentía necesidad de embalsamar los recuerdos, mis imágenes del pasado. La memoria es lo único que confirma que somos personas en el sentido literal de la palabra. Los recuerdos son la base de la continuidad humana. Los míos son todos de carácter social. Cuando empecé a estudiar me di cuenta del valor que tenía mi pasado por haber sido en aquel entorno”.

    La memoria de Kusturica nos abre la realidad enmarañada, mágica, vital y violenta que las sucesivas conformaciones étnicas, políticas, culturales y sociales en los Balcanes conformaron un volcán que estallado generó violencia, angustia, insatisfacción y sempiterno dolor en una cosmogonía local de identidades que guardan una integración cautelosa y expectante.

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    Gustavo Labriola
    Gustavo Labriola
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