Las Malvinas son argentinas y el país también
Escribo esta nota el jueves bajo el estado de embriaguez emocional que sucede a un triunfo histórico. Argentina ganó un partido épico en semifinales a Inglaterra 2 a 1 y, es consenso que no fue “un partido más”, fue “el partido”.
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Es que no se trataba de entender el fútbol como una guerra ni confundir la tragedia bélica con un encuentro deportivo, sino de exponer en el teatro simbólico del fútbol , que tiene 3.5000 millones de butacas, una sentida reivindicación política, histórica de soberanía, atravesada por el puñal de una guerra injusta, absurda, llena de héroes y de mártires, de canallas y de olvidos, en un momento en el que nuestra Patria- que es ese desconocido hermano que llevaba el bombo o la corneta en la plaza y con el que nos abrazamos como si nos conociéramos de toda la vida, sin importar el olor a humo o los vahos etílicos, porque somos nosotros mismos, nuestra familia, nuestros amigos, en su cuero- en un momento en que nuestra Patria, insisto, nuestro territorio, nuestras riquezas, nuestra soberanía, otra vez, está siendo entregada al extranjero, en el que nuestras riquezas están siendo rematadas al mejor postor por un gobierno que reivindica el genocidio que sufrimos los argentinos y un Presidente que admira a Margaret Tatcher, Criminal que ordenó gozosa el hundimiento del Crucero General Belgrano causando la muerte de 323 soldados, Ara que estaba en la zona de exclusión, violando incluso las reglas que existen, incluso, en la guerra. Por estos días del partido en los que a la parcelación para la venta sin beneficio de nuestras riquezas se agregan la ley de inviolabilidad de la propiedad privada, que supone la entrega de nuestras tierras a extranjeros, sin reclamos, con la complicidad de legisladores dispuestos, lo sabemos a vender el alma al diablo, en medio de una Patria sufrida por la pobreza, afectada mortalmente en la educación, la salud, por un gobierno que mancilla y reprime a jubilados y personas con discapacidad en pos del pago de la deuda infame al FMI, en estos días del partido, un buque de guerra inglés navegó aguas argentinas sin que el gobierno reclamara nada al respecto. En estos días en los que el partido fue jugado también, además, por sobre todo, para exponer al mundo que la potencia colonial que ocupa de manera ilegal, un cuarto de su territorio, según las estimaciones geopolíticas, el Reino Unido proyecta su posesión sobre tierra y mar argentinos que equivalen a una cuarta parte, un área que incluye las Islas Malvinas, las Islas Georgia del Sur, las islas Sándwich del sur y los espacios marítimos que la orbitan, una superficie mayor que la de países como Francia o España, mantiene su dominio sobre ellas pese a que están en el Mar Argentino y que además, están a más de 13.000 kilómetros de su propio estado nación. Y esa realidad abrumadora, injusta, esa herida abierta que los argentinos cargamos por generaciones, pretendía ocultar la FIFA, los yanquis y la penosa Ministra de seguridad argentina al apoyar la prohibición de llevar banderas que la expresaran. Pretensión de tapar el sol con un dedo con la excusa de censurar mensajes políticos como si el maltrato a los iraníes y el racismo, como si la intromisión mafiosa de Trump reponiendo a un jugador norteamericano que había sido expulsado, como si la penetración más obscena del capitalismo no fueran mensajes políticos, como si fuera posible un escéptico escenario apolítico. Por fortuna los jugadores desplegaron con valentía la bandera que tanto quisieron silenciar: “las Malvinas son argentinas” decía su inscripción reivindicatoria, portada por varios jugadores. Un partido de fútbol no es solo un partido de fútbol, como el gol de Maradona, mítico gol, no fue solo eso- como escuché en estos días- sino también, además y, sobre todo, un hecho político. Una alegría lo es, lo dijo el increíble Messi, dijo que es consciente del valor que tiene esta felicidad que el futbol regala al sufrido pueblo, dijo, aquel que no llega a fin de mes, al que sufre la desocupación, pero que tiene este desahogo, esta celebración invalorable gracias a un equipo que nos representa, por su garra, por su juego, por su resiliencia, por su identificación con el público, porque finalmente, y contra las sanciones que seguramente recibirán, pudieron gritar bien fuerte: “Las Malvinas son argentinas”...y el país también.
EL PARTIDO
El poder exige
Olvidarse de
Negros, iraníes y lumumbas
De la mano de un dios en retirada
Y de un diente, su trofeo
Renegar
Las reivindicaciones
Las banderas
Izar la dignidad
Bajar los brazos
Capitular
Olvidar los pibes
Callar las voces
Entregar
Entregarse
Salir perdiendo
Desde el vestuario
Pero estatuas vivientes, mochilas
Afros multiplicados y banderas desplegadas
Se rebelaron, se rebelaron

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