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Si necesita petróleo secuestra Presidentes, viola las soberanías o arroja bombas que destrozan ancianos y niños indefensos. No negocia, no habla, sino que extermina a quien se opone a sus deseos. Lo hace con crueldad, se levanta a la madrugada y mira gozoso en la pantalla como la vida queda reducida a polvo. No tiene empatía. Declara descaradamente que ese petróleo le pertenece y todos le temen. En la crueldad hay un goce en el dolor del otro al que se deshumaniza y humilla. En el odio impera la eliminación de todo no-yo que se señale como causante del malestar del yo de placer puro. Su lógica es la aniquilación, sobre todo de lo diverso, no tramita el conflicto a través del dialogo ni la comprensión. Crueldad y odio son las emociones que guían las decisiones del Tirano que asesina en representación del Poder del Imperio, de su voracidad y su codicia. En nuestro país hay un reyezuelo que lo imita. Vocifera, insulta y amenaza a todos sus “adversarios”. Maltrata a los vulnerables. Retiene la comida que se pudre y priva a los hambrientos de un mendrugo de pan. Reprime a los jubilados y a las personas con discapacidad con saña. Utiliza términos peyorativos de la discapacidad para atacar a opositores políticos. No le importa el dolor ni el daño que causa. Niega el Terrorismo de Estado, los femicidios. Reivindica el horror de la dictadura. Promueve la homofobia, la lesbofobia, el odio. Esa actitud ha hecho síntoma en crímenes espeluznantes. La violencia, la crueldad, el odio, pero también la indiferencia o la connivencia frente a ellos, no son gratuitos, bien decía Pierre Bordieu, que “no se puede jugar con la ley de conservación de la violencia: toda violencia se paga; por ejemplo la violencia estructural ejercida por los mercados financieros, en forma de despidos, pérdida de seguridad etc. se ve equiparada más tarde o más temprano en forma de suicidios, crimen y delincuencia, adicción a las drogas, alcoholismo, un sinnúmero de pequeños y grandes actos de violencia cotidiana”. La máxima autoridad política naturaliza y legitima la discriminación, actitud que está en la base del llamado Bullyng, aquellas formas del maltrato entre pares escolares a través de burlas y humillaciones, en la que se despliega esta misma lógica de la crueldad del mundo adulto, con la que los “fuertes” sojuzgan a los “débiles”-Darwinismo social puro- con la participación de un público cómplice o indiferente. El afectado queda entrampado en lo que Ulloa llamó una “encerrona trágica”, una tortuosa situación dual sin tercero de la ley a quien apelar (los adultos, la escuela en este caso debería funcionar como tercero de la ley que lo impidiera, pero está también siendo abatida por la agresión del mismo Estado topo). El niño queda a merced de la violencia del otro. Si esa violencia es incorporada puede producir depresiones o conductas autodestructivas, si se expresa “hacia afuera “puede dar lugar a conductas explosivas de agresividad. Nada es sencillo en el territorio del Bullyng, porque a veces quien lo sufre lo perpetra, porque en ocasiones ni siquiera se busca el dolor sino un reconocimiento de sí (el fuerte, el gracioso, el dominante etc., por eso es necesaria la mirada y aprobación del público) en un momento de búsqueda de la identidad y de sí mismo. En todo caso no hay víctimas ni victimarios, se trata de niños que viven en un mundo adulto cargado de discriminación, violencia y racismo. En lugar de criminalizarlos o psicopatologizarlos, hay que cuidarlos, contenerlos, ayudarlos a convivir pacifica, amistosa y respetuosamente, sobre todo de la diversidad. El bullying Traduce la violencia de los adultos, la violencia social, la reproduce al interior de la escuela. En ese sentido, reducir la violencia escolar al Bullying y omitir a los adultos es estigmatizar a los adolescentes, siempre blancos fáciles de la demonización. Esa violencia que-como refiriera Franz Fanon - es piramidal, es decir, de las escalas superiores a las inferiores, del más fuerte al más débil, del jefe al padre, del padre a su esposa, de esta a su hijo y de este a un compañero de escuela, no puede atribuirse al carácter de un chico ni criminalizarlo. El mecanismo es el de interiorización del opresor. Esa identificación naturaliza el maltrato a un otro. Los jóvenes están muchas veces desamparados, es la lógica de una etapa crítica, en construcción de la subjetividad, sobre todo cuando el escenario es de una monumental crisis social y humana. El espanto que se manifiesta ante un hecho de violencia inusitada no se experimenta frente al escándalo de la miseria y el hambre que viven millones de niños y jóvenes (para Ulloa el escándalo, opuesto a la connivencia o la indiferencia, es un signo de salud mental). La falta de oportunidades, de horizontes para elaborar un proyecto de vida preocupa gravemente a los chicos. El “futuro” representa su mayor inquietud, fundamentalmente para quienes están terminando el secundario, ante un Estado que promueve el trabajo esclavo y abandona las universidades. La opción de estudiar o trabajar queda acotada y conflictuada. El futuro jugado a la ruleta. El Estado se ausenta del cuidado y la contención de los jóvenes, desfinanciando todos los dispositivos que garantizan sus derechos. Peor aún su presencia es únicamente punitiva y frente al desamparo responde con la ley penal juvenil, la baja de edad de imputabilidad, encerrando y castigando niños, agitando el espíritu vengativo que reproduce y alimenta en redes antisociales. Los adultos, docentes y padres, sometidos por la angustia económica y social, a la pérdida del trabajo, a la carencia de dinero, a la pobreza creciente, se ven en dificultades de sostener, escuchar y cuidar a los jóvenes y de ese modo la violencia se retroalimenta. La violencia es un síntoma de lo no dicho, es un acto destructivo cuando faltan las palabras que regulen, canalicen las tensiones, resuelvan los conflictos, las diferencias. “dad palabras al dolor, el dolor que no se dice gime en el corazón hasta que lo rompe” dice Shakespeare. En las condiciones de fragilidad subjetiva, de individualismo atroz y del “sálvese quien pueda” en la que están sumergidas la mayoría de las personas en nuestra sociedad, fragmentada y enloquecida, no hay quien escuche esas palabras que quedan atrapadas en la telaraña del silencio y del acto agresivo. La soledad es otro síntoma que se ha agravado con el uso de la tecnología. La escena de personas juntas ignorándose por estar cada una en su pantalla es ya cotidiana. Leí por ahí una frase, estamos viviendo-decía- en un “mundo de soledades híper-comunicadas”. Es necesario para trabajar la violencia social en la escuela capacitar a los docentes, darles herramientas para su abordaje, habilitar espacios de diálogo con los padres, transmitir su signficación en la transmisión de valores, un cambio social y humano profundo que termine con el apremio y permita a los adultos un bienestar que habilite la disponibilidad para la escucha del joven que sufre, de aquellas tensiones que no puede tramitar ante su deserción. Es necesario reconstruir el tejido comunitario, la solidaridad, la empatía y sobre todo la ternura para poder ocuparnos comprensivamente de nuestros niños y adolescentes, para evitar nutrir la violencia con el odio, la crueldad y la retaliación. Es necesario construir una política de la ternura, que no es, como decía Ulloa, una emoción blandengue, sino un concepto político, decía, más precisamente que había que recuperar la ternura, sentimiento que oponía a la crueldad, expresaba una fórmula que se adapta perfectamente a estos tiempos del Imperio de la pulsión de muerte, hablar de ternura: “Hablar de ternura en estos tiempos de ferocidades no es ninguna ingenuidad. Es un concepto profundamente político. Es poner el acento en la necesidad de resistir la barbarización de los lazos sociales que atraviesan nuestros mundos” (Fernando Ullloa).

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