La revolución de la esperanza
Tomás Edison, el gran inventor del siglo XX, llega, cuando era un niño, corriendo a su casa y entrega una nota que el Maestro de su escuela le ordena entregar a su madre.
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Ella la abre y el pregunta ansioso qué dice. Ella lee entre lágrimas: “Su hijo es demasiado inteligente para lo que puede brindar esta escuela, necesita una preparación especial para la que nuestros profesores no están preparados. Firmado el director de la Escuela”. Edison tenía ocho años. Así inicia ella misma la educación de su hijo. Le enseña a leer y a escribir, pero también matemáticas y literatura. Ya científico consagrado, muerta su madre, encuentra muchos años después la nota, ya amarilla y quebradiza y lee: “Señora, su hijo tiene un trastorno mental y un retraso intelectual irreversible. No lo envíe más a esta escuela”. Edison llora conmovido el amor que torrentoso derrama el recuerdo de su madre.
Una historia más cercana. Adriano es un muchacho con epilepsia grave. Su familia consulta un neurólogo en Concordia que le dice que solo puede tratarse su mal con una lobotomía. Los padres se niegan y terminan consultando al Dr. Camino en la Comunidad terapéutica de Federal. Camino lo interna y lo suma como ayudante de los enfermeros. Adriano ama su nueva tarea y se siente útil, persona. A los dos años Camino le da el alta y Adriano estudia enfermería en Cruz Roja. Cuando se recibe vuelve al Psiquiátrico, esta vez con guardapolvo blanco. Camino pudo ver en la apariencia de un “enfermo mental” un enfermero. Como dice Sartre “detrás de todo padecimiento humano existe una empresa”. Tanto la vio que cuando me tocó conocerlo, encontré el mejor enfermero que vi en mi vida, eficiente, cálido, humano, maravilloso. Además de un gran amigo con el que compartí la vida hasta su partida.
Juan estaba preso. Yo era su Psicólogo en la cárcel. Decía que robaría toda la vida. Por salir un rato de la celda empezó a ir al taller de radio. A través del programa conoció, por mensajitos, a Marisa. Marisa estaba alojada en la Comisaría de la mujer. Se dedicaban temas mandándose papelitos. “Me muero por abrasarte” de Alex Ubago, va para vos Marisa, decía Juan. “Muchas gracias, me emocionaste”, llegaba a la radio el papelito de Marisa. Ella quedó absuelta al poco tiempo y comenzó a visitar a Juan. Un día Juan me cuenta que Marisa estaba embarazada. El rostro estaba contraído de emoción contrariando su habitual dureza, sus pómulos ásperos dejaban resbalar una gruesa lágrima. Juan trabajó incansablemente con sus artesanías para ayudar a Marisa. Día y noche, hasta dejó de ir a la radio. Un día salió, cumplió condena y Salió. Juan trabaja hoy, vive con Marisa y sus hijos, y nunca, nunca más volvió a robar.
Cuenta Ana Campelo en su libro “Bulllyng y criminalización de la infancia” que una practicante, Gabriela, iba a un Barrio periférico a dar clases. Enseguida Jonatán el líder violento de la escuela, le advirtió, de un modo intimidatorio, para asustarla, que en la parada de colectivos se producían robos violentos. Entonces Gabriela le pidió si podía acompañarla para protegerla. El quedó sorprendido y comenzó a ir con ella todos los días a esperar el colectivo. Además, comenzó a ser participativo y amable en la escuela.
Es increíble la potencia del amor y de la mirada. La mirada amorosa anima al otro, le da confianza y seguridad en sí mismo. La convicción, la fe en las potencialidades de las personas, aun y sobre todas de aquellas que cargan con un estigma social, producen transformaciones maravillosas en las personas que siempre fueron negadas con prejuicio. Los llamados “discapacitados”, “ locos”, “ delincuentes”, “ malvados” , se sienten condenados a un destino de impotencia y sufrimiento, de desgracia e infortunio hasta que llega alguien, con la barita mágica del amor, con la firmeza de su esperanza en el hombre y el milagro se produce. El gran Alfredo Moffatt citaba a alguien que decía “con mi angustia te comprendo y con mi esperanza te curo” y que la mirada del Otro nos constituye. Si miramos con desconfianza el otro se sentirá inseguro o peligroso, si miramos con reproche sentirá culpa, si de nuestros ojos se desprende desprecio se sentirá inútil. El amor es una mirada que devuelve con plenitud las potencialidades de cada ser, sus virtudes más profundas, sus hazañas más escondidas y sus aventuras insospechadas. La esperanza, esperar que algo bueno suceda, es un sentimiento necesario para vivir, para dar fuerzas al deseo. Claro que no una esperanza sosa. La que necesitamos es de la que habla Erich Fromm en su libro “La revolución de la esperanza”, en la que afirma que la esperanza no debe ser una actitud pasiva, de espera que alguien resuelva nuestros problemas, sino una activa disposición a actuar para transformar la realidad que nos abruma. Es esa esperanza que necesitamos, activa, constructiva, emprendedora, colectiva, amorosa, la que necesitamos para encontrar, no sin lucha, no sin resistencia, no sin compromiso revolucionario, una salida de la tristeza y una decisión de ser, plenamente felices. Un verdadero acto político, pero sobre todo poético en el que “lo imposible se haga posible” (García Lorca “Poesía es lo imposible hecho posible)

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