La desaparición de la salud mental en la dictadura
La segunda posguerra mundial significó en el mundo un cuestionamiento profundo del modelo manicomial asilar que por siglos fue el paradigma de abordaje de las personas con padecimientos mentales.
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Esas instituciones de encierro y aislamiento de los “enfermos mentales” fueron depósitos de personas condenadas a la vegetación y el abandono, a la des- estimulación social, el hacinamiento y métodos de “tratamiento” tortuoso como lo fueron, entre otros, el electroshock y la lobotomía. Esa deshumanización espeluznante de los “pacientes mentales” colocó, en la conciencia de la época, a los hospitales psiquiátricos en la cercanía de los campos de concentración que el mundo descubría azorado con la experiencia del Nazismo. Así surgieron al menos dos movimientos de crítica, uno de transformación radical y otro de reforma. En el primer caso se inscriben- al menos -la antipsiquiatría y la desmanicomialización, que pregonaban las determinaciones sociales de los padecimientos mentales y abogaban por el cierre del manicomio y la creación de vías alternativas al tratamiento, humanas y libres. Y en el segundo proponían el sostenimiento del hospital psiquiátrico, pero profundamente reformado, como fue el caso de la Psiquiatría preventiva, las comunidades terapéuticas y la creación de servicios de salud mental en los hospitales generales. Estos dos últimos movimientos reformistas tuvieron una gran incidencia en las prácticas de la salud mental en nuestro país. La instalación de 11 comunidades terapéuticas en el territorio nacional fue una estrategia del Instituto nacional de salud mental de la época de Onganía para “desagotar” (así lo dicen los documentos del propio instituto) los Hospitales Borda y Moyano, donde confluían la mayoría de las internaciones. Aun con sus contradicciones de haber sido creados dentro de un gobierno militar represivo algunas de esas comunidades terapéuticas fueron más allá de los objetivos gubernamentales constituyendo experiencias extraordinarias de trabajo comunitario en el campo de la salud mental. Un paradigma de ellas nos es cercano, pues se llevó a cabo en la ciudad de Federal. Allí el Doctor Raúl Camino desarrolló desde el año 1968 una comunidad terapéutica en el edificio de un cuartel militar abandonado. Esa experiencia fue reconocida internacionalmente. Representaba una humanización de los pacientes, una recuperación de su dignidad a través del respeto, el trabajo, la comunicación, la resocialización y sobre todo el aprovechamiento de todos los recursos materiales y humanos (incluso los mismos usuarios) para lograr la cura y la reinserción social (había un impresionante porcentaje de altas y externaciones). La técnica principal la constituía las asambleas comunitarias en las que participaban todos los miembros de la institución incluidos, claro, los usuarios. El otro modelo de transformación de la salud mental fueron los servicios de salud mental en Hospitales generales, del cual el policlínico de Lanús fue una referencia emblemática. Sin embargo, en nuestra ciudad de Concordia Miguel Nicola creó en el año 1967 un Servicio de Psiquiatría dentro del Hospital “Felipe Heras” que hoy es el “Servicio de salud mental” de dicho nosocomio. El mismo se asentó en una ideología antimanicomial pues desde su fundación el servicio tuvo como eje las internaciones breves que no cronificaran a los usuarios y una muy fuerte inscripción social y comunitaria de sus prácticas. Ambas experiencias, de una enorme riqueza en el campo de la salud mental, fueron eliminadas por la Dictadura Militar, que reinstaló, en todo el país el modelo manicomial represivo y una psiquiatría individual y biologicista, despojada de las determinaciones sociales. Ambos referentes de esas prácticas transformadoras, fueron expulsados y perseguidos. Obviamente que la Dictadura no solo abolió esos maravillosos intentos comunitarios de transformación del abordaje humano de las personas con padecimientos mentales, sino que, mucho más grave, secuestró, torturó y desapareció a cientos de trabajadores de la salud mental (denominación de la época también borrada, como todos los avances gremiales, políticos e institucionales en su campo) cuyo símbolo más prominente fue la Psicóloga Beatriz Perosio , Presidenta de la APBA(Asociación de Psicólogos de la provincia de Buenos Aires )detenida desaparecida el 8 de agosto de 1978, quien fue activa militante de los derechos humanos, y en particular, de la comunidad de los trabajadores de la salud mental. Entendió a la salud mental como un derecho humano, tal como lo concibe la actual ley nacional que recupera esa ética construida previamente al golpe de estado y comprendió a las organizaciones profesionales de la Psicología como un espacio fundamental del cambio individual y social para lograr que la investigación, la ciencia y la cultura pertenezcan como patrimonio al conjunto de la comunidad. Para cumplir con el objetivo de una sociedad justa y un mundo mejor, humano, ideal compartido con los 30.000 argentinos desparecidos por la Dictadura. No puede haber salud mental en medio de un genocidio, no puede haberla con gobiernos asesinos que cometen sobre los ciudadanos crímenes de lesa humanidad. Menos aun cuando se obliga a obedecer, se prohíbe el pensamiento y se censura la sensibilidad y la cultura, cuando se obliga a la población a renegar sus percepciones y disociar sus sentimientos. Lejos de la salud mental esa experiencia compartida desde el golpe Cívico Militar y eclesiástico del que este mes se cumplen 50 años es un trauma colectivo de dimensiones y secuelas inconmensurables, tanto que en la repetición perversa del acontecimiento hay quienes aún niegan a la par que reivindican el Terrorismo de Estado. La cura social vendrá de la elaboración comunitaria del trauma para evitar su reiteración, con Memoria, Verdad y Justicia, de la mano de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, docentes ejemplares en ese aprendizaje permanente.

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