Los gobiernos totalitarios, sean o no electos democráticamente, tienen una particular saña con la cultura y los actores culturales. Estigmatizan, desalientan, persiguen, encarcelan. Es porque el arte en general y los artistas en particular, son irreverentes, cuestionadores, desafiantes. Buscan la verdad a partir de poner las relativas certezas en duda y preguntar. Escapan de las respuestas a medida y de los eslóganes. Se preocupan por la libertad entendida como un bien común. Son humanistas. Molestan. Cuando el gobierno totalitario es, a la vez, teocrático, sectario y ejerce regularmente la censura y el encarcelamiento como el caso de Irán, la situación se torna sumamente grave.
Jafar Panahi es uno de los directores iraníes que han sido castigados y puestos en prisión, impidiéndole filmar. Con la tozudez del amor por el cine y la convicción de que el cine es un ejercicio de libertad, compromiso y ética, sigue adelante. Filma a escondidas, en espacios reducidos (su auto y su propia casa o el lugar donde permanece recluido). No obstante, a su último y más reciente film, “Fue solo un accidente” (2025), lo rodó en espacios públicos, calles, avenidas, locales de eventos, galpones y en parajes desérticos.
“Fue solo un accidente” es una película que deviene en un tratado sobre la moral. Desde el comienzo mismo, evolucionan una serie de sucesos encadenados que implican un profundo debate respecto de las acciones de los personajes del film. Y que se despliegan e interrelacionan a partir de hechos del pasado y de los conceptos de justicia y/o venganza. Si bien, se vinculan con la historia iraní, hay en la temática lazos y vasos conducentes con momentos de la historia contemporánea argentina.
Una pareja de mediana edad con su hija pequeña viajan, en auto, de noche por una carretera. El hombre que conduce, se muestra nervioso y tenso. De forma tal que reacciona bruscamente ante un bache. Acto seguido, accidentalmente, con el auto, golpean algo. El hombre baja y constata que han atropellado un perro. Reanudan el camino y la hija introduce la primera cuestión vinculada con la moral, al reclamar por la muerte del can. La mujer, que se encuentra en un estado bastante avanzado de gravidez, contesta aludiendo al destino (“Es un signo”), agregando implicancias religiosas (“Por algo Alá lo puso allí”), ante la mudez del hombre, sin que esa respuesta contenga la angustia de la niña.
A poco de retomar el camino, el motor del auto comienza a fallar e impide que continúen con el viaje. Deben detenerse y recurrir a un joven que se dirige a trabajar en un galpón. En ese lugar también está Vahir, quién al escuchar el caminar del conductor del vehículo, se muestra perturbado. Es por la pierna ortopédica de éste y el ruido que provoca al trasladarse. Vahir se oculta, mostrando cierta intranquilidad. Ese hecho, a priori, denota un recuerdo que altera severamente el comportamiento de Vahir pero, el director, como en gran parte de la película, prefiere mantener incógnitas incómodas y en función de ello, avanza la acción sumando hechos relacionados entre sí que van tornando la trama expectante, de severa tensión e interpelante.
Vahir, sobre todo por el sonido provocado por la pierna ortopédica, supone reconocer a Eghbal, “Pata de palo”, el torturador que lo atormentó cuando fuera encarcelado por desafiar al régimen gobernante en Irán. Por esa razón, al otro día, lo golpea, lo secuestra, lo ata y lo lleva en una combi hasta una zona desértica con el objetivo de enterrarlo vivo.
No obstante, por haber permanecido con los ojos vendados en la cárcel, duda si el secuestrado es la persona que supone.
De manera que, a partir del plañidero llanto de éste cuando Vahir comienza a taparlo con tierra en la fosa, recurre a otros presos políticos, compañeros de prisión, que también habían sido torturados, vilipendiados y humillados por “Pata de palo” para corroborar y tener la certeza que es la persona que piensa. Visita primeramente a Salar quién evade la situación y le transmite a Vahir que Shiva puede ayudarlo. Entonces Shiva, una fotógrafa que estaba tomando fotos de los preparativos de la boda de Goli y Alí; estos dos y luego Hamid son convocados por Vahir para identificar si el que mantienen oculto en un cofre dentro de la combi es “Pata de palo”.
Por haber permanecido todo el tiempo con los ojos vendados, no les resulta fácil a los ex presidiarios reconocer al que los martirizó durante su detención. Shiva cree reconocer el desagradable olor rancio de la transpiración de “Pata de palo”; tienen dificultades para reconocerlo Goli y Alí. Hamid, en cambio, lo identifica a Eghbal al tocarle las piernas y reclama matarlo inmediatamente.
La disyuntiva entre esperar justicia en Irán o recurrir a la venganza ante la ausencia de aquella es central entre los integrantes del grupo: “No somos como ellos” y “enterrarlo vivo es enterrar nuestros ideales” son expresiones que los personajes intercambian, en una encrucijada moral. Discurren si el hacer justicia por mano propia y repetir lo que con ellos hicieron, no sería una injusticia moral. En el largo y dramático periplo, surge, metafóricamente, la alusión a “Esperando a Godot” en el sentido de la espera de algo que no se tiene certeza que vaya a ocurrir. Y puede entenderse tanto a que se refiere a la confesión de Eghbal o a la concreción de justicia.
Al sonar el teléfono del encadenado, Vahid lo atiende. Es la hija de “Pata de palo” que llama desesperadamente a su padre, porque su madre se ha desmayado. Este hecho genera un giro absolutamente decisivo en la historia, porque todo el grupo ya no solo se debate entre procurar justicia o venganza sino cual es la actitud que deben tener frente a la necesidad de dos personas indefensas y acuciadas por la urgencia.
Se encargan de socorrer, entonces a la madre, llevándola al hospital y no dejando sola a la hija. Al producirse el nacimiento del bebé, el grupo se separa y Vahid junto a Shiva se encargan de continuar con el reclamo a “Pata de palo” para que reconozca que es el verdugo de su pasado.
A partir de allí, la historia suma mayor dramatismo al confesar, finalmente, Eghbal que era aquel que los había sometido a los vejámenes más abyectos en sus detenciones.
La liberación de “Pata de palo” es el prólogo del final y Panahi utiliza todos los recursos cinematográficos para conseguir verosimilitud en la narración. Incluso, como en la escena final, el sonido es determinante.
La crítica reaccionó con elogios al estreno del film. Se habló de “aclamación universal”. De “narrativa apasionante y de ritmo lento que culmina en un final inesperadamente devastador”. El ministro de Asuntos Exteriores de Francia, Jean-Noel Barrot, por el ineludible contenido político del film habló de “un gesto de resistencia contra la opresión del régimen iraní”, lo que generó un conflicto diplomático entre ambos gobiernos. Un enorme grupo de cineastas firmaron una declaración pública de respaldo a Panahi, y mencionaban al film como una muestra de que “el arte comprometido y la voz de la verdad, incluso en medio de los muros de la censura y la presión, pueden hacer que el mundo admire estos logros. Estos logros son un honor para todos los iraníes que luchan por la libertad, la justicia y la dignidad humana”.
A Jafar Panahi se le había levantado las prohibiciones para filmar y viajar, pero decidió mantener en secreto y trabajar con un equipo muy limitado. Después de catorce años de impedimento de salir del país, finalmente pudo llevar su película a Cannes, donde obtuvo la Palma de Oro, convirtiéndose en uno de los cuatro directores de cine que fueron galardonados con los principales premios de los más importantes festivales de cine del mundo.
Panahi, además de la Palma de Oro de Cannes por “Fue solo un accidente”, obtuvo en 2015 el Oso de Oro de Berlín por “Taxi” y en 2022, el León de Oro en Venecia por “No hay osos”. Los otros directores que comparten con Panahi ese halago son: Robert Altman por “Búfalo Bill y los indios” en Berlín 1976, “M.A.S.H.” en Cannes 1970 y “Vidas cruzadas” en Venecia 1993; Michelángelo Antonioni por “La noche” en Berlín 1961, “Blow-up” en Cannes 1967 y “El desierto rojo” en Venecia 1964 y Henri-Georges Clouzot por “El salario del miedo” en Berlín y Cannes 1953 y “El ángel perverso” en Venecia 1949.
“Ya es tiempo de pedir a todos los iraníes… Que nadie jamás nos diga cómo vestirnos o qué hacer”., había declarado Panahi en un nuevo desafío al poder. Por otra parte, frente a los riesgos que suponía realizar y estrenar “Fue solo un accidente”, Panahi, en declaraciones a la prensa en Francia afirmó que “lo peor que me puede pasar es que vuelvan a meterme en prisión”.
Jafar Panahi fue, recientemente, sentenciado a un año de prisión y a una prohibición de dos años para salir del país, además de la prohibición de pertenecer a grupos políticos y sociales, “por actividades de propaganda en contra del régimen”. Nada de eso, impide y seguramente impedirá que Panahi siga, convencido y valientemente, manifestando su compromiso por la condición humana, el respeto y valor por las ideas y el ejercicio supremo de la libertad personal con sentido social.

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