Francisco de Asís, el hombre que eligió la pobreza y llamó hermano al mundo
HISTORIAS QUE ATRAVIESAN LOS SIGLOS
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Murió el 3 de octubre de 1226, pero su figura trascendió las fronteras de su tiempo. Hijo de un comerciante, joven apasionado por las fiestas y las armas, terminó abandonando una vida de comodidades para abrazar la pobreza, fundar una nueva comunidad religiosa y desarrollar una particular mirada sobre los seres humanos, los animales y la naturaleza.
Hay vidas que parecen escritas en línea recta. Y hay otras que cambian de rumbo de manera inesperada. La de Francisco de Asís pertenece a estas últimas.
A fines del siglo XII, en la ciudad italiana de Asís, nació Giovanni di Pietro Bernardone, quien con el paso de los años sería conocido como Francisco de Asís. Su familia no era pobre. Su padre, Pietro Bernardone, era un próspero comerciante de telas y el joven Francisco creció rodeado de comodidades, con aspiraciones propias de un muchacho de su tiempo: disfrutar de la vida, participar de fiestas y alcanzar reconocimiento.
Durante su juventud imaginó incluso un futuro ligado a las armas y a la caballería. Pero una serie de experiencias fueron modificando lentamente aquel proyecto. La guerra entre Asís y Perugia, el cautiverio y una enfermedad lo llevaron a atravesar un período de profunda transformación personal.
Francisco comenzó entonces a mirar de otra manera aquello que lo rodeaba.
Uno de los episodios más conocidos de su vida ocurrió en la pequeña iglesia de San Damián. Según la tradición franciscana, mientras rezaba frente a un crucifijo escuchó el llamado a reparar la Iglesia. Francisco interpretó aquellas palabras de una manera concreta: comenzó a desprenderse de sus bienes y a acercarse a los pobres y marginados.
Entre esos encuentros hubo uno particularmente significativo: el que tuvo con personas que padecían lepra. Para Francisco, acercarse a quienes eran rechazados por buena parte de la sociedad significó también superar sus propios temores y transformar su manera de entender la fraternidad.
Su decisión de vivir en pobreza provocó un fuerte enfrentamiento con su padre. Francisco renunció públicamente a sus bienes y emprendió un camino que, con el tiempo, reuniría a numerosos seguidores.
Así nació la comunidad que daría origen a la Orden de los Frailes Menores, conocida posteriormente como Orden Franciscana. Lo que había comenzado como la búsqueda personal de un joven de Asís terminó convirtiéndose en uno de los movimientos religiosos más importantes de la Edad Media.
También estuvo estrechamente vinculado con Clara de Asís, quien siguió un camino espiritual inspirado en el suyo y dio origen a la comunidad de las Clarisas.
Pero la historia de Francisco no quedó encerrada en los límites de Italia. En 1219 viajó a Egipto, en plena Quinta Cruzada, y se encontró con el sultán Al-Kamil. Aquel episodio es recordado como uno de los momentos más singulares de su vida, especialmente por el diálogo que mantuvo en medio de un conflicto marcado por la guerra y las diferencias religiosas.
Francisco también dejó una huella particular en la manera de relacionarse con la creación.
Para él, los animales, las plantas, el sol, el agua y la tierra formaban parte de una misma creación y merecían respeto. Esa mirada aparece expresada especialmente en el Cántico de las criaturas, una de las obras más conocidas vinculadas con su figura.
De allí surge también una asociación que atravesó los siglos: Francisco de Asís como patrono de los animales y referente de una relación respetuosa con la naturaleza. Cada 4 de octubre, fecha de su festividad, iglesias y comunidades de distintos lugares del mundo realizan bendiciones de animales y actividades vinculadas con su protección.
Sin embargo, reducir a Francisco a la imagen de un santo rodeado de pájaros sería dejar afuera buena parte de su historia.
Su vida estuvo atravesada por la pobreza, la fraternidad, el servicio a los más vulnerables, el diálogo y una concepción de la naturaleza en la que el ser humano no aparece separado del resto de la creación.
En 1223, en Greccio, Francisco impulsó una representación del nacimiento de Jesús que la tradición considera un antecedente fundamental del actual pesebre navideño. Un año después, según la tradición cristiana, recibió los estigmas en el monte Alvernia.
Para entonces, su salud se había deteriorado considerablemente.
Los últimos años estuvieron marcados por la enfermedad, el dolor y también por una intensa actividad espiritual. Francisco compuso el Cántico del Sol en un período de sufrimiento físico, transformando esa experiencia en una alabanza a la creación.
Finalmente, regresó a la Porciúncula, el lugar profundamente ligado a los primeros años de su movimiento.
El 3 de octubre de 1226, Francisco de Asís murió allí, sobre la tierra desnuda, a los 44 años.
Habían pasado apenas unos pocos años desde que aquel joven que había soñado con convertirse en caballero había renunciado a las riquezas de su familia. En ese breve recorrido había construido una forma de vida que sería seguida por generaciones.
Dos años después de su muerte, el papa Gregorio IX lo canonizó.
Pero la historia de Francisco no terminó con su canonización. Su nombre continuó asociado durante siglos con la pobreza voluntaria, la fraternidad, la paz, los animales y la defensa de una relación más respetuosa con la naturaleza.
Quizás por eso su figura sigue resultando reconocible incluso fuera de los ámbitos religiosos. Francisco de Asís pertenece a una época distante, pero algunas de las preguntas que atravesaron su vida siguen presentes: cuánto necesitamos para vivir, qué lugar ocupamos frente a los demás y cómo nos relacionamos con el mundo que compartimos.
Murió hace ocho siglos en una pequeña ciudad italiana. Sin embargo, su manera de mirar la vida todavía encuentra eco mucho más allá de las paredes de las iglesias.

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