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    El viejo y el mar

    Fue por estos días, en los que -entre otras calamidades que vive la humanidad- la isla resiste, estoica y agónica, la asfixia brutal que el viejo pederasta, el bárbaro criminal le impone, para que se humille y se entregue, fue en esas circunstancias, en las que recordé a Santiago, el anciano protagonista de la novela de Heminguey “el viejo y la mar”.

    14 de febrero de 2026 - 09:30
    El viejo y el mar
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    Fue  quizá la carta de Pedro el cubano, a Emir Sader (1) en la que firma su convicción  de que “a pesar de las carencias y dificultades que hoy tenemos ante nosotros, no hay ni habrá en Cuba una crisis política” y que lo único que ha logrado la “orden ejecutiva” de Trump, es “radicalizar a nuestra gente, unirnos más, hacernos más antiimperialistas y antifascistas”, es decir que otra vez, ante el mortal ahogo y las adversidades que parecen infranqueables , pelearán de nuevo, como otras  tantas veces, contra las agresiones del Imperio, esa isla utópica, se levantará por enésima vez, honorable y noble, tal vez,  digo de nuevo,  fue esa carta, en la que hay una decisión terminante de un pueblo de volver a mostrar de la madera de la que está hecha su gente  y de sus convicciones, la que me trajo a la memoria ese relato conmovedor  que da título a esta nota, en el que Santiago, el viejo pescador de la Habana, ya cansado,  que  lleva 84 días sin sacarle una pieza al mar, decide adentrarse una mañana para, después de tanta sequía y no sin una lucha encarnizada que dura tres días, en medio del océano,  pescar un enorme pez al que amarra a su bote, excepcional hazaña, para llevar su victoria hacia las orillas, para contársela a Manolín, el niño  que confía y admira al viejo y el único que observa con preocupación que Santiago no tiene para comer y le lleva un café, es solo él quien lo respeta y no lo trata como a un viejo loco, como los demás pescadores que murmuran su derrota y su final. El viejo no se resigna a la mala racha y batalla en el mar pescando la extraordinaria  pieza, contra el viento y el sol que lo queman, contra la sed, el delirio y la fiebre de las noches interminables y mágicas del Caribe, en ese bote frágil e indefenso, es de repente acechado por tiburones sanguinarios, angurrientos, que a dentelladas van destrozando, poco a poco el marlín, contra los chuzazos  desesperados de los arpones del viejo que les asesta furioso, con las ultimas fuerzas, con los que intenta alejarlos, arrojar fuera la  indecente usura del marrajo, su abuso despreciable, para proteger su logro que finalmente queda reducido a su pobre esqueleto, a los restos del festín de los escualos, cuando el viejo llega a la playa y desembarca agotado y vencido . Es una pelea cuerpo a cuerpo, desigual, contra los despiadados tiburones que le roban la pieza, un estremecedor combate, pleno además de la ternura del que se mantiene erguido y firme.  Este  cuento parece ser una buena metáfora de la dignidad del Hombre, así con mayúsculas, y de  una  isla, y de un mundo, que pelean contra la miseria, contra las adversidades y los voraces tiburones   que impunes, tragonean  el sacrificio de un pueblo, que abren sus fauces gigantes para engullir bestialmente su presa . Pero el Hombre, y Cuba, esa isla de ensueño, no puede ser derrotado, el ser humano se ha levantado y superado  las peores tempestades. Como  dice Heminguey  en el libro, en una frase, luminosa y plena, “un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”; la historia de Santiago  es triste, pero no pesimista: por el contrario, muestra que siempre existe la esperanza de que,  aun en las peores tribulaciones y reveses, aun en la soledad, la dura relación del hombre con la naturaleza, con las amenazas,  las frustraciones y desengaños, el sentimiento de muerte, la conducta de un hombre puede mudar la derrota en victoria y dar sentido a su vida. Es lo que ha hecho esa Isla Quijotesca, su decencia y sus convicciones. Ha brindado a la humanidad toda, el espectáculo de su dignidad. Como decía Séneca, “el espectáculo más valiente del mundo es ver al hombre luchando por la dignidad”. Un faro, un ejemplo que despierta admiración y que señala, con su experiencia que un realidad diferente es posible, que los sueños de una humanidad mejor es posible, que vale luchar por ella, referencia urgente para un mundo que se derrumba, que se cae a pedazos de las aspiraciones del capitalismo,  de concebir al hombre como lobo del hombre, de la destrucción del planeta y sus integrantes, de la glorificación del  egoísmo, la estupidez, la avaricia, la chatura , del Imperio de su  idea directriz de reducir al hombre a la miseria, al hambre, a la explotación, a la esclavitud, tan cara a este dramático momento histórico  que vive nuestro país. Frente a ella, frente a la codicia del capital, a su insaciable voracidad,  la isla ha levantado  la utopía del hombre nuevo, que como toda utopía, como dijo Eduardo Galeano, sirve para caminar, para que la existencia tenga un sentido trascendente, para que la vida tenga un significado, digno del deseo y el amor. Para poder andar el mundo como Don Quijote- porque, nos recuerda su máximo trovador, no ha pasado de moda la locura-combatiendo injusticias, construyendo ilusiones y esperanzas, como el caballero de la triste figura, que enferma cuando despierta de su mundo ilusorio y que se muere cuando recupera, ya vencido, ya desahuciado, la más espantosas de las corduras, la de un mundo y una vida sin sueños y sin esperanzas.
    (1) Nota de Página 12, “Cuba resiste” de Emir Sader.
     

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    Sergio Brodsky
    Sergio Brodsky
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