El racismo en la Argentina
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Los africanos fueron “cazados” por los bárbaros portugueses, ingleses, holandeses etc. para suplir en América la mano de obra esclava agotada de los pueblos originarios. Para que los europeos saquearan las riquezas de América que fue la materia prima de su revolución industrial. Esa explotación brutal, ese genocidio de siglos, se hizo en nombre de la civilización y la religión cristiana. Así el racismo, tal como lo definió la ONU en 1978 como “toda teoría que invoque una superioridad o una inferioridad intrínseca de grupos raciales o étnicos, que dé a unos el derecho a dominar o eliminar a los demás presuntamente inferior”, fue una necesidad estructural del capitalismo y la acumulación originaria de capital. En lo que hoy es Argentina, el ingreso sistemático de africanos transportado como esclavos al puerto de Buenos Aires, comenzó en 1580. La mayoría provenía de Senegal, Gambia, Sierra Leona Ghana y Angola. Víctimas del hacinamiento, el hambre, la tortura y las enfermedades, los que sobrevivían cuando llegaban eran encerrados en galpones de la zona de Retiro para ser vendidos. Hasta pasada la segunda mitad del siglo XIX los afrodescendientes constituían uno de cuatro habitantes de nuestro país, llegando al 80% de la población en Santiago del Estero y la mitad en Tucumán. Esos datos refutan las intenciones de invisibilización o el ejercicio de la desmemoria de la historia oficial y sus portavoces, cuando pretenden silenciar el exterminio al que fueron sometidos los pueblos originarios y los seres humanos esclavizados por los europeos en África. No otra cosa significa las expresiones del Presidente riojano que dijo que en Argentina no hay problema de racismo como en Brasil porque nunca hubo negros, o Alberto Fernández cuando manifestó la famosa frase que los “argentinos descendemos de los barcos”, negando expresamente la existencia de los afroargentinos y su destino. Ellos fueron diezmados como carne de cañón en las guerras de la independencia, de la que conformaban el mayor número de soldados del ejército, hecho también borrado de la historia oficial. Otra parte fue enviada a pelear por los intereses británicos en la llamada guerra de la triple alianza (llamada por Alberdi de la “triple infamia”) contienda criminal fratricida contra el pueblo guaraní de Solano López porque quiso intentar un desarrollo económico e industrial independiente que incomodaba el proyecto de Inglaterra, y fue muerta en esa cruel e infame guerra, durante el gobierno de Sarmiento. El sanjuanino compartía el concepto de inferioridad racial de los negros, paradigma europeo fundamental para “justificar” la esclavitud y el genocidio de los africanos, al igual que la intelectualidad y los referentes de la ciencia positiva de entonces, como José Ingenieros que llegó a concebir a los africanos como subhumanos y a la historia no como una lucha de clases, sino como una lucha de razas. Gran parte de la población afro descendiente fue dejada morir víctima de la epidemia de fiebre amarilla. Sarmiento, Presidente de la república por entonces, huyó para salvarse de la peste. El ejército cercó a los afrorgentinos en el sur, donde murieron masivamente. Así el exterminio ocultado por la historia escrita por los responsables. En algunos sectores sociales de la Argentina se designa hoy como “negro”, de un modo discriminatorio, a las personas que habitan los barrios empobrecidos. Enrique Carptinero dice que el significante “negro” se desplazó como termino de descalificación racial desde los afroargentinos a los trabajadores que migraron de las provincias a los grandes centros urbanos, como producto del desarrollo industrial que, en lo político, dio origen al peronismo y, entre otros, al calificativo peyorativo de “cabecita negra”, que Eva Perón re- significó desde la ternura. Así a Maradona muchos sectores lo disfrutaban por su talento, pero despreciaron siempre su origen humilde. El brillante pianista Miguel Ángel Estrella contaba que durante la tortura que sufrió en la última dictadura cívico militar le decían:” vos nunca más vas a tocar el piano. Porque vos no sos guerrillero, pero sos algo peor: con tu piano y tu sonrisa te metés a la negrada en el bolsillo y les hacés creer a los negros que pueden escuchar Beethoven. Bajo ese nuevo formato de un viejo paradigma supremacista y racialista, la palabra “negro”, dicha como un insulto a los trabajadores y a los pobres, con la carga del estigma y desprecio, inferiorizándolos como brutos, ladrones, haraganes, violentos, fueron construyéndolos como enemigos y justificando, al igual que con la esclavitud, su explotación laboral. Los llamados por ciertas clases sociales “negros” en la actualidad, heredaron desprecio transferido y la discriminación que sufrieron los afros, realidad negada como dijimos por la historia oficial.
Hoy esa discriminación está naturalizada y arraigada en la diferenciación que se produce en escuelas, instituciones de salud y hasta en las cárceles, producto de la selección del sistema penal. En la discriminación solapada en los derechos de admisión, en las detenciones por “portación de cara” y promovida por los lugares VIP dentro y fuera de los boliches, entre múltiples de otras manifestaciones, comenzando por el lenguaje, trampa siempre eficaz del racismo que nombra y asocia todo lo abyecto a lo oscuro y todo lo virtuoso y puro a lo blanco, que designa como “color piel” por ejemplo al rosado, o “personas de color” a las personas de piel negra, como si el resto no lo tuviera. No hay futuro, no hay destino de humanización en una sociedad racista, no hay posibilidades de humanismo en una comunidad en la que se sigan aceptando naturalmente esas formas de violencia discriminatoria y estas reflexiones van en el sentido de la necesidad de una urgente toma de consciencia, de deconstrucción y cuestionamiento de tan penosa situación.
Fuentes:
- Enrique Carpintero; Discurso racista de invisibilización de los afroargentinos –; Revista Topia n°74 agosto/2015
- Valko, Marcelo; Esclavitud y afro descendientes – acerca del genocidio en América – Ediciones Continente.

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