El mundial del horror
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Cuando el balón comienza a circular en los mundiales de fútbol, los hinchas quedamos hipnotizados por la pasión que despierta ese objeto, la pelota, que tan bien analizó Enrique Pichón Riviere. El creador de la Psicología social analizó la fascinación mágica que ejerce la pelota a la que definió como un símbolo universal de perfección que, por su forma esférica y su excelencia, remite a los símbolos más antiguos de la humanidad, aquella que se convierte en objeto de la disputa y elemento capaz de generar magia, euforia y catarsis. Se detiene el Maestro incluso en el acto de la devolución, cuando la pelota escapa de los límites de una cancha improvisada, una plaza o un parque y con cierta complicidad secreta llega a nuestros pies. Los sentimientos de placer, importancia, aprobación y cuidado estético conque llevamos a cabo el reintegro, deja en claro de que no se trata de un vínculo simple el que se establece con la esfera. Así que hechizados por la pelota los hinchas nos enceguecemos el tiempo que dura el Mundial, tomando el aliento a nuestra selección casi como un acto de patriotismo. Lo indudable es que en la identificación con los ídolos y con el equipo, desplazamos la expectativa de gratificación que un mundo alienado y alienante nos impide en las diversas áreas de nuestra cotidianeidad, otra vez según Pichón, el trabajo, la familia y el tiempo libre. Esa parece ser la razón por la cual la euforia es desmedida cuando se trata del triunfo, porque explota allí una expectativa de logro desplazado, del mismo modo que estallan las frustraciones cuando las derrotas nos muestran el rostro descarnado del fracaso colectivo depositado en los jugadores. Algunos dicen que los gobiernos aprovechan los mundiales de fútbol para ejecutar medidas antipopulares. Creo que es una idea un poco pretensiosa, los gobernantes han demostrado que pueden llevar a cabo las peores políticas, sin problema, en los cuatro años intermedios, aquellos que separan un Mundial de otro. De todos modos, es cierto que la pelota y el hincha son figuras clave, este último personaje fue caracterizado de manera genial por Enrique Santos Discépolo en una película en la que hace el papel del ñato, hincha fanático de fútbol que encuentra el sentido de su vida en alentar, seguir y colaborar con el club de sus amores, el club Victoria, al punto de postergar indefinidamente el casamiento con su eterna novia porque “primero son los colores del club, después los macaneos amorosos”. El hincha es una figura ambigua, por un lado portador de una nobleza y una lealtad romántica, conmovedora que trasciende el deporte y se traslada a otros ámbitos, como lo comprobamos con aquellos que acompañaron en su momento a las marchas de jubilados hambreados, reprimidos y apaleados, aquellos que la maquinaria mediática tachó de barras bravas, como presas a su vez, y tal vez por las mismas razones, de una cierta ingenuidad que les dificulta comprender las dimensiones económicas, sociales políticas y hasta antropológicas que atraviesa al más popular de los deportes. Es curioso que casi por la misma época en que se realizó la película de discépolo sobre el hincha (1951), otra obra monumental, esta vez de teatro, pero nuevamente el arte, exhibiera al desnudo el rol del dinero en el fútbol. En efecto, la obra de Agustín Cuzzani “El centrofoward murió al amanecer” es escrita en 1955 y narra la historia de un glorioso goleador que es vendido a un coleccionista de rarezas para salvar las arcas del club. El fútbol es un negocio que reduce al hombre a una mercancía, que puede ser esclavizada o explotada más allá de los contratos millonarios, se trata de hombres que se compran y se venden, o incluso, como en el caso de Arístides Garibaldi, ídolo del Nahuel Atlhetic Club, que es degradado a objeto de colección. El fútbol no es ajeno,-qué va- a la política y casi desde sus inicios, en el año 1934 Mussolini lo usó como propaganda, amenazando a árbitros y jugadores, propios y extraños para asegurarse el éxito, de ese modo no es extraño que Italia haya ganado ese Mundial y tal vez por el efecto radiactivo del miedo, también el siguiente, de tal modo que hizo decir, no sin un grave dramatismo, al infortunado Luis Monti que jugó en el 30 para Argentina y en el 34 para la azurra que “si ganaba la final en Montevideo me mataban, y si perdía la final en Italia, me mataban”. Los Mundiales se suspendieron por la segunda guerra mundial, lo que no significa que el fútbol, en el marco de la tragedia del Nazismo, no haya aportado horrorosas experiencias, como el tristísimo “partido de la muerte”, cuando los jugadores ucranianos les ganaron a los alemanes sabiendo que el precio sería la muerte, esta cara notable que tiene el hombre en sus múltiples rostros, en los que se muestra esplendoroso, también, el de la dignidad, una dignidad innegociable. Es así que pagaron el más elevado de los sentimientos humanos, si, la dignidad, con la tortura y la muerte en los campos de concentración. Esa experiencia de la utilización del fútbol, claro que no nos es ajena a los argentinos. El mundial 78 significó una experiencia tan espantosa que, vergonzosamente festejamos el triunfo en medio del más atroz Terrorismo de Estado de una dictadura genocida que secuestró, torturó y desapareció treinta mil seres humanos. Otra vez, en la experiencia más penosa que nos tocó vivir, el rostro más despreciable convivió con el del coraje maravilloso y admirable de las Madres de plaza de mayo que enfrentaron el silencio y el miedo reclamando al Mundo por los desaparecidos.
Este Mundial que acaba de comenzar está también enrarecido por una atmósfera espeluznante, bajo la apariencia de una normalidad deportiva. Desde el vamos no participa Rusia, sancionado por la FIFA por haber emprendido la guerra con Ucrania, y sí lo organiza, sin que a la Federación Mundial del Futbol se le mueva un pelo por la contradicción y el doble estándar , el mayor terrorista del Mundo que arroja bombas y asesina ancianos, niños, mujeres, seres humanos, para apropiarse de sus riquezas, sin piedad, secuestra presidentes constitucionales, viola la ley y los consensos internacionales descaradamente, y asesina sin piedad a sus propios ciudadanos cuando se oponen a la barbarie. El máximo organizador es el gobierno de un país que promueve el racismo y la xenofobia y que ha amenazado con guerras e invasiones incluso a sus socios en la organización, como ha sucedido, al menos, con México. Es aún más inverosímil que, como si nada sucediera, participe del Mundial la selección iraní, representante de un país agredido bélicamente por los Estados Unidos, y que incluso no pueda alojarse allí, donde jugará los partidos, sino que tenga que concentrar en el país azteca y viajar cada vez que juegue en el norte de América. Es probable que cuando empiece a rodar la pelota, esa fascinación compleja que el futbol genera nos haga olvidar de estas circunstancias tan graves, pero es cierto que por ahora no nos despierta las pasiones de otrora, las ansias y expectativas que promueve este hermoso deporte porque sin duda estamos en presencia de un acontecimiento al que no sería descabellado denominar Mundial del horror.

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