El fútbol como teatro de la vida
El gauchaje salta al escenario, faca en mano, para defender a Juan Moreira. Como el Sargento Cruz, no consienten que se mate así a un valiente. La obra de teatro, desarrollada en el medio del campo, culmina abruptamente con el forcejeo entre actores y público. Es una anécdota que narra Moffatt en “Psicoterapia del oprimido”.
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El hincha de fútbol es un espectador de ese tipo, no es ajeno a la representación, por el contrario, forma parte de ella. En el teatro, o en el cine, la identificación con los personajes nos hace reír o llorar, pero guardamos la distancia, sabemos que lo que se desarrolla en el escenario o en la pantalla es un “como sí”, incluso podemos reflexionar acerca de los motivos por los que nos emocionamos. Al contrario, en el hincha hay una identificación masiva, no es que el equipo lo representa, es él. Soy argentino dice. Es el mecanismo que posibilita compensar frustraciones e infortunios, si nos sentimos, por un rato, los mejores del mundo. La motivación máxima de la contienda, es la tensión de la incertidumbre que lo vuelve epopeya o tragedia en un segundo. Es una obra sin guión, se va escribiendo al instante, con el público como parte fundamental, con un rol protagónico. El pensamiento mágico intenta controlar el destino con cábalas y supersticiones. Un segundo, una milésima de segundos, da paso a la alegría exultante o a la depresión más desgraciada, aún más un desahogo bestial puede ser recusado inmediatamente por el VAR. Literalmente, fuera de juego. En nuestro país el estereotipo del hincha se construyó definitivamente en la película del mismo nombre, protagonizada por Enrique Santos Discépolo, estrenada en 1951, poco antes de su triste muerte. Es la historia del ñato, trabajador mecánico, hincha fanático de fútbol que encuentra el sentido de su vida en alentar a su club Victoria, al punto de postergar indefinidamente el casamiento con su eterna novia: “primero son los colores del club, después los macaneos amorosos”. Al límite de la alienación, el ñato dice: “Y para qué trabaja uno sino es para ir los domingos y romperse los pulmones a las tribunas hinchando por un ideal? ¿O es que eso no vale nada? ¿Qué sería del futbol sin el hincha? El hincha es todo en la vida”. El futbolista, como el otro protagonista del drama, asume, a su vez, el rol adjudicado, de ídolo o chivo expiatorio. Será héroe o villano en cuestión de minutos. Es, además, como Garibaldi, el centrorfoward que murió al amanecer, un esclavo multimillonario, una pobre mercancía. A veces el cautivo se revela. Se cansa y rompe las cadenas, como Mbappé que se ha negado a participar de las publicidades de juego virtual o de comida chatarra. La ludopatía destruye la vida de demasiados jóvenes, sobre todo los más humildes, como los habitantes de su barrio de origen, ha dicho, como para prestarse a esa obscenidad. No tengo dudas que Diego se hubiera alineado a esos principios, sin embargo, han mancillado su imagen. En este mundial que se presenta como un teatro de la vida, una de las formas de la epopeya más celebrada ha sido la resistencia a la opresión como forma de la dignidad, signo saludable. Es el caso de Cabo Verde o de Paraguay. Los africanos por ejemplo han hecho un gran quilombo contra los españoles que no lograron doblegarlo. Los paraguayos se defendieron hasta el triunfo frente a Alemania y perdieron con Francia por la mínima. Fueron vencidos, pero no derrotados como en la épica resistencia de la triple infamia cuyos ecos reaparecen fantasmales como marca de identidad guaraní, en el honor y el heroísmo. Otro que se introdujo en una especie de shakesperiana escena sobre la escena fue Trump, exhibiendo el triste papel de quien no respeta las reglas del juego, interponiendo su obsceno poder para anular una decisión arbitral, para negar la ley e imponer su bárbaro capricho, reponiendo un jugador expulsado y para que no faltara títere sin cabeza se coló su director técnico, un argentino que olvidó su idioma en el cenit del retablo, muñeco de trapo postulado para el Oscar de la entrega y el cipayismo, con grandes chances de un triunfo patético. Cómo será de fascinante el fútbol que nos atrapa sin importarnos que el principal país organizador secuestra Presidentes, bombardea criminal países para saquearlos, prescindiendo de las leyes y violando soberanías, una tragedia mundial posibilitada por el silencio cómplice de la mayoría, empezando por la FIFA, que excluyó a Rusia por estar en guerra con Ucrania en un cínico doble estándar a la vista de todos. Todo muy actual y sin embargo, no es la primera vez que la función del abuso, de la destrucción de la legalidad, se filtra en el teatrillo del deporte. En el mundial del 1934 Mussolini apretó árbitros y jugadores para que Italia saliera campeón, nacionalizó estrellas como Luis Monti, un crack argentino subcampeón del 30, que declaró más tarde que “si ganaba en Montevideo me mataban, y si perdía en Italia, me mataban”. Más cercana en el tiempo y en la tristeza está la imagen de Videla, el genocida argentino, entrando al vestuario de la selección de Perú minutos antes del partido en el que nuestra selección tenía que ganar por cuatro goles y finalmente hizo seis. Fue un mundial aprovechado por la propaganda oficial para ocultar, con la pasión del fútbol, los secuestros, las torturas y las desapariciones que tenían lugar a pocas cuadras del Estadio.
Por último, como si no bastara que la dimensión lúdica apenas disimule el carácter trágico de estos acontecimientos, el martes pasado la selección argentina produjo una obra maestra del suspenso que dejó al borde del infarto a sus hinchas. Puso en escena una alegoría magistral de nuestro momento histórico, de nuestra tragedia y de nuestra esperanza. Hundidos en la desazón que parecía definitiva, el equipo remontó una derrota en diez minutos. Esa limpia metáfora de la resiliencia frente a las adversidades más terribles, nos señala un camino en estas horas tan difíciles, tan dolorosas que vive y que muere, el pueblo argentino. Fui a la plaza y vi a la gente saltando y gritando, la alegría y la fiesta, la expansión y el desahogo, gente feliz por un rato. Mientras me dejaba arrastrar por la danza gozosa y desordenada, exultante y eufórica, embriagada de ilusión, pensé en la pobreza, en los trabajadores despedidos de la municipalidad, pensé en el gordo pobre gordo que está cana, en su suerte, en su destino como desamparo, en todos los presos de la pobreza, de la injusticia, en un país donde la corrupción del Poder se burla en cascadas, vi risas y llantos desencajados, pensé en la felicidad y en el hambre, pensé en que la alegría, el encuentro, el abrazo con el otro descontrolado, la resistencia, la lucha y la esperanza, es el horizonte que nos espera, pensé en la fe que nos debemos para revertir la derrota que sufrimos día a día. Pensé que jugamos de nuevo hoy sábado, que tal vez otra vez sintamos esa unidad maravillosa que nos hermana, en esa ilusión del fútbol que nos desafía a convertir en realidad. Salté, me abracé y pensé que hoy volvemos a jugar. Reí, me abracé y grité ¡Vamos Argentina! Que la victoria está cerca, está llegando.

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