Días como flechas. El Marechal poeta, anterior a “Adán Buenosayres”
Entre páginas y pantallas
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En la poesía, incierta estirpe de deseos impertinentes y sublime aspiración de utopías, las imágenes asumen figuras argumentativas y, en muchas ocasiones, explicitan la densidad de los sentimientos y ambiciones furtivas y persistentemente escondidas.
Los poetas discurren y decodifican, añaden aspiraciones, temores, ilusiones manifiestas y esperables. Se desdoblan en lo ilusorio y lo posible. Y sueñan, en ocasiones, con los pies en la tierra o en quimeras.
Leopoldo Marechal, nacido con el siglo XX, en 1900 en el porteño barrio de Almagro (aunque años después fue referente de Villa Crespo, donde vivió entre 1910 y 1934 en calle Tres Arroyos 280 -la Monte Egmont de Adan Buenosayres-), nieto de franceses (por parte de padre) y de vascos españoles (de madre) es conocido mayoritariamente por sus novelas. “Adan Buenosayres” (1948), “El banquete de Severo Arcángelo” (1966) y “Megafón o la guerra” (1970). Pero en sus años más jóvenes, incursionó en la poesía. Incluso a muy pequeña edad (12 años) escribió sus primeros versos y en 1922 publicó su primer libro de poemas, “Los aguiluchos”.
El cielo es más que un lugar indefinible para Marechal en “Los aguiluchos”. La alternancia entre lo terrenal y la mirada a lo trascendente preludia su marcado interés por lo religioso. “Yo no sé; pero en todo lo terreno palpita/ese afán incansable de subir. Hay en todo/un deseo dormido, cual margarita/que en el pantano sueña con ser el alma del lodo”, forma parte del poema inicial que le da título al libro. En un intercambio de frases, alude: “-¡El mundo es para mí, porque soy el más fuerte/-Es un valle de dichas/-Un manantial de tedio/-¡Todo acaba en la muerte!/-¡Todo empieza en la muerte!/-La vida es sólo un fin…/-¡No, la vida es un medio!”
Su costado católico le permite reivindicar al Cristo humano, más allá de su condición divina en “El ladrón malo” o considerar la arcilla, tan afín a los conceptos de la religión católica como génesis de vida en “Motivo del alfarero”.
Unos años después, en 1926, Marechal publicaba en las revistas Proa y Martín Fierro. Por ello, pertenecía al grupo de Florida. En esas revistas, en esos años, también lo hacían Jorge Luis Borges, Macedonio Fernández y Oliverio Girondo. A mediados de ese año, Marechal da a conocer “Días como flechas”, un libro de poemas que fue considerado como vanguardista, y del que en este año se cumple el centenario de su publicación.
Borges justamente escribió, a propósito de “Días como flechas”, “Este libro añade días y noches a la realidad. No se surte de ellos en el recuerdo, los inventa; es tan imaginativo como los amaneceres y los ocasos”, “Es un repertorio de dichas. Destino noble se cumplen en tierras imaginarias que los igualan en fineza y en intensidad y en donde el milagro es una costumbre”, “Sentencias que nos obsequian mundos hermosos, tierra imaginada que puede volvérsenos patria, tierra que merecerá nostalgias y dudas”. Incluso, el joven Borges (que al momento tenía 27 años) manifestó su entusiasmo por el poemario en una misiva dirigida a Marechal: “Querido Leopoldo: La felicitación pública por tus Días como flechas la hará nuestro gran don Ricardo (por Güiraldes, en un comentario que fue publicado en la revista Martín Fierro); y no quiero dejar de felicitarte privadamente. Tu libro, tan huraño a mis preconceptos, teorías y otras intentonas pretenciosas de mi criterio, me ha entusiasmado. No te añado pormenores de mi entusiasmo, para no plagiarte, pues todavía estoy en el ambiente de tus versos leídos y releídos. Sin embargo ¡qué versos atropelladores y dichosos de atropellar, qué ventura para la sentada poesía argentina! Vuelvo a felicitarte y me voy. Jorge Luis.”
La vanguardia del libro se manifiesta por las metáforas, a partir de las imágenes, precisamente. Marechal aparece como un creador, en función de la irrupción de mundos y mecanismos rupturistas del tiempo y el espacio. Lo creado por el poeta, lo es a partir del autor qué a la vez, erige y dialoga; utiliza el “yo” y el “tu”, en una misma persona o cuando alude a un “tu” como imagen femenina; que conjuga el universo con el propio autor y el tiempo.
En el poema que abre el libro “Poema sin título”, Marechal dice: “(…) Por tus arroyos los días descienden como piraguas/ Tus ríos abren canales de música en la noche;/En un país más casto que la desnudez del agua los pájaros beben/en la huella de tu pie desnudo…”.
Ese desdoblamiento emerge en función de una cosmovisión siempre humanista, católica y terrenal. Lo hace, incluso, desde un espíritu juvenil que tiene mucho de niño. Refiere así a la infancia, a la adolescencia y a la juventud. Esa visión incorpora la admiración por lo que se presenta al conocimiento; por la fantasía que involucra lo imaginado que tiene mucho de mágico y onírico; por lo venir en un futuro difuso y desconocido.
También hay en “Días como flechas” algunas expresiones que esconden cierta autocrítica “Yo tuve un corazón montaraz/(…)Había en él mirlos oscuros/que picotearon las estrellas”.
Consciente de su opción por disparar nuevas concepciones literarias, Marechal afirmaba: “En 1922 publiqué “Los Aguiluchos”, poema de corte romántico y hasta parnasiano. La naturaleza de mis trabajos de ahora me coloca en la vanguardia literaria del país”. Vanguardia que se expresaba con la ausencia absoluta de rima y de forma regulares.
Luego Marechal escribiría nuevos libros de poemas, ensayos, obras de teatro y sus novelas. Sería efusivamente valorado y oscuramente perseguido y segregado, castigándolo con el oprobio. Pero su importancia en la literatura argentina era y es, innegable. Borges en la revista Martin Fierro del 12 de diciembre de 1926, a propósito de “Días como flechas”, terminaba su artículo diciendo: “Mis versos son un quedarme para siempre en Buenos Aires, los suyos son un continuado partir. Días como flechas son el veinticinco de mayo más espontáneo de nuestra poesía: libro embanderado y fiestero, libro cuya grandilocuencia es cómplice de la felicidad, nunca del temor. Leopoldo: Alegría que en toda una mañana no cabe, cabe en un renglón de lo que escribiste”.
Ernesto Sábato dirá con estricta justicia en un homenaje en la Universidad de Belgrano, en el año 1978, que Marechal “pasará a la historia de la lengua castellana como insigne hito de la poética y la narrativa”.

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